ago 12 2010

Mateo 18, 21 – 19, 1

Texto del evangelio (Mt 18, 21 – 19, 1)

En aquel tiempo, Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: «Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré». Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: «Paga lo que debes». Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: «Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré». Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?». Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Reflexión: Mt 18, 21 – 19, 1

Todo lo queremos para nosotros. Que nos traten bien, que nos tengan consideración, que no nos atropellen. ¿Pero, que hay de lo que damos a los demás? ¿Qué hay de los más débiles, de los más pequeños? ¿Procuramos que reciban trato digno y justo? Es más, llegado el momento ¿damos a nuestros hermanos menores, a los más humildes e indefensos, el trato de Hijos de Dios que merecen?

Lamentablemente muchas veces, arrastrados por la rutina y el sistema, somos nosotros mismos los que propinamos el mal trato. ¡Tenemos que sacudirnos de las cadenas de la rutina, de la indiferencia! ¡Tenemos que dejar de actuar como autómatas, a los que nos domina la costumbre, la práctica inhumana y salvaje! ¡Tenemos que dejar de protegernos a nosotros mismos y pensar un poco más en los demás! ¡No se trata de salvarnos a nosotros, aun cuando con ello hundamos a los demás!

¡Tenemos que ser promotores y dar oportunidad a cuantos nos lo piden y está en nuestras manos atender! Es verdad que las cosas suceden por algo, pero no debemos dejarnos manipular, ni mucho menos arrastrar por la inercia, que así se hacen la mayoría de cosas en este mundo y así se comenten las peores injusticias. Tenemos que saber tomar las riendas y orientar adecuadamente, sino ya los acontecimientos, por lo menos nuestra participación en ellos. No podemos actuar como cualquiera, como lo hubiera hecho cualquier otro…Esa no puede ser nuestra excusa, nuestra justificación…¡Tenemos que actuar cristianamente en toda ocasión! Especialmente cuando se involucra a los más débiles y humildes.

Nuestra paciencia y tolerancia, especialmente con los menores, no puede someterse a las leyes humanas, a la costumbre, a lo que dicen las prácticas profesionales, a lo que establece el sistema. Tenemos que aprender a ir más allá, convencidos que tratamos con seres humanos, con personas que tienen trazada una trayectoria, tal vez distinta a la nuestra, pero a las que el Padre las quiere y espera igual que a nosotros. Por ello, la misma exigencia que aplicamos sobre los demás la hemos de aplicar sobre nosotros. O para decirlo de otro modo, hemos de tratar a los demás con la misma tolerancia y paciencia que reclamamos para nosotros.

Recordemos que con la misma vara que medimos seremos medidos. No se trata de poner cargas insoportables en los hombros de los demás y exigirles sin contemplación, más allá de sus posibilidades. Hemos de aprender a perdonar “hasta setenta veces siete.”

Debemos dar el ejemplo en todo lo que hacemos. No debemos dejarnos arrastrar por los acontecimientos, por la costumbre, por lo normado o por lo que “dicta la buena práctica profesional”. Tenemos que recordar que no somos esclavos de nada ni de nadie; que estamos llamados a ir más allá. Más allá de la justicia, más allá de la costumbre, más allá de lo establecido y comúnmente aceptado. Tenemos que actuar con CARIDAD, que es el amor llevado al extremo.

Oremos:

Padre Santo, perdónanos todas las veces que impulsados por la inercia y la costumbre actuamos como autómatas, haciendo lo prescrito y causando dolor en el corazón ajeno. Perdona nuestra soberbia e indolencia. Danos sensibilidad y valor para actuar correctamente, aun cuando ello nos traiga inestabilidad y enemistad. Es Tú amor, que es el amor a los demás, el que hemos de preservar y difundir por sobre todas las cosas. Perdona nuestros errores y no permitas que a quienes tratamos mal se pierdan por este motivo. Ayúdanos a reparar las faltas allí donde se pueda. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jun 17 2010

Mateo 6, 7-15

Texto del evangelio (Mt 6, 7-15)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.

»Vosotros, pues, orad así: ‘Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».

Reflexión: Mt 6, 7-15

Al Señor no le gusta la palabrería, y muchos de nosotros, lamentablemente, nos multiplicamos en palabras y palabras, y en general pedimos tanto…pedimos, pedimos…Si bien el Señor nos invita a pedir, a tocar insistentemente la puerta, no podemos hacer de nuestra oración un soliloquio, donde solamente hablamos nosotros, pidiendo incansablemente una y mil cosas, saturando nuestra mente, nuestro corazón y nuestro espíritu, de tal modo que no dejamos espacio, tiempo ni lugar para oír lo que el Señor nos tiene que decir. Porque la oración es un diálogo, y en todo diálogo deben participar por lo menos dos. Y, si no dejamos espacio a Dios, cómo podremos saber cuál es Su Voluntad…

Por eso aquí el Señor nos enseña a orar…Y es importante fijarse cómo no se trata de una petición unilateral, sino también de un ofrecimiento, de un compromiso con Dios y sobre todo con los demás. Que al comprometerme con los demás, me comprometo don Dios…Que no se llega a Dios sino a través de nuestros hermanos…Por ello en nuestra oración tiene que estar presente el pedir por nuestra actitudes hacia los demás, hacia nuestra sociedad, hacia nuestros hermanos. Todo lo que pido para mi, es lo que ofrezco dar a mis hermanos…Así, lo que pido no es para mí, es para devolvérselo al Señor a través de mis hermanos. Y es que no puede haber oración sin compromiso: con Dios y con los hombres.

La oración es una confesión de fe…y como tal, no puede ser solamente la recitación de una fórmula sin sentido, ni la saturación de un huaico de palabras huecas…No porque las palabras en sí no quieran decir nada, porque tal vez hayamos buscado las más bonitas, pero si no reflejan vida, sino constituyen un compromiso con la realidad que vives, que te rodea, no sirven para nada. Por eso el Señor nos enseña la simple oración del Padre Nuestro, que desde el comienzo, desde la mención de su sólo nombre significa un compromiso, pues cómo podemos reconocer a Dios como Padre, sin deberle obediencia y sin comprometernos con nuestros hermanos, es decir sus demás hijos.

¿Cómo podremos pedir sinceramente que “venga a nosotros Tu Reino”, si no hacemos nada por él; peor aún, si lo que hacemos está contra el Reino o cuando menos, no lo favorece en ningún modo. Recordemos que el Señor dice, quien no recoge conmigo, esparce. Es decir que no se puede servir a dos señores. O pedimos el Reino y por lo tanto estamos con él, o estamos contra él. Se trata pues de tomar partido. ¡Eso es lo que implica el seguimiento del Señor! ¡Eso es lo que implica pedir que “venga a nosotros Tú Reino”! ¡Estoy contigo! ¡Estamos juntos! ¡Soy de los tuyos! ¡Cuenta conmigo!

Si todo esto es cierto, cómo no habré de perdonar a mis deudores…No solo a los que me deben plata, sino a todos aquellos que de uno u otro modo me han ofendido, me han faltado, me han traicionado o decepcionado…Tengo que saber perdonar, como nuestro mismo Padre nos perdona. Él nos recibe con los brazos abiertos, a pesar de todas las veces que le hemos fallado, a pesar de todas las veces que no le hemos sido fiel, que hemos mentido y preferido las tinieblas, a pesar de todas nuestras incoherencias e inconsistencias…a pesar de todo nos perdona y nos ama…Nosotros hemos de hacer lo mismos con nuestros hermanos. De otro modo, podríamos recitar mil, un millón de padrenuestros y cincuenta millones de avemarías, sin sentido.

Oremos:

Padre Santo, Padre Bueno hazme consecuente. Que mis actos, que mis obras hablen por mí. Que no vaya pregonando por ahí lo bueno y santo que soy, antes bien que mis gestos, mis actos hablen y den testimonio de lo que creo, de mi fe, del inmenso amor que nos tienes, de paz, de esperanza…Que apartado, y en silencio, encuentre un momento y lugar para conversar contigo cada día, para orar y que en esta oración pueda ofrecerte todo lo que tengo y soy, que pueda oír tu voz, tu alegría, tus correcciones y tu Voluntad; tus deseos, que para mí habrán de convertirse en órdenes. Que trabaje limpia, honestamente y con todas mis fuerzas por el Reino. Creo, pero multiplica mi fe. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 11 2010

Juan 20,19-31

Texto del evangelio (Jn 20, 19-31)

 
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

Reflexión: Jn 20, 19-31

El encuentro con el Señor es íntimo, personal. El viene y se presenta ante nosotros en ese momento de intimidad, en el que cerrando las puertas  nos encontramos con nosotros mismos. Es aquella actitud penitente, reflexiva, humilde asumida por esta primera comunidad cristiana, la  de los discípulos de Jesús, que es iluminada, fortalecida por la presencia de Jesús. Es sobre esta comunidad y en esa actitud que el Señor sopla el Espíritu Santo.

Es pues este el ejemplo de recogimiento y de oración comunitaria que debemos seguir, sabiéndonos humildes e indefensos sin Él, pero al mismo tiempo invencibles en la construcción del Reino, de cuyo triunfo nos ha dado garantía absoluta.

Es verdad, es cuestión de fe y no hay peor sordo o peor ciego que el que no quiere oír o ver. Nada le convencerá al escéptico, que como Tomás, necesita tocar las heridas para convencerse. Es posible que aún a aquél incrédulo el Señor, en su divina providencia tenga a bien presentarle señales tan claras, tan obvias e irrefutables como las mostradas a Tomas.

Sin embargo, no debemos esperar ello para creer. No debemos ser tan necios. Tenemos sobradas señales tan claras como que dos más dos es cuatro,  para creer. Las evidencias están escritas y narradas en La Biblia, tal como Jesús les hizo comprender a los discípulos camino a Emaus. Toda esta Historia Sagrada, de cientos de años, tiene una lógica. Es una historia de amor. Del Amor inconmensurable de nuestro Padre Creador, que espera impaciente reunirse con nosotros; que nos quiere a todos de vuelta; que no quiere que se pierda ni uno solo…Que nos amó al extremo de no reparar en sacrificio alguno por tenernos a su lado. Un Padre que envió a su único Hijo, con una Misión: hacer Su Voluntad. Esta es, “salvarnos de la muerte y del pecado” a toda costa, incluso de su preciosa sangre.

Esto fue lo que hizo Jesús. Murió por nosotros en la Cruz y Resucitando nos reconcilió con el Padre, abriéndonos el Camino de la Vida Eterna. Sí, es verdad, estamos en camino…Hay todavía unas cuantas pendientes, algunos valles y uno que otro desierto que remontar, pero Jesús va adelante, señalándonos el camino, iluminándolo cuando es necesario, ayudándonos, jalándonos, animándonos. El Padre ya se ha incorporado y está saliendo apresurado a la verja, con los brazos abiertos…ya nos ha divisado. ¿Vamos a dejarlo por falta de fe? ¿Vamos a desairarlo y tomar otro camino, después de todo lo que ha hecho Jesús por orientarnos y encaminarnos?

¡Qué más evidencia queremos! ¿Qué otra prueba? ¡No se darán más pruebas que las de Jonás! ¡No pongamos excusas! ¡No nos dejemos engañar por el demonio! ¡Si ponemos las manos en el arado y miramos hacia atrás, no servimos para el Reino!

Hagamos pues una reflexión íntima y sincera…¿A qué tememos? ¿Qué es lo que nos impide ver a Jesús? ¿Qué estamos haciendo para que entre en nuestras vidas; para verlo presente ante nosotros? ¿No ha venido hoy a ti o es tal vez que no has querido verle? Medita con mucho recogimiento estas palabras. Ábrete; sincérate, el Señor está contigo diciéndote lo que debes hacer.

Oremos:

Padre Santo, no dejes que el ruido de la calle, el ruido de mis compromisos, de mis deseos, de mis angustias, de mis temores y anhelos, me impidan ver a Jesús, que irrumpe en mi vida para mostrarme el Camino. Acrecienta mi fe… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 09 2010

Mateo 18, 21-35

Texto del evangelio (Mt 18, 21-35)

 
En aquel tiempo, Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

»Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Reflexión: Mt 18, 21-35

Qué rápidos somos para pedir privilegios y ventajas para nosotros mismos. Queremos ser los primeros en la cola, que nos pongan en los primeros lugares, en los que se oye mejor, se ve mejor. Al momento del reparto, queremos ser los primeros, a los que les toque la mejor parte, la más grande, la más sabrosa, la mejor ubicada. Si se trata de pagar, que se nos indulte, que se nos perdone, que se nos rebaje…Pero cuando se trata de cobrar, que sea hasta el último centavo, que sea con creces. “Me las pagará”, decimos…

Pedimos misericordia a Dios, un trato benevolente. Pero no somos capaces de prodigarlo. Somos más proclives y estamos más dispuestos a poner cargas en las espaldas de nuestro prójimo, que nosotros no soportaríamos ni llevaríamos por un instante. Claro, siempre encontramos una excusa para nuestra exigencia con los demás y para la tolerancia con nosotros mismos.

No nos medimos con la misma vara que medimos a nuestros hermanos. Aquí el Señor nos recuerda que debemos ser tan tolerantes y contemplativos con los demás, y sobre todo, tan compasivos, como quisiéramos que fueran con nosotros.  Estamos nuevamente ante una lección de amor…Ama y serás amado. Da y recibirás…Solo recuerda que el primer paso debe ser tuyo, debes darlo tú; no debes esperar que el otro comience, que el otro lo haga, que el otro se allane. Hazlo tú, por amor, por Dios…Hazlo, sin esperar nada a cambio, y obtendrás la recompensa más grande, a la que puede aspirar ser humano alguno: la Vida Eterna, un lugar en el Paraíso, un asiento en la Mesa del Señor.

No lleves cuentas, como el Señor tampoco las lleva contigo. Cuando perdones, perdona de corazón de una sola vez y para siempre. Para eso no puede ni debe haber límites. Perdona las veces que sea necesario. “Hasta setenta veces siete”…Es decir, siempre, sin cuenta…

 

Oremos:

Señor, que no me fije tanto en lo que me dan, en lo que he de recibir, como en lo que doy y hago por los demás. Que esté siempre dispuesto a servirte; que acuda al primer llamado. Que no espere ruegos y súplicas; que me deje conmover por mis hermanos.   Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ene 15 2010

Marcos 2, 1-12

Texto del evangelio (Mc 2, 1-12)

Entró de nuevo en Cafarnaum; al poco tiempo había corrido la voz de que estaba en casa. Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio, y Él les anunciaba la Palabra.

Y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde Él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados».

Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban en sus corazones: «¿Por qué éste habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?». Pero, al instante, conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dice: «¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’, o decir: ‘Levántate, toma tu camilla y anda?’ Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dice al paralítico-: ‘A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’».

Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos, de modo que quedaban todos asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: «Jamás vimos cosa parecida».

Reflexión: Mc 2, 1-12

Quien puede lo más, puede lo menos. Aquí Jesús muestra a la multitud que lo seguía, pero especialmente a los fariseos que no querían creerle, que Él es Hijo de Dios, y como tal tiene poder sobre la vida y la muerte, Así mismo muestra qué es lo más importante para Dios: nuestra alma. Antes que ocuparnos en nuestro cuerpo, en aliviar los sufrimientos del cuerpo y el dolor, mucho antes debe estar preservar nuestra alma. Tan es así que lo primero que le dice al paralítico es: “tus pecados te son perdonados”.

 Estamos pues ante Dios hecho hombre. Esta es la primera Gracia que debemos reconocer y agradecer  a Dios Padre. Jesús es el Cristo, es el Redentor. Jesús es el Camino que habrá de conducirnos de vuelta al Padre. Jesús es el Camino de nuestra Salvación. Jesús es el Camino a la Vida Eterna. Es a Él a quien debemos seguir para alcanzar las promesas ofrecidas desde siempre, para alcanzar nuestro sitio al lado del trono del Padre Eterno. Jesús es Vida…es alimento para la Vida Eterna. Eso es lo que celebramos en cada Eucaristía.

Jesús ha querido permanecer entre nosotros y darse como alimento, en el Sacramento de la Eucaristía. Es en la Comunión que fortalecemos nuestro espíritu. Es en la Comunión que nos hacemos uno con Él y con nuestros hermanos. Pero esto, que es una señal exterior de algo que es invisible, debe trascender a nuestra vida cotidiana, en verdadera unión con los demás. Estamos llamados a vivir como hermanos, como hijos de un mismo Padre.

Es de lo contrario que nos quiere preservar Jesús. Son las tentaciones o los pecados contra esta unión, las que perdona Cristo al paralítico. Porque es el egoísmo el principal atentado contra el Reino. Es el egoísmo el que nos saca del camino, el que nos ciega y nos impide ver a Dios como Padre y a los demás como hermanos. Es este egoísmo la señal del Príncipe de la Tinieblas. Quiere decir que preferimos la oscuridad a la luz, porque tenemos tanto que esconder, tanta intención torcida, que no queremos exponernos a ser descubiertos…

O estamos con Dios, o estamos contra Él. No hay medias tintas. El que no recoge conmigo, esparce, dice el Señor.

Oremos:

Ayúdanos, Padre Santo, a preservar nuestra Alma, sabiendo que ello sólo será posible si dejamos crecer y fructificar el amor. Donde hay amor, estás Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 07 2009

Lucas 5, 17-26

Texto del evangelio (Lc 5, 17-26)

Un día que Jesús estaba enseñando, había sentados algunos fariseos y doctores de la ley que habían venido de todos los pueblos de Galilea y Judea, y de Jerusalén. El poder del Señor le hacía obrar curaciones. En esto, unos hombres trajeron en una camilla a un paralítico y trataban de introducirle, para ponerle delante de Él. Pero no encontrando por dónde meterle, a causa de la multitud, subieron al terrado, le bajaron con la camilla a través de las tejas, y le pusieron en medio, delante de Jesús. Viendo Jesús la fe de ellos, dijo: «Hombre, tus pecados te quedan perdonados».

Los escribas y fariseos empezaron a pensar: «¿Quién es éste, que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?». Conociendo Jesús sus pensamientos, les dijo: «¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: ‘Tus pecados te quedan perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dijo al paralítico- ‘A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’». Y al instante, levantándose delante de ellos, tomó la camilla en que yacía y se fue a su casa, glorificando a Dios. El asombro se apoderó de todos, y glorificaban a Dios. Y llenos de temor, decían: «Hoy hemos visto cosas increíbles».

Reflexión: Lc 5, 17-26

Quien hace lo más difícil, lo más complicado, puede hacer lo más sencillo. Y aquí nuevamente el Señor nos da una lección respecto al orden que debe tener nuestra vida. ¿Qué es lo más importante para nosotros? Nuestro bienestar, nuestra salud. Tener las facultades completas y la salud suficiente para desenvolvernos…después de eso empezamos a pedir dinero y comodidades, y se nos abre una infinidad de posibilidades…tantas, que nunca estamos satisfechos.

Pero eso sí, queremos que el Señor nos de algo tangible, algo que se pueda tocar. Nos negamos a creer que todos los días hace milagros, que todo los días nos da a manos llenas, porque sentimos que todo lo merecemos. No nos damos cuenta del milagro cotidiano de la vida; de la cantidad de encuentros que nos depara y de las oportunidades que nos pone en bandeja, para que actuemos correctamente, conforme a Su Palabra. Todo lo damos por descontado y bien merecido…

Es por eso que cuando el Señor nos da lo más importante, lo minimizamos, como si se tratara de cualquier cosa. ¿Para qué quiero la Gracia? ¿Qué puedo hacer con ella? ¿Puedo depositarla en el banco? ¿A cuánto se cotiza la Gracia en la Bolsa? ¿Me servirá para comer hoy? ¿Me servirá para viajar? ¿Para comprarme una camioneta como la que tienen mis vecinos?  ¿Para hacer una espléndida reunión e invitar a gil y mil, sin reparar en gastos, sólo para no quedarme atrás?

¿Para qué me sirve la Gracia, si ni si quiera se ve, ni se puede palpar? ¿Podré acaso caminar por ahí pavoneándome de mi Gracia? ¿Alguien reparará en mi estado de Gracia, me saludará y me hará pasar por la puerta principal, invitándome a ocupar los primeros lugares? Solo el Señor…Solo para Él, que ve con otros ojos, que tiene otra perspectiva, que ha venido a enseñarnos la Verdad y a mostrarnos el Camino…Sólo para Él serás el elegido, el más importante. Solo esa credencial te valdrá para entrar en el Cielo.

Sin embargo, siendo la más importante, es la más despreciada. Como la Gracia no se ve, la ensuciamos, la pisoteamos…La arrastramos por rincones, por donde nunca pasearíamos nuestra vanidosa dignidad. Así somos los humanos. “¿Qué es más fácil, decir: ‘Tus pecados te quedan perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’?” Nosotros queremos lo tangible, lo que puede servirnos para ganar en el mercado…La Gracia, en cambio, es un elemento etéreo. Sin embargo, incluso sobre eso, que es lo más valiosos que podemos tener, aunque no se vea, incluso sobre eso tiene poder el Señor. Y es eso lo que quiere que preservemos, aun a costa de nuestras vidas…¡Qué distinto es el Señor, y qué Grande…!

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a comprender que si tenemos la Gracia, tenemos todo cuanto podemos desear. Que no hay nada más importante que Tu amor y que si así lo creemos, haremos que esta Gracia sea consciente, creciente y compartida.

Acrecienta nuestra fe y danos una Vida de Gracia llena, como la de María. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 13 2009

Reflexión: Mt 18,21-19,1

Mt 18,21-19,1

Somos muy compasivos y condescendientes con nosotros mismos, pero no siempre estamos dispuestos a aplicar la misma medida con nuestros hermanos. Con ellos si somos exigentes y no estamos dispuestos a perdonarles una.

Qué proclives a mirar la paja en el ojo ajeno y tan duros y lentos para reconocer la viga que tenemos en el nuestro. Sin embargo el Señor nos recuerda que con la misma medida con la que medimos, seremos medidos.
¿Y es que si nosotros hemos recibido tanto, no debíamos estar dispuestos por lo menos a dar lo mismo? El Señor nos señala muy claramente hasta donde debemos estar dispuestos a perdonar…Y, así como su perdón no tiene fin, nosotros también debemos perdonar las veces que sea necesario. Es de verdad muy difícil asumir lo que nos pide el Señor, sin embargo debemos esforzarnos por cumplirlo, si nos confesamos cristianos y estamos dispuestos a seguirlo.

Ser cristiano no es fácil; requiere valor y esto es lo más difícil de encontraren este mundo ligth en el que vivimos, en el que todo parece caminar a medio pelo; en que la exigencia no es tolerada; en el que nos conformamos con el “así no más”. El Señor nos pide siempre ir más allá. Ser comprensivos, compasivos y CARITATIVOS. No de la boca para afuera, sino de corazón.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a perdonar tanto como Tú estás dispuesto a perdonarnos.

Que en lugar de andar contando las faltas los yerros de nuestros hermanos, estemos dispuestos a perdonarlos, corregirlos y ayudarlos.

 
Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 02 2009

Reflexión Mt 9,1-8

Mt 9,1-8

El Señor ve en nuestros corazones y sabe cuando realmente estamos arrepentidos. Para Él nuestras faltas no son extrañas y está dispuesto a sanar nuestra alma con la única condición del arrepentimiento sincero. Y es que podemos entender que los hombres que cargaron a aquél paralítico y lo llevaron ante Jesús querían que lo sanara como había hecho con otros, ya sea porque lo querían, porque era su pariente, porque querían su bien o porque simplemente querían verlo sano y ante la posibilidad, se preguntaban…¿Por qué no también a él? Pero él sabía en su corazón que no merecía ni si quiera mirar a Cristo, por sus pecados y faltas que humildemente reconocía interiormente. ¿Cómo iba Jesús a sanarle si él era indigno, si era pecador?

¿Cuántas veces nos presentamos ante Jesús con soberbia, como si lo mereciéramos todo? ¿Cuántas veces somos incapaces de reconocer nuestras faltas, de reconocer que somos pequeños, humildes, falibles…? Al Señor no podemos andarle con cuentos; Él ve nuestro corazón, Él ve nuestra alma…para el no hay secretos. Por eso debemos obrar siempre bien y caminar por el camino recto. De otro modo, cómo pedirle después ayuda para enmendar, para resolver, si no hemos sido capaces de obrar rectamente. ¿Por qué le pedimos a Él algo que ni nosotros hemos sido capaces de hacer por nosotros mismos?

El evangelio no puede dar cuenta del diálogo que muy anticipadamente se dio entre el paralítico y Jesús y que culmina con aquél «¡Animo!, hijo, tus pecados te son perdonados». Esto era lo que más le afligía al paralítico; le dolía el alma…Claro que quería caminar, pero se sentía culpable y no podía pedir tal gracia; se reconocía pecador. Por eso el Señor, compasivo le levanta la moral, le da ánimos y cura aquello que más le dolía: el alma.

Son los demás, que desconocían este profundo dialogo entablado entre el espíritu del paralítico y el de Jesús, que intervienen objetando las milagrosas palabras de Jesús, que no alcanzaban a comprender. El paralítico ya había sido curado, ya había sido sanado en lo más importante, sin embargo Jesús también iba a concederle la gracia de caminar, solo para hacer ver a los demás algo que el paralítico ya sabía, que tenía el poder de perdonar los pecados.

¿Lo creemos? El Señor es compasivo y tiene el poder para perdonar nuestros pecados y salvarnos. ¿Le creemos?

Oremos:

Señor aumenta nuestra fe…haz que creamos en ti y en tu gracia. Que nos desvivamos por mantenerla, sabiendo que no hay nada mejor que podamos hacer por nosotros mismos, nada que podamos pedir más grande que salvar nuestra alma. Todo lo demás, es lo de menos, es lo anecdótico. Por supuesto que nuestra salud corporal es importante, pero no al punto de perder nuestra alma por ella.

Estamos aquí de paso: ayúdanos a hacer siempre lo correcto, lo que vale la pena para la instauración de tu Reino, para nuestra salvación.

Haznos dóciles para AMAR.

Roguemos al Señor

Te lo pedimos señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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may 31 2009

Reflexión: Jn 20, 19-23

Jn 20, 19-23

Hoy celebramos una fiesta muy especial: Pentecostés. El Señor nos deja su Espíritu, el Espíritu Santo como fuerza, como potencia que habrá de conducirnos por el camino, que habrá de guiarnos y ayudarnos en el seguimiento a Jesús. Solos no podemos. Es bueno que recordemos siempre esto. Esta es su obra y si estamos en ella, si estamos comprometidos en ella, no es por nuestros méritos, es porque hemos sido convocados por Él, porque Él nos quiere a su lado y si habremos de seguirlo y llevar su paz al mundo, si habremos de llevar amor y luz, no será por nuestros méritos, ni por nuestras excelentes cualidades, será por obra de Dios Padre, que trabaja en nosotros por medio del Espíritu Santo.

Hemos pues de pedirle en forma incansable que nos guie, que nos haga instrumentos suyos, que sin Él nada podemos. ¡Abandonémonos en sus manos! Vivamos la vida que Él dispone.

 

Oremos:

 

Padre Santo, que sea Tú y no yo quien oriente mi vida. Que sea Tú y no yo quien hable, quien obre, quien ame. Hágase Tú voluntad.

  

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

 

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mar 30 2009

Reflexión: Jn 8,1-11

Qué rápidos somos para juzgar y condenar a todos, sin embargo, cuando se trata de nosotros mismos, pedimos clemencia y comprensión. Así nos lo hace notar hoy Jesús. Finalmente nadie se atrevió a apedrear a la adúltera, pues todos vieron en su interior y se encontraron que no eran dignos de juzgar e impartir tamaña pena.

¡Qué proclives somos a juzgar y condenar a nuestros hermanos! No les queremos pasar una…no se la perdonamos. Debemos aprender a actuar con un poco más de tino. Ser más lentos a la cólera y más compasivos. No podemos pretender ser más papistas que el Papa. Aprendamos de Jesús…Si nosotros merecemos una segunda oportunidad, si el Señor nos la da una y otra vez…¿Por qué nosotros no somos capaces de perdonar? Además…¿Quién somos nosotros para condenar y encima ejecutar a alguien?

Seamos severos y exigentes con nosotros mismos y estemos dispuestos siempre a perdonar a nuestros hermanos, orando por ellos y sabiendo que si Dios quiere habrá siempre esperanza en sus vidas y podrán cambiar. Mientras haya vida, siempre habrá la posibilidad. Nosotros no somos nadie para negárselas.

Oremos:

Señor, haznos más prestos a perdonar que a juzgar y condenar. Que no olvidemos que con la misma vara que medimos, seremos medidos.

Gracias por tu perdón y compasión. Gracias por darnos una nueva oportunidad. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 17 2009

Reflexión: Mt 18,21-35

Mt 18,21-35

¿Cómo será el Reino?, nos preguntamos muchas veces. El Señor nos dice como es. Es decir, una primera idea que salta a la vista es que el Reino ES…no será. Ya hoy y aquí, como en aquel entonces, lo estamos construyendo, pero él es. Quizás podemos decir en proceso, en desarrollo, en un devenir…pero es.

La segunda idea es que nuestro perdón no debe tener límites. La expresión parece absurda, innecesaria y exagerada. Me recuerda a las discusiones que tenía con mis hermanos cuando era pequeño y uno decía infinito, el otro agregaba infinito más uno y finalmente supuestamente ganaba el que terciaba infinito más infinito…y la discusión se prolongaba interminablemente por precisar quien había dicho más. Está muy claro: Nuestra capacidad de perdonar no debe tener límites.

Y, finalmente toda la historia que nos relata nos recuerda ni más ni menos que al Padre Nuestro. Es la misma y única prédica de Cristo, abordada de otro modo. Como tratas, serás tratado. Con la misma vara que mides, será medido. Si quieres que Dios Padre te oiga, sea compasivo y te perdone, oye a tus hermanos, se compasivo y perdónalos primero. No es cuestión de decir Señor, Señor…Es cuestión de obrar, de amar, de pasar por el mundo como Él, haciendo el bien.

El Señor, nuestro Dios, es bueno y compasivo con nosotros. Ya lo ha sido, al enviar a su único Hijo a salvarnos, a redimirnos del pecado, a enseñarnos el Camino. Nosotros debemos actuar en consecuencia. Eso es lo que nuestro Padre Celestial espera.

Oremos:

Dios Santo, danos la capacidad, la paciencia, el amor y la sabiduría necesaria para perdonar a nuestros hermanos, pero de corazón, con hechos…no de palabra hueca y vacía. Que nuestra actitud, nuestra mirada, nuestro gesto sea otro, “hasta setenta veces siete”.

Que no llevemos cuentas de las ofensas, ni de los malos tratos. Esto lo solemos recordar inmediatamente y cambiamos de actitud. Que sepamos dominarnos y que voluntariamente, con valor y decisión obremos con quienes no nos quieren, con quienes han manifestado su antipatía hacia nosotros, incluso con aquellos que nos han hecho daño, como si fueran nuestro mejores amigos, sin reparo, sin medida, sin límites…¡Qué difícil, Señor! Pero con tu ayuda todo lo podemos.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 09 2009

Reflexión: Lc 6,36-38

Con la misma medida que aplicamos a los demás, seremos juzgados, nos recuerda el Señor. Como tantas veces antes, en forma reiterada nos hace notar que nuestra salvación está en función de los demás. Los otros, el mundo que está fuera de mí, mi familia, mis hermanos, mis padres, mis amigos…la sociedad en s conjunto juegan un papel importante en la salvación. Todo depende de cómo me porte con ellos. “Ellos” son importantes y son nombrados en forma explícita. No se trata de hacer una interpretación o de llegar a ellos por una extensión del perfeccionamiento de mi persona; en todo caso es precisamente al revés. Me perfeccionaré y entonces llegaré a Dios, mejorando mi trato con mi prójimo.

No es accidental o secundario el orden incluso en que a través de esta lectura se nos da nuestro lugar. Se trata que obremos nosotros primero en nuestros hermanos como queremos que Dios obre en nosotros. Primero damos para recibir. No nos sentamos de brazos cruzados esperando que el poder divino se muestre sobre nosotros, para entonces ponernos a actuar. Tampoco empezamos un proceso de perfeccionamiento personal que habrá de llevarnos a proyectarnos a los demás como el descubrimiento de que sólo a través de ellos nos podemos realizar. Los demás no están después de nosotros…¡Esto es un gran cambio de perspectiva!

Oremos:

Señor, ayúdanos a comprender que sin ti no somos nada, pero que solo llegaremos a ti, a través de nuestros hermanos.

Danos el coraje, la entereza y el amor suficientes para ver y atender las necesidades de nuestro prójimo en primer lugar.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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