jul 31 2010

Mateo 14, 1-12

Texto del evangelio (Mt 14, 1-12)

En aquel tiempo, se enteró el tetrarca Herodes de la fama de Jesús, y dijo a sus criados: «Ese es Juan el Bautista; él ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él fuerzas milagrosas».

Es que Herodes había prendido a Juan, le había encadenado y puesto en la cárcel, por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo. Porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla». Y aunque quería matarle, temió a la gente, porque le tenían por profeta.

Mas llegado el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio de todos gustando tanto a Herodes, que éste le prometió bajo juramento darle lo que pidiese. Ella, instigada por su madre, «dame aquí, dijo, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». Entristecióse el rey, pero, a causa del juramento y de los comensales, ordenó que se le diese, y envió a decapitar a Juan en la cárcel. Su cabeza fue traída en una bandeja y entregada a la muchacha, la cual se la llevó a su madre. Llegando después sus discípulos, recogieron el cadáver y lo sepultaron; y fueron a informar a Jesús.

Reflexión: Mt 14, 1-12

Temor no es lo mismo que fe. Herodes tenía temor. Tenía un mal presagio con Juan a quien mandó decapitar tan solo por cumplir el capricho de una mujer que lo había seducido, deleitado y embobado. Cómo por un placer hedonista, por la promesa de un deleite sexual podemos ser capaces de cualquier cosa, incluso de obnubilarnos, de perder la cabeza, cometer un crimen atroz, abusivo y entregar nuestra libertad.

Este pasaje de Herodes nos muestra  precisamente a un hombre entregado a sus pasiones, esclavo de ellas. Vivía de tal manera, gobernado por el instinto, que le era imposible reflexionar, permitiendo que la razón se impusiera sobre las pasiones de las que era esclavo.  Es una muestra del extremo al que nos puede llevar el egoísmo desenfrenado. Antes estaba su palabra empeñada, su prestigio, que la vida de cualquiera, así fuera Juan, a quien tanto temía.

Y es que temor no es igual a fe. El temor puede ser instintivo o tal vez el aviso de un reparo de conciencia, de algo que en el fondo de nuestros corazones sabemos que no está bien. El escrúpulo que nace probablemente de aquella impronta, de aquella huella, de aquel sello dejado en nuestros espíritus por nuestro Creador, que nos hace distintos y superiores a los animales,  y por lo tanto aspirantes a lo Bueno, a lo Correcto, a lo que es mejor y más convenientes para nuestros congéneres.

El hombre, en la cúspide del poder, se hace esclavo de él y al perder su libertad, al hipotecarla, al entregarla a cambio del bienestar, de los goces hedonistas y pasajeros, pierde lo esencial, aquello que lo distingue del resto de la Creación, aquello que fue depositado en sus manos y con lo que Dios Padre cuenta para hacer posible nuestra salvación: la Libertad, la capacidad de optar y decidir…La capacidad de amar; de ver, guiado por la Luz y optar por el Bien, por Lo mejor.

Muchos, como Herodes, tenemos miedo a Dios. Algo, que le llamamos escrúpulos, nos frena, nos pone reparos para actuar de tal o cual modo. “Hasta eso no llego”, nos decimos. Por eso tal vez impedimos un mal mayor. ¿Eso nos hace buenos? Más aún, ¿Podemos decir que esto es fe? De cualquier modo, delata una fe débil, chata, mínima, insipiente. Y diría más bien, que evidencias dudas, más que fe.

Nuestra salvación está en decidir libremente, pero con firmeza, seguir a Jesús, lo que ha de evidenciarse en nuestra vida misma. No se trata de temores intuitivos, de pálpitos. No se trata de dejar de hacer tal o cual cosa por el temor a Dios. Se trata de optar, de hacer por amor. Se trata de salir de uno mismos, de dejar de buscar el placer egoísta y la obsesión por preservar nuestro bienestar, para volcarnos a trabajar, a obrar por los demás, por nuestros hermanos, por los que nos rodean, poniendo en su felicidad, en su paz y esperanza, nuestra mayor satisfacción, muestro mayor motivo de alegría. Si tu estás feliz y alegre, entonces yo también lo estoy…Y no puede haber mayor fundamento para nuestra alegría que la noticia revelada por Jesús: que Dios es nuestro Padre y que nos tiene reservado un sitio a su lado, como herederos del Reino. Que para ello sólo debemos volver a Él, por el Camino que nos muestra Jesús.

Dejemos de ser esclavos de nuestras pasiones, que solo nos traen arrepentimiento y frustración; levantemos nuestra mirada al Padre y emprendamos el ascenso por la senda del Hijo del Hombre que nos llevará a la Mansión Infinita del Padre

Oremos:

Padre Santo, Tú que eres tan bueno, que has querido para nosotros lo mejor, permítenos descubrirte en nuestros hermanos y en cada detalle del mundo que nos rodea, especialmente en nuestro Planeta, que nos lo diste como un obsequio, para que lo compartamos entre todos, procurando siempre el Bien, Lo mejor…Danos Fe y danos Voluntad para seguir a Jesús, sin temor, aun por aquellas sendas que a veces se nos atojan difíciles.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
jul 30 2010

Mateo 13, 54-58

Texto del evangelio (Mt 13, 54-58)

En aquel tiempo, Jesús viniendo a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?». Y se escandalizaban a causa de Él. Mas Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio». Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.

Reflexión: Mt 13, 54-58

En general somos escépticos. Por eso es muy difícil que nos sorprenda alguien que conocemos. No estamos dispuestos a admitir que puede haber cambiado, que puede haber mejorado, que puede haber superado aquellas taras, hábitos o limitaciones de la juventud; o aquellas herencias de familia. ¿De dónde le viene tanta sabiduría? ¿Quién es este para enseñarnos? ¿No es el hijo de fulano o de la menganita esa que todos conocimos? ¿De dónde las ínfulas?
 
El escepticismo y la costumbre, cuando no la incredulidad, nos impiden asombrarnos como lo hacíamos cuando niños con casi cualquier cosa. Nos hacemos grandes y ya nos resulta difícil “que nos vengan con cuentos”. Y ahora, en este siglo XXI, que la televisión e internet nos muestran todo con lujo de detalles, peor aún. Nada nos llama la atención. Todo nos parece natural y normal.  ¡Imagínate si nos van a asombrar nuestros amigos, nuestros vecinos o familiares! Tal vez un desconocido…

Andamos en busca de novedades, buscando cosas, hechos que nos llamen la atención…¡Qué difícil resulta cautivar la atención con hechos o palabras de la vida cotidiana! De allí que los maestros se las vean en figuritas para que los alumnos atiendan. Son tantos los distractivos que compiten por la atención de cualquier auditorio, que hace falta una buena dosis de voluntad de parte de los receptores para lograr que reciban un mensaje. Peor aun, si este viene de alguien que ya ha sido etiquetado, que conocemos, cuyo prestigio no es precisamente destacado.

Eso que le pasa a Jesús con sus paisanos, nos pasa a nosotros a cada nada. Difícilmente estamos dispuestos a prestar atención y crédito a alguien a quien conocemos, a quien estamos acostumbrados. Personas, palabras, objetos, situaciones, se desvirtúan, como que van perdiendo su valor cuando nos acostumbramos a ellas. Es una pena que así suceda, pero ocurre. El pasto del jardín vecino nos llega a parecer más verde que el nuestro.

Tal vez eso viene ocurriendo con nuestra Iglesia Católica. Templos antes atestados, ahora lucen holgados los domingos…Si caminas, sin embargo encontrarás que mucha gente asiste a algún tipo de ceremonia religiosa y muchos, muchísimos forman parte de sectas que, de algún modo, son herederas de esta Iglesia única y universal. Es decir que, probablemente no existirían si no fuera por la Iglesia Católica de la cual se desprendieron, de la cual se revelaron, a la cual pretenden contestar, cuestionar y aun enderezar.

Prefirieron salirse. Se dejaron seducir por el jardín del vecino. Dejaron de aquilatar lo que tenían; lo despreciaron; lo encontraron insípido, poco atractivo.  No se sintieron identificados, por lo tanto tampoco asumieron ninguna responsabilidad sobre este barco…Prefirieron abandonarlo por aquel otro más bullangero, más llamativo o tal vez más cálido.

Si duda los que quedamos debemos estar dispuestos a autocriticarnos, a revisar nuestro comportamiento, a analizarlo, en búsqueda de la responsabilidad que pudiera cabernos. Si, es verdad que finalmente la decisión es de cada uno y que somos libres para optar por lo que más nos conviene, por lo correcto, por la Verdad, la Luz y la Vida, pero, tampoco podemos dejar de desconocer que tal vez algo pudimos hacer para evitar estas deserciones. Porque, qué fácil es culpar a los demás, haciéndonos los ajenos. Sin embargo, esta casa, esta Iglesia, es nuestra, la formamos nosotros y no solamente los curas o las monjas. Así que todos somos responsables por ella. Esta es parte de nuestra misión; parte de la evangelización. Todos estamos llamados a cumplir este rol, no para ser más fuertes, ni más grandes, ni más numerosos, sino en orden a la salvación, que es el cumplimiento de la Voluntad del Padre.

Oremos:

Señor Jesús, no permitas que caigamos en el tedio, la costumbre o la desidia. Por el contrario insúflanos un ánimo nuevo, renovado, para que junto a la Iglesia sepamos conducir nuevas alma al encuentro con nuestro Padre.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
jul 26 2010

Mateo 13, 31-35

Texto del evangelio (Mt 13, 31-35)

En aquel tiempo, Jesús propuso todavía otra parábola a la gente: «El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas».

Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo». Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: ‘Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo’.

Reflexión: Mt 13, 31-35

El fermento y la semilla, dos figuras escogidas por el Señor para anunciar el Reino. Un Reino que está vivo, que por su naturaleza está en desarrollo, se está expandiendo. Es así, o no es. Felizmente sabemos por su boca que sí es, que existe, que está. ¿Dónde, se preguntarán algunos? Allí donde está cualquiera de los hijos del Padre, allí donde estamos cualquiera de nosotros…Porque el Reino está en nosotros.

Crece, se expande, lo contagia todo. Abarca por completo el ser, la humanidad, el universo. Esto es lo que nos revela Jesús mediante parábolas, tal como fue escrito en el Antiguo Testamento. Estamos frente a hechos, a realidades concretas, palpables, comprobables. Tan cierto es que se profetizó el modo de hablarnos del Señor (en parábolas), como que el Reino está aquí y crece, sembrado como la semilla más pequeña, como el fermento en la harina.

Se trata de una Buena Noticia, porque esta ha sido la Voluntad del Padre y no hay nadie que la detenga o le haga suficiente oposición como para cambiarla, para torcerla, para derogarla. Nuestro Padre así lo ha querido. Es en cumplimiento de Su Voluntad que viene Jesús a revelarnos el misterio del Reino. Es en cumplimiento de Su Voluntad que nos da a conocer al Padre, porque “en eso consiste la Vida Eterna”, en que conozcamos a aquel que lo ha enviado.

¿Qué nos pide el Padre?  Que decidamos por Él, que optemos por Él, que es lo mejor, que es lo que más nos conviene siempre, en cada ocasión, en cada momento de nuestras vidas. ¿Cómo sabremos si hacemos lo correcto? Si en nuestras obras manifestamos el amor a Dios Padre por sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, podemos estar seguros que estamos haciendo lo correcto, lo que Él nos pide, lo que espera de nosotros…Entonces estaremos contribuyendo al crecimiento del Reino, a su expansión.

Nos habremos convertido en Sus instrumentos. De eso trata la Fe. Hemos sido creados libres y siendo libres, decidimos servir. “Libres para servir”. Esta es la actitud, la condición, la forma en que debemos tomar la vida, entonces, como vasos comunicantes, dejaremos que le Reino fluya por nosotros. Entonces alcanzaremos a entender que es dando que se recibe, que es muriendo que se nace a la Vida Eterna, porque el que quiera salvar su vida la perderá, en cambio el que la pierda por el Reino, el que la de por uno de los más pequeños, ese la ganará para siempre.

Oremos:

Padre Santo, te pedimos que derrames tu luz abundante sobre nosotros, para que brille esta en nuestros corazones con tal fuerza que nos sea imposible dejar de transmitirla, dejar de contagiarla. Cámbianos, haznos a tu modo. Queremos servirte fielmente cada segundo de nuestras vidas. Haznos dóciles a Tu Espíritu. Que como luciérnagas vayamos iluminando el mundo entero. No permitas que nos estanquemos, que nos quedemos, que nos reservemos, que es solo dando que recibiremos y alcanzaremos la Vida Eterna. Haznos constructores de Tú Reino. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
may 29 2010

Marcos 11, 27-33

Texto del evangelio (Mc 11, 27-33)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras paseaba por el Templo, se le acercan los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le decían: «¿Con qué autoridad haces esto?, o ¿quién te ha dado tal autoridad para hacerlo?». Jesús les dijo: «Os voy a preguntar una cosa. Respondedme y os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme».

Ellos discurrían entre sí: «Si decimos: ‘Del cielo’, dirá: ‘Entonces, ¿por qué no le creísteis?’. Pero, ¿vamos a decir: ‘De los hombres’?». Tenían miedo a la gente; pues todos tenían a Juan por un verdadero profeta. Responden, pues, a Jesús: «No sabemos». Jesús entonces les dice: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto».

Reflexión: Mc 11, 27-33

Una lección muy clara de aquél dicho popular, que “no hay peor sordo que el que no quiere oír”. Es que muchas veces queremos disfrazar la verdad, queremos que las cosas sean como nos gustaría o como estamos dispuestos a aceptar que sean, porque no estamos dispuestos a ceder ni a aceptar que pueden ser y son distintas a lo que más nos agrada o acomoda. Nos cuesta ceder un centímetro de nuestro poder, de nuestro orgullo, de nuestra posición. Más allá de la razón, muchas veces es solo una cuestión de prevalencia: por qué voy a ceder yo…que seda él o ella. En el fondo, es soberbia, orgullo, falta de humildad.

Queremos entrar en componendas con el Señor, hacerle pasar aspas de molino, cuando sabemos que el no entra en estas cosas, que el no las acepta. Nos queremos hacer de la vista gorda y aplicamos hacia nuestras actitudes y nuestro proceder una tolerancia que jamás estaríamos dispuestos a brindárselas a nadie. Aplicamos una ética y una moral laxa para nosotros y pretendemos que el Señor nos la avale, cuando en el fondo sabemos que Él jamás lo hará. Pero los hijos de la luz no podemos entrar en estos acomodos y contubernios, debemos proceder según la Verdad.

No se trata de hacer creer a nadie nada, se trata de obrar rectamente, de ser auténticos. Nosotros sabemos en nuestro corazón cual es la verdad. El Espíritu nos la revela. No podemos hacernos los tontos, los ciegos ante nuestra conciencia. Superados el orgullo, la soberbia, la indiferencia, la complacencia, la desidia…ella está ahí, gritándonos la verdad, lo correcto…Otra cosa es que no lo queramos ver y pretendamos ocultarla bajo una serie de triquiñuelas, razonamientos torcidos y excusas…La verdad estará siempre ahí, desnuda y dispuesta a revelarse en el momento menos esperado….Porque Dios es Verdad y la Verdad ya ha triunfado sobre el engaño, sobre la mentira, sobre el pecado, la destrucción, la desesperanza y la muerte. Podemos estar seguros que la Verdad siempre se sabrá y finalmente triunfará, donde fuere. Puede tardar, quizás, pero su hora llegará y finalmente saldrá a la luz, para condenar a los mentirosos, a los tramposos, a quienes se valieron de propósitos torcidos, del engaño, de las malas artes, de su poder, de su posición…a quienes abusaron de los humildes, de los pequeños, de los menores, solo porque no tenían voz, porque eran indefensos…

Entonces, no seamos necios como los sumos sacerdotes en el templo, que pretenden engañar a Jesús. Dios todo lo sabe, y nosotros al menos eso sabemos. ¡Hagamos las cosas bien! No por quedar bien con nadie, no por agradar  a nadie que nos sea Dios…¡Hagámoslo porque eso es lo correcto, porque la armonía universal nos lo exige, porque ello constituye nuestra convicción más profunda, y nosotros lo sabemos…porque en estos movimientos del Espíritu está Él!

Oremos:

Señor, no permitas que nos engañemos a nosotros mismos, que evadamos nuestra responsabilidad, que tratemos de aplacar nuestras conciencias y de apagar ese fuego que nos dice lo que debemos hacer, lo que es correcto…No permitas que andemos por senderos torcidos, pedregoso, oscuros…Que prefiramos la luz, la verdad, aunque duela y a veces nos cueste…Que no acumulemos nada en la oscuridad, en el engaño, en la mentira…  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
mar 15 2010

Juan 4, 43-54

Texto del evangelio (Jn 4, 43-54)

En aquel tiempo, Jesús partió de Samaría para Galilea. Jesús mismo había afirmado que un profeta no goza de estima en su patria. Cuando llegó, pues, a Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta. Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.

Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm. Cuando se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue donde Él y le rogaba que bajase a curar a su hijo, porque se iba a morir. Entonces Jesús le dijo: «Si no veis señales y prodigios, no creéis». Le dice el funcionario: «Señor, baja antes que se muera mi hijo». Jesús le dice: «Vete, que tu hijo vive».

Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. El les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: «Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre». El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: «Tu hijo vive», y creyó él y toda su familia. Esta nueva señal, la segunda, la realizó Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.

Reflexión: Jn 4, 43-54

El Señor dio muchas pruebas de su grandeza y poder  a los hombres de aquél tiempo, pruebas que vieron o de las que supieron por amigos, familiares o gentes muy cercanas. Sin embargo, como el mismo lo dice, dichoso el que cree sin haber visto estas “pruebas”. Esta es una dicha que está al alcance de todos, porque es Gracia que Él mismo concede. ¿Cómo?  Exactamente y del mismo modo en que curó al hijo de este funcionario real.

Para Jesús, no existen las barreras del tiempo o del espacio. Él se mueve en otro plano, en el que, el hoy, el ayer y el mañana, así como los lugares en el universo tienen otro significado. Es Dios. Así como es capaz de cambiar la composición química de los elementos, al cambiar el agua en vino (en las Bodas de Caná), es capaz de curar al hijo de este funcionario a través del tiempo y la distancia, como respuesta a las suplicas de aquél, si esa es Su Voluntad.

No es que este funcionario tuviera fe. Eso sí, había escuchado de Jesús y esperaba ardientemente que hiciera este milagro con su hijo.  Por eso no hace caso a la reflexión de Jesús y sigue insistiendo, implorando por la vida de su hijo. Por lo que fuere, quizás por llamar insistentemente (y al que toca se le abrirá), Jesús se conmueve y cura a este muchacho, sin verlo, con solo Su Palabra y Voluntad. No sabemos nada de este funcionario, así que no podemos decir si quiera que fuera un hombre recto; si, era un burócrata al servicio del sistema y por analogía con nuestros burócratas, podemos deducir cual sería su posición y prestigio, entre el pueblo.

Jesús se deja conmover y atiende su súplica. Por si no nos basta la invitación del mismo Jesús a pedir insistentemente, aquí tenemos una evidencia, un ejemplo. ¿Por qué no habrá de obrar así con nosotros? ¿Supeditaremos a ello nuestra fe, como este funcionario y su familia, que solo entonces creyeron? Esto es algo que solo nosotros podemos decidir. El Señor no obliga, el Señor propone. Nosotros podemos elegir seguirlo, ir por la senda que Él nos propone, construyendo el Reino, es decir, la ansiada “Civilización del Amor”, o seguir al Príncipe de este mundo, andando por las sombras de la mentira, la falsedad y la injusticia, cuidando solamente de nuestro pellejo y desentendiéndonos de los demás. Esa es nuestra decisión.

El Señor ha dado muchas, muchísimas pruebas del Amor y la Voluntad del Padre. ¿Le creemos, o esperamos a un gesto íntimo y personal? Esa es cuestión nuestra. Fe y razón, no se oponen. La decisión está en nuestras manos. En lo personal, he visto y experimentado tantas veces la intervención divina en mi vida, que sería un tonto, un necio, si no creyera…¿Y tú?

Oremos:

Padre Santo, tengo fe, pero acreciéntala. Haz que mi vida sea un testimonio de fe. Que los me rodean crean por lo que ven y no tanto por lo que digo o dejo de decir. Te agradezco infinitamente por todos los prodigios que haz obrado en mí, por mi familia, por mi esposa, por mis padres, por mis hermanos, por mi hijo y su pareja, por mis parientes y amigos…por este mundo y el tiempo que me ha tocado vivir…Bendícelos a todos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
mar 08 2010

Lucas 4, 24-30

Texto del evangelio (Lc 4, 24-30)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente reunida en la sinagoga de Nazaret: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.

Reflexión: Lc 4, 24-30

Todo está en que empecemos, realmente, a tratar de convencer a quienes más nos conocen, que se burlarán de nosotros, pues ya nos tienen medidos y saben de qué pie cojeamos, para que den demasiado crédito a lo que decimos o hacemos. Buscarán alguna explicación en nuestra historia personal, que conocen muy bien, para desprestigiarnos, para desmerecer lo que hacemos.

No es pues fácil construir el Reino, empezando por los nuestros. Sin embargo es por allí por donde debemos empezar. En todo caso, no porque sea difícil, debemos abandonarlos; todo lo contrario. Sin embargo, aquí el Señor nos advierte, nos anticipa sobre esta dificultad, que debemos tener en cuenta. Pero aún ahí, y pese a la dificultad, no debemos abandonar nuestra misión, tal como nos los enseña Jesús, que llegó a desatar la ira de quienes, por conocerlo, seguramente, lo despreciaban, lo ninguneaban, a tal punto, que estuvieron a punto de matarlo…

Jesús tuvo que emplearse a fondo, entonces, y haciendo uso de toda su astucia y de los poderes de los que estaba envestido “pasando por medio de ellos, se marchó.” Es que Jesús es el Hijo de Dios, y no era en aquella ocasión, ni en aquellas manos que tenía que morir. Es obvio que Dios Padre, velaba por Él. Siempre me ha asombrado este pequeño fragmento…Era tal el poder divino que emanaba de Él, que llegado el momento, pudo pasar por en medio de ellos, sin que ofrecieran resistencia alguna. Su presencia, su mirada, su semblante, su decisión eran tales, que amilanaban al más pintado, al punto de hacerse de lado y dejarlo pasar, de no atreverse, finalmente, a ponerle un dedo encima…La escena es conmovedora. Pasó por en medio de ellos…

Es quizás, también, un ejemplo de la confianza que debemos tener en Dios, que sabrá apoyarnos y ayudarnos a salir de las situaciones más difíciles, más riesgosas, si nos damos íntegramente por Él, aun entre quienes menos posibilidades tenemos, como son aquellos que ya nos tienen catalogados, medidos…Llegado el momento, Él sabrá sacarnos de en medio de la situación más violenta y quizás esta sea la lección que haga falta a muchos de nosotros, para finalmente convencernos, que “aquí hay algo más”, algo más que Jonás, algo más que Moisés…

 

Oremos:

Padre Santo, danos confianza, danos fe para creer ciegamente en Ti, para abandonarnos en Tus manos, para hacernos instrumento en Tus manos sabias y poderosas, confiando en que Tú sabrás escribir las páginas más hermosas, allí donde nosotros no hubiéramos atinado a trazar ni siquiera un garabato. Acrecienta nuestra fe, nuestra confianza en Ti, dándonos la convicción íntima y personal que sin Ti, no somos nada, en cambio contigo, nada nos falta, todo es posible. Que estas no sean palabras huecas que repetimos sin sentido, sino que salga a relucir a cada paso en nuestra vida cotidiana. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
mar 05 2010

Mateo 21, 33-43.45-46

Texto del evangelio (Mt 21, 33-43.45-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».

Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos».

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.

Reflexión: Mt 21, 33-43.45-46

¿Cómo aplicar aquí y ahora, a nosotros estás palabras? Lo hemos recibido todo, lo tenemos todo y sin embargo no hemos sido capaces de encaminar adecuadamente nuestra vida. La hemos desperdiciado, dedicándola a fines egoístas, ajenos a aquello para lo cual se nos entregó semejante patrimonio. Lo recibimos en custodia, con la autoridad suficiente para emplearlo de un modo tal que permitiera incrementarlo, acrecentarlo, en orden a la salvación, en orden a la construcción del Reino…¿Y, qué hemos hecho? Estas son las cuentas que nos pide el dueño de la viña.

Si recibimos tanto y en un momento no supimos qué hacer, el nos envió emisarios para explicarnos, para aclararnos y para pedirnos cuentas. ¿A quiénes? ¿Cuándo? Revisa tu vida y responde tu mismo estas preguntas. Se honesto. ¿Nunca se te dijo lo que debías hacer? ¿Lo hiciste? ¿Hiciste caso o más bien te agazapaste en ti y con mucha soberbia rechazaste aquella corrección? Sabías lo que tenías que hacer, y sin embargo preferiste la comodidad, la “tranquilidad”…Huiste del compromiso, y en vez de procurar los frutos que el dueño de la viña esperaba, te dedicaste a otra cosa. Te enviaron dinero para que adquirieras nutrientes, abono, agua para la viña, y tu preferiste emplearlos en otra cosa, descuidando la viña y dejando que la mala yerba crezca por doquier…

Preferiste la farra, la jarana, “el buen vivir”, antes que el trabajo abnegado y sacrificado para lograr los mejores frutos con el patrimonio que se te confió. Obraste posiblemente como muchos, como todos…Desechaste la piedra angular; despreciaste a cuanto emisario y oportunidad de corrección se te dio. No eres digno del Reino…se te quitará para dárselo a otro.

Así de duras y exigentes son las palabras del Señor. Por eso, debemos hacer un alto. Meditar y reflexionar lo que estamos haciendo con nuestra vida. No podemos seguir ciegamente por donde nos empujen, por donde nos llevan los demás. No porque todos lo hacen, yo debo hacerlo. Tengo en mis manos la posibilidad de emplear adecuadamente el patrimonio que se me ha confiado…Y no hay mayor patrimonio que la vida misma. He de orientarla como corresponde y esforzarme porque rinda los frutos que espera el dueño de la viña.

Oremos:

Padre Santo, permite que viva de tal modo que al final pueda decirte con alegría y paz: toma mi vida…Tú me la diste y a ti te la devuelvo. Ilumíname para llevar una vida santa, humilde, fructífera. Enséñame a amar cada día y a ver y oír tu voluntad en cada uno de mis hermanos, en cada acontecimiento. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
feb 05 2010

Marcos 6, 14-29

Texto del evangelio (Mc 6, 14-29)

En aquel tiempo, se había hecho notorio el nombre de Jesús y llegó esto a noticia del rey Herodes. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas». Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado». Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

Reflexión: Mc 6, 14-29

Esta es una lamentable muestra del extremo al que puede llegar la necedad del hombre. ¿Cómo es posible que un tipo que aparentemente había reflexionado en torno a quién era Juan el Bautista, es decir, un tipo aparentemente inteligente y sensible, llegado el momento no tuvo ningún reparo , ningún escrúpulo en sacrificarlo, con tal de complacer el frívolo capricho de  de una seductora mujer y cumplir las palabras de las que había quedado preso? Por encima de vida alguna estaba su prestigio. Tenía que dar una lección; fiel a su fama, tenía que mostrarse indoblegable sea como fuere, y no tuvo reparos ni aun tratándose de Juan el Bautista, por quien realmente sentía una profunda admiración, ni aun con su propia conciencia, que le dictaba que estaba cometiendo un error, que se lo reprocharía por siempre…

Así de ligeros e inflexibles somos para juzgar y condenar a los demás.  Sobre todo a aquellos que de algún modo pueden atreverse a poner en entredicho nuestra situación, nuestro prestigio, la imagen que nos hemos forjado. Todo lo toleramos, menos que un “infeliz”, un lacayo nuestro, alguien que pretendemos debía estar agradeciéndonos su situación, su trabajo e incluso el aprecio que sentimos por él, venga de pronto a cuestionarnos, a poner en tela de juicio lo que somos y hacemos.

Como nos concebimos como el centro del mundo y mientras más elevados, mientras mejor posición ostentamos, más consentimos esta idea, no podemos tolerar otro sol en nuestro universo, y estamos dispuestos a apagar con un solo soplo a quien osa cuestionarnos, solo para mostrar nuestro poder, para mostrar quien manda realmente. Entonces, somos inflexibles con el débil, con aquél que dejamos tener alas, hasta donde quisimos…¿Creyó el infeliz que en realidad podía ser libre por sobre mi voluntad? Veamos ahora como lo desaparezco con un solo chasquido de mis dedos.

Esa es la triste historia de tantos Herodes que vemos a nuestro alrededor, que dominan los cargos públicos, que ostentan poder político, económico o social…Y de tantos Juanes que con su sola presencia, tal vez una sonrisa de más, un gesto o una palabra, una actitud o la exigencia de un derecho, osan cuestionar el poder, la fama o el prestigio de estos semi dioses, que se han levantado a sí mismos por encima de todo y se creen con derecho sobre la vida y la muerte de los “infelices” que los rodean.

Esa es la lógica malévola del Príncipe de este mundo, al que sirven con esmero, pretendiendo ser como dioses. Esta es la gran tentación “del árbol de la ciencia del bien y del mal”, que se reedita una y otra vez, siglo tras siglo en la historia de la naturaleza humana.

Pero no olvidemos algo que es fundamental. Hemos sido creados por Dios Padre LIBRES, y no hay atadura humana que nos pueda detener o esclavizar. Hemos recibido de Dios y por su Gracia, su misma dignidad, al crearnos a su imagen y semejanza y estamos llamados a volver a Él, atravesando la vida, por sobre toda las cosas, sin perder de vista este espléndido horizonte. Dios Padre está al final del camino, esperándonos con los brazos abiertos y Jesús y el Espíritu Santo están aquí para conducirnos. Jesús, venciendo a la muerte, ha vencido al Mundo y con él al Príncipe de las tinieblas, mostrándonos el camino y enseñándonos que Sí se puede. ¡No hemos sido, no somos, ni seremos más esclavos! Estamos llamados a transitar por el Camino de la Luz y la Verdad y este sólo nos puede llevar al Amor y  la Libertad.

Oremos:

Padre Santo, haznos fieles hijos tuyos. Que no flaqueemos frente a la adversidad, frente al enemigo. ¡Aparta de nosotros el temor! Que enfrentemos al demonio premunidos de Tu Gracia y Tu Luz, confiados en el Amor, sabiendo que la victoria, finalmente, habrá de ser nuestra. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
feb 03 2010

Marcos 6, 1-6

Texto del evangelio (Mc 6, 1-6)

En aquel tiempo, Jesús salió de allí y vino a su patria, y sus discípulos le siguen. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: «¿De dónde le viene esto?, y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?». Y se escandalizaban a causa de Él. Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio». Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos. Y se maravilló de su falta de fe. Y recorría los pueblos del contorno enseñando.

Reflexión: Mc 6, 1-6

Esta es una de las frases célebres de Jesús, que todos repetimos, muchas veces sin saber de dónde proviene. Una muestra más del profundo conocimiento de la naturaleza humana que tiene Jesús. Somos así. Somos mezquinos con quienes conocemos, les recortamos toda opción. ¿De dónde aquí nos viene con sermones, con sabiduría, pretendiendo enseñarnos, si nosotros le conocemos y sabemos de qué pie cojea?

Es difícil luchar contra los prejuicios. Una vez que te has hecho de un prestigio, de una fama…una vez que te has hecho conocer de un modo, el mundo entero espera que calces con el concepto que se han forjado.

Por otro lado, el que no quiere oír, siempre encontrará excusas, de uno u otro tipo. El problema, como Jesús lo enfoca, es en realidad falta de Fe. Si no tienes fe, encontrarás cualquier explicación para dudar, para no creer, para hacer caso omiso, para no seguir lo que se te propone. Cualquier motivo sirve, incluso el conocer a quien pretende proclamar el evangelio. Desacreditado este, lo que dice también quedará desacreditado. Y quedaremos totalmente contentos y justificados. Así funcionamos.

No toleramos que nuestros parientes, nuestros hermanos, nuestros más allegados vengan a decirnos lo que debemos hacer. ¿Quiénes son ellos? Que arreglen primero esas cuitas que nosotros les conocemos, entonces quizás, tal vez demos crédito a sus palabras. Entre tanto, que se ahorren su prédica.

Así nacen las desavenencias al interior de la familia, al interior del matrimonio, al interior del hogar. Pero también surgen de este modo los desencuentros en las instituciones, en las organizaciones y aun en la Iglesia. No se trata, supongo, de aceptar todo lo que nos dice alguien que entre nosotros de pronto surge como líder, pero si por lo menos prestarle oídos. No menos preciarlo y desacreditarlo sólo por el hecho de ser uno de los nuestros a quien conocemos desde siempre, como si esto fuera razón suficiente para no reparar en lo que tiene que decirnos. No quedarnos en la superficie, en las apariencias…ir al fondo. Eso es lo que se nos exige.

 

Oremos:

Señor, no dejes que caigamos en la tentación de juzgar ligeramente a todo aquél hermano que a lo mejor viene de parte tuya, simplemente porque por conocerlo con anterioridad, nos negamos a aceptar que puede venir algo bueno de él. Nosotros debemos ser portadores de esperanza, lo que quiere decir que no debemos dejarnos cegar por nuestros prejuicios, y, por lo tanto, no debemos negarnos a la posibilidad de cambio, de salvación, de redención de cualquiera de nuestros hermanos…Que aprendamos a reconocer que ello está en Tus manos, que eres capaz de trazar líneas rectas con rasgos retorcidos.   Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
jun 23 2009

Reflexión: Mt 7,6.12-14

Mt 7,6.12-14

El Señor nos invita a la prudencia.  Frente a los retos que nos propone el diario vivir, debemos hacer lo que es razonable. Es decir que tampoco es cuestión de lanzarnos a tratar de dar y enseñar a quien no está dispuesto a recibir. Hay que aplicar discernimiento, para no caer en la ingenuidad de dar lo mejor de nosotros, ni mucho menos aquello que es santo a quien tenemos por seguro lo despreciará. Prudencia…

Cuidar de no sobrepasarnos en nuestras exigencias, no imponer nada más allá de lo que nosotros mismos estaríamos dispuestos a aceptar. No sea que la figura se invierta. Ser justos y magnánimos. Saber perdonar y condescender, cuando es posible.
 
Sin embargo, la exigencia hacia nosotros mismos debe ser mayor. Debemos transitar por el camino estrecho. Nosotros debemos exigirnos porque nosotros sabemos lo que nos manda el Señor, lo que quiere y espera de nosotros. Contemplativos con los demás, exigentes con nosotros mismos.

Oremos:

Señor, danos la capacidad de discernir lo que quieres que hagamos en cada instante, para no optar por lo fácil, por lo que todo el mundo hace. Danos el valor de proponer Tú Justicia y no aquella que con ese nombre más bien trata de favorecerá algunos en desmedro de otros.

Roguemos al Señor

Te lo pedimos señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
abr 26 2009

Reflexión: Lc 24,35-48

Lc 24,35-48

Como los discípulos entonces, nosotros hasta ahora no salimos de nuestra perplejidad. No nos creemos todo lo que se nos ha dicho. No nos creemos lo que nos ha enseñado Jesús. Queremos interpretarlo y adaptarlo a nuestra comprensión, a nuestra razón , que por si fuera poco está distorsionada por una serie de complejos, traumas, limitaciones, prejuicios y mil obstáculos que hemos ido creando a lo largo de nuestra vida para que todo parezca y sea como nosotros queremos. Así, con tanta basura acumulada, con tatos parches, mentiras, hipocresías, superficialidades y castillos edificados sobre la arena, así con estos lentes contra el astigmatismo, cuando en realidad tenemos miopía, es imposible verlo. Y sin embargo Él está aquí, al lado de cada uno de nosotros, rodeándonos, abrazándonos, envolviéndonos, guiándonos, llevándonos, levantándonos, cuidándonos, empujándonos, propiciando cada situación, dándonos amor, dándonos vida.

Debemos sacudirnos de todo prejuicio, de todo temor, de todo pesimismo. El Señor está con nosotros y ¡ha vencido al mundo! Pedir al Señor que purifique nuestra alma, nuestra mente y nuestro corazón. Que nos haga como niños, como una fuente cristalina de agua fresca y pura, como el día más transparente, templado y soleado, frescos como la brisa del mar que da sobre nuestro rostro cuando paseamos por una playa en primavera. Que nos haga dóciles para encontrarlo y verlo en nuestras vidas, allí donde menos esperamos…En realidad, allí donde posamos los ojos. Porque Él está en todas partes…acompañándonos, guiándonos, mostrándonos el Camino. El nos dice donde debemos dar el siguiente paso, donde debemos posar nuestros pies y nosotros le oímos, pero no siempre le hacemos caso.

Somos necios. No nos llegamos a creer todavía que Él está a nuestro lado y que sólo quiere nuestra felicidad; la de todos y cada uno de nosotros. Sólo debemos hacerle caso. Oír y hacer ciegamente lo que Él nos dice. No hay nada que nos proponga que no sea por nuestro bien y si nos cuesta, seguramente la recompensa será muchísimo mayor. Solamente tienes que tirar la red del lado que Él te indica y verás que la pesca será abundante.

“Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas”. Hemos sido testigos y somos los primeros beneficiarios de esta Gracia. Somos consientes de ello. Somos testigos. Los testigos están llamados a dar testimonio verás de lo que han visto, oído y creído.

Oremos:

Señor acrecienta nuestra Fe. Creemos en Ti, pero no lo suficiente, por eso a veces flaqueamos, dudamos, nos acobardamos. Haznos un instrumento de tu Fe.

Queremos andar confiadamente por los caminos, sabiendo que Tú estás siempre a nuestro lado.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
abr 16 2009

Reflexión: Lc 24,35-48

Lc 24,35-48

Apareciendo nuevamente entre sus discípulos, con el saludo de la paz y pidiéndole algo de comer, Jesús trata de acabar con el desconcierto entre ellos, centrarlos y encaminarlos nuevamente en su misión. Todo lo que ha ocurrido ha sucedido como estaba escrito y, algo que es sumamente importante: ustedes son testigos de estas cosas.

Un testigo está llamado a dar testimonio. El Señor nos compromete a eso. Ustedes saben, ustedes conocen, porque lo han visto…están llamados a darlo a conocer, a testificar, a llevar la Buena Nueva, a evangelizar. Este es un mandado, es nuestro DEBER. Como dice el documento de nuestros obispos en Aparecida: NO ES OPCIONAL.

Esto quiere decir, en mi modesto entender, que por ello seremos juzgados, que de eso se nos pedirá cuentas; que de esta forma podemos dar muestra concreta de amor, es decir si con nuestros actos EVANGELIZAMOS. ¿Y cómo podemos evangelizar al mundo con nuestros actos? Pues siendo verdaderos cristianos…Y, ¿Qué hace un verdadero cristiano? ¿Cómo se puede reconocer a un verdadero cristiano? No por lo que dice, ciertamente, si no por lo que hace.

Un verdadero cristiano es un hombre de paz. Un hombre que lleva y da la paz, tal como lo hizo el Señor. No es por costumbre o un mero modismo, que Jesús saluda de este modo a sus discípulos a penas los ve: “La paz con vosotros”. Es que para quien ha comprendido el mensaje, para quien ha sido testigo de todo esto que el Señor resume con las siguientes palabras: “Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’”. Para quien ha entendido el mensaje del Señor, decía, no puede haber sino paz; la paz de quien ha resuelto todos los nudos, de quien ha encontrado por el fin el Camino, de quien ha encontrado explicación y sentido a la Vida. Es Cristo, su vida, muerte y resurrección quien da sentido a nuestras vidas…Quien ha sido testigo, y quien realmente lo ha comprendido, deber tener la paz del Señor y debe darla.

Tener la paz del Señor y darla implica hacer un alto en el camino, hacer una reingienería total a nuestras vidas y mirar el mundo con otros ojos. Implica poner primero el amor. Esto quiere decir, empezando desde este momento, desde este segundo, poner a nuestros hermanos en primer lugar y vivir para dar antes que para recibir. Dar, amar, quiere decir desprenderse. Es cambiar totalmente el eje central de nuestras vidas y por ende, todos nuestros planes y proyectos. Es vivir hoy y cada día como un verdadero cristiano, y esto sólo se logra si cada día, a cada instante, todo el tiempo amas. ¿Cómo? ¿A quién? Empezando por quien está a tu lado y siguiendo con cada creatura que vayas encontrando en este tu día. Todos tienen que saber de Cristo. La noticia es urgente, es prioritaria, no puede esperar. La darás a conocer no con bonitas y rebuscadas palabras, sino con tu vida, con tus actos, con tus actitudes, con tu proceder cotidiano, a cada instante.

Oremos:

Señor ayúdame a caminar por este mundo siendo tu testigo. Dame el valor para anunciarte en cada uno de mis actos, con cada gesto, desde que amanece hasta que termine el día. Que vaya derramando paz y amor por donde pase. Que no necesite abrir la boca para que te reconozcan y si en todo caso habré de hacerlo, que sólo sea para proclamarte. ¡Dame tu paz y tu amor!

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
Better Tag Cloud