jul 23 2010

Mateo 13, 18-23

Texto del evangelio (Mt 13, 18-23)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumbe enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta».

Reflexión: Mt 13, 18-23

No se trata, pues, de tomar la Palabra como sea. No da lo mismo, ni tampoco depende de cada quién. Es decir que, efectivamente, la Palabra transformará nuestras vidas si nosotros somos capaces de tomarla con la seriedad del caso, si le damos su lugar, preponderante y determinante en nuestras vidas. Claro, si nuestro Padre nos da un mensaje vital y nosotros lo enterramos, lo guardamos, lo escondemos o hacemos caso omiso del mismo, nos perderemos, pero no será culpa del mensaje, sino de nuestra actitud frente a él.

Es la vasija, el contenedor, el receptor el que está mal. Hay que reconocer el desorden en el que vivimos, la falta de criterio y prioridades. Un desorden que es propiciado por el Maligno, como bien dice Jesús. El se encuentra presente en nuestra vida cotidiana, buscando enredarnos, procurando nuestras reacciones y actitudes egoístas, sembrando dudas, justificando nuestra soberbia, nuestro orgullo, nuestra maldad. El quiere que perdamos nuestra alma, que seamos frívolos, necios, torpes, inútiles…Que nos enfrasquemos en discusiones estúpidas, bizantinas, que al final tuerzan nuestros criterios y dejemos de hacer lo que estamos llamados a hacer.

Se regocija con nuestros enredos intelectuales, con el relativismo moral, con el individualismo, con el hedonismo y la perdición. Él nos empuja a crear esperpentos como la “religión maradoniana” y otras estupideces por el estilo. Y nos hace llamar intransigentes, intolerantes a quienes no estamos dispuestos a aceptar estas tonterías, a quienes pretendemos llamar cada cosa por su nombre: al pan pan, y al vino vino. Es que no hay caminos intermedios…o estas con Dios o estas con el Demonio.

Y el Maligno no es aquel ser verde, con cachos y cola, que vota fuego por la nariz…El demonio es aquel que tuerce tus intenciones rectas y poco a poco te va seduciendo y llevando por el camino del mal y de la perdición, haciéndote creer que todos tienen derecho a vivir como les plazca, mientras no se metan con los demás,  que el bien es relativo, que el hombre puede aspirar a lo que quiera, siempre y cuando se sienta augusto…Como si no hubiera una dirección en la vida, como si no hubiera un norte, como si no existiera La Verdad, La Justicia y La Luz. En cada situación, el fiel de la balanza es o ha de ser EL AMOR. Si no hay amor, si no se consigue el Bien, está mal y punto. No hay medias tintas. Con el demonio y la tentación no se contemporiza, pues el riesgo es que te seduzca y te pierdas irremediablemente, así de simple.

Por eso dice el Señor que Él no ha venido a condenar. El juicio está en que vino La Luz a nosotros y los hombres prefirieron las tinieblas, las sombras, la oscuridad.

Reconocer que hay miseria en el mundo, que hay pobreza, que hay marginados no debe llevarnos a concluir que resolvemos el problema reconociéndolos legalmente. Ya, reconozco que eres pobre, que eres marginal por tal o cual condición, así que mostrando mi “amplitud de criterio”, mi “grandeza de espíritu”, mi “generosidad”, consagro tus derechos en la constitución. Listo, problema resuelto…ya tenemos los mismos derechos…¿esa es la solución? ¿No es nada más que un espejismo, una vana ilusión que sólo ha servido para tranquilizar mi conciencia, para engañar a los tontos e ingenuos, mientras todo sigue igual?

¿Qué se resuelve en realidad con estas leyes, sino se legaliza más bien la diferencia? Sabemos que el problema es más profundo y requiere un cambio radical de actitud, un cambio de orientación en nuestras vidas. No podemos seguir viviendo en las sombras, en las tinieblas. La Luz, La Verdad, La Justicia y El Amor son la respuesta adecuada. No se trata de tolerancia, que significa más bien haz lo que quieras y como quieras, mientras no me friegues ni te metas conmigo, sino de amor. Si no hay amor, no tengo nada, de nada sirve.

El mensaje, la semilla exige una respuesta una tierra. ¿Qué respuesta daremos? ¿Qué tierra somos? ¿Se justifica la fatalidad? Ah, es que yo soy así…¡No señor! ¡Tú puedes cambiar! ¡Basta que quieras! ¡Es una cuestión de decisión! ¡Has sido creado Libre! ¡De ti depende!

Oremos:

Pidamos al Señor que nos ayude a usar responsablemente nuestra libertad, que nos ayude a decidir por el Bien, la Justicia, la Verdad, la Vida, el Amor. Que nos de capacidad de discernimiento cuando nos encontremos en situaciones difíciles, enredadas, oscuras…Que sepamos siempre seguir la luz. Danos la certeza de seguir al amor, de seguirte a Ti Danos el valor de hacerlo, aun cuando nos cueste, aun cuando sea doloroso, sabiendo que al final del camino te hemos de encontrar. Tenemos fe…pero acreciéntala. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jul 04 2010

Lucas 10, 1-12.17-20

Texto del evangelio (Lc 10 1-12.17-20)

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa.

»Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: ‘Está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: ‘Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios’. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo».

Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».

Reflexión: Lc 10, 1-12.17-20

El Señor nos envía a proclamar el Reino, manteniendo una actitud peculiar: no debemos preocuparnos por llevar nada, porque recibiremos todo lo que necesitamos; debemos, eso sí,  llevar paz a quienes estén dispuestos a aceptarla y quedarnos con ellos, sin más que lo que nos ofrezcan. No se trata de andar cambiando de casa, buscando probablemente la mejor, la que más nos acomoda, la que más nos brinda, no, sino más bien de aquilatar y apreciar lo que nos dan de corazón, porque cada quien recibe el fruto de su esfuerzo y si esto es lo que te ofrece compartir, debes aceptarlo, porque él lo tiene merecido.

El Señor confiere todo su poder a quien de este modo se dispone a seguirlo, cumpliendo con la Voluntad del Padre.  Estamos nuevamente frente a una situación que depende de la fe. El Señor da poder a quien de veras elige proclamar la Buena Nueva del Reino, a quien decide anunciarlo. El enemigo, el demonio está ahí, saldrá a nuestro encuentro, sin embargo no hemos de temer nada, porque tenemos poder para curar enfermos, expulsar demonios,  “para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo.”

La oferta del Señor es incomparable, para quien decide aliarse con Él, para quien decide ponerse a sus órdenes y marchar anunciando el Reino. No hemos de temer, porque el Señor nos ha dado todo el poder para derrotar al enemigo. Sin embargo aun aquí también el Señor nos hace una observación, una advertencia sobre cuál debe ser nuestra actitud. No se trata de vanagloriarnos por lo que conseguimos, no, sino de estar alegres porque cumplimos la Voluntad del Señor, porque hemos sido escogidos, porque tenemos un lugar reservado al lado del Padre. “No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.”

Esta debe ser nuestra perspectiva todo el tiempo. Tener nuestros tesoros allí donde no entra la polilla, ni corroe el gusano. Es por Él que nos movemos, es por Él que somos y actuamos. Es por Él que tenemos el poder y por Él que nuestra vida adquiere otro valor.

Oremos:

Señor Jesús, danos fe suficiente para andar por Tus caminos, sin doblegarnos, sin dudar, sin temer a nadie, sin más defensa y más precaución que Tu Palabra. Permítenos anunciar el Reino con nuestra propia vida. Que seamos portadores de alegría y paz a los corazones de todos nuestros hermanos. Que no seamos motivo de discordia, ni entremos en disputa por bienes materiales. No permitas que estas cosas nos dividan, nos enfrenten y separen. Antes bien, que entreguemos generosamente lo que nos reclaman, y nos alegremos por hacer lo que te agrada. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 27 2010

Lucas 9, 51-62

Texto del evangelio (Lc 9, 51-62)

Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Jesús se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo.

Mientras iban caminando, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro dijo: «Sígueme». Él respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa». Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios».

Reflexión: Lc 9, 51-62

Estamos entre riscos…El camino es empinado, exigente, difícil y sin embargo debes hacerlo, sin esperar consuelo, ni ayuda, ni que alguien salve por ti los obstáculos. No, no se retirarán de tu vida esos malos ratos, ese dolor, aquella tragedia. No, aunque no lo creas es verdad; aquello sucedió, fue así. Ojala no hubiera pasado, pero pasó. La vida no es fácil. Pero si tú crees que la tienes difícil, mira no más a tu alrededor; encontrarás a muchos que les va peor.

No, no es un competencia por saber quien aguanta más dolor, quien puede soportar mejor el sufrimiento, no. No se trata de eso. Pero la vida, nuestra vida es finita, es limitada; y tiene muchos altibajos, propios de la vida misma. No pretendas que sea otra cosa. No pretendas pasar indemne, sin sentir hambre, sin sentir frio, sin sentir dolor, sin perder a un hermano, a un amigo, a un padre.

No se pueden hacer tortillas sin romper huevos…¡Atrévete a vivir! Asume el reto…acéptalo. Haz lo que esté a tu alcance para que quienes van contigo, vayan siempre adelante, avancen, salten, sufran menos y tengan esperanza. No, no mires atrás. Anda, camina, se fuerte, resiste, pon tu mirada en la cumbre…Y cuando te sientas desfallecer, cuando las piernas parezcan flaquear, cuando estés por rendirte, por retirarte, por claudicar, recuerda a Jesús, que ya hizo esta camino y cuando estaba por llegar, entre empellones y burlas y con el peso de la cruz a cuestas, siguió para adelante, hasta la cumbre, hasta el fin, sabiendo que el Padre allí le esperaba para tomar su espíritu, aquél que jamás dejaría morir.

No, no es masoquismo, es la vida que tiene un sentido, que debes seguir, que nada ni nadie se puede escabullir. Si no avanzas retrocedes y no avanza el que huye, el que evita la pena, el hambre o el dolor, el que mira a otro lado  pretendiendo que lo que no le pasa, no pasa, que lo que no le afecta no ocurre, porque tarde o temprano le pasa y le ocurre y no hay nada ni nadie que pueda librarlo de ser. Que si está vivo es para ser, y ser es nacer, vivir y morir. La vida es todo un paquete, en el que viene todo junto y no puedes escoger solo aquello que equívocamente alguien te enseñó a gustar. No se trata de ti, de lo que a ti te gusta, de lo que a ti te afecta.

La vida y su gracia, su encanto y su ley están en lo que tu hermano, tu padre y tu madre pueden sentir. Mira a tu alrededor, alivia el dolor; lava, calma, cura, perdona; alumbra, contrarresta, serena y conduce. No te guardes. Entrégate, que dando se recibe y muriendo se alcanza la Vida Eterna.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a entender el amor…a comprender que hemos sido creados para el amor, que en el amor está nuestra realización, que solo amando viviremos…que solo vive quien ama, que solo ama quien da, que dar es olvidarse de uno mismo y que solo así se alcanza la Vida Eterna. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 06 2010

Lucas 9, 11b-17

Texto del evangelio (Lc 9, 11b-17)

En aquel tiempo, Jesús les hablaba acerca del Reino de Dios, y curaba a los que tenían necesidad de ser curados. Pero el día había comenzado a declinar, y acercándose los Doce, le dijeron: «Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado». Él les dijo: «Dadles vosotros de comer». Pero ellos respondieron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente».

Pues había como cinco mil hombres. Él dijo a sus discípulos: «Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta». Hicieron acomodarse a todos. Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente. Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos.

Reflexión: Lc 9, 11b-17

Estamos frente a uno de los pasajes más asombrosos y a la vez conocidos del Nuevo Testamento…la multiplicación de los panes y los peces. Como estamos a la distancia y en pleno siglo XXI, tendemos a pasar por alto este pasaje, como algo anecdótico, una parte de la doctrina de Jesús que debemos asimilar y aceptar, aun cuando la consideramos realmente inverosímil y, digámoslo francamente, sin mayor importancia.  No necesitamos este pasaje para creer en Jesús, nos decimos…No sentimos que podemos defenderlo…Es algo irracional, quizás producto del estilo literario de quien nos hizo llegar hasta aquí la palabra de Jesús. Es algo que no se puede tragar un hombre razonable del siglo XXI. Podrá quizás entender la necesidad de amarnos los unos a os otros y razonablemente aceptarlo como la solución a los problemas de este mundo, pero de allí a aceptar que cinco panes y dos peces pudieron servir para alimentar a cinco mil personas…Ha de ser pura fantasía del escritor…una forma de expresión literaria, uno de tantos pasajes anecdóticos que tienen los evangelios, escritos seguramente para atrapar el interés de las gentes sencillas de aquellos tiempos…

¿Es lícito hacer esta distinción? ¿Podemos filtrar así la Palabra del Señor? ¿Es que se trata de pasajes que debemos interpretar? ¿Qué tal si no fueron cinco mil? ¿Por qué tanta precisión? ¿Y si solo fueron tres mil ochocientos cincuenta y cuatro? ¿Tiene alguna importancia? ¿Qué es pues aquí lo realmente importante?

Ofrezco aquí humildemente mi interpretación. La reflexión que me produce este pasaje evangélico. Es un hecho que había una multitud, más grande de la que podía ser alimentada con cinco panes y dos peces. Y sin embargo todos comieron e incluso sobró. ¿Qué tuvieron que hacer los apóstoles para que Jesús realizara este prodigio? Pues ponerse manos a la obra y hacer exactamente lo que él les indicó, es decir, hacer Su Voluntad. Ponerse a trabajar, confiando en que el Señor haría lo suyo. ¡Y así fue!

¿Cuántas veces nos encontramos en la vida ante situaciones similares, en las que nos invade el pesimismo frente a una tarea que nos parece descomunal e imposible? ¿Qué vamos a poder lograrlo!? Nos preguntamos. ¡Será imposible! Es posible que efectivamente para nosotros sea imposible, pero no para Dios. Eh allí, en estas ocasiones en las que debemos recordar este pasaje…¡Hagamos lo correcto! ¡Hagamos lo que está bien! Pongamos todos lo que está a nuestro alcance, todo lo que tenemos y confiemos en Dios, Él hará su parte. Si hacemos su voluntad, si hacemos lo que Él nos pide, con seguridad alcanzaremos el bien anhelado, por más imposible que nos pueda parecer en un comienzo.

Lo hemos comentado muchas veces anteriormente. Nuestra historia reciente, incluso nuestra historia personal está plagada de muchos ejemplos, de muchos episodios en los que nos bastó poner los medios, empeñar con voluntad todo lo que estaba a nuestro alcance, para lograr metas que jamás hubiéramos imaginado. No es magia, ni son fuerzas extrasensoriales, ni la sintonía con “el secreto” lo que hace posible que ocurran estos “imposibles”…¡Es la Voluntad de Dios! Él lo dice expresamente, y no en tono figurativo. Se trata de creer, de confiar, de ponernos en camino, de hacer nuestro mejor esfuerzo por El Reino. Y, ¿Cuándo trabajamos por el Reino? Cuando trabajamos por los demás, para los demás. Cuando nos desprendemos de nosotros mismos y procuramos el alivio de las penas y  necesidades de nuestro prójimo. Cuando abandonamos el egocentrismo de nuestra vida cotidiana, entonces podemos constatar como el bien se multiplica…Todo está en empezar. Toda obra, por más gigantesca que parezca o sea, comienza con un primer paso. Eso es lo que nos pide el Señor. ¡Demos lo que tenemos!

Oremos:

Señor Jesús, muévenos, empújanos si es preciso, para que hagamos a cada paso lo que debemos. Que no pasemos indiferentes, que no nos hagamos los desentendidos…Siempre hay algo que podemos hacer, algo que está en nuestras manos hacer, que quizás sea muy poco para nosotros, pero que tal vez marque la diferencia para quien lo recibe. Quizás sea el gesto que otros hermanos necesitan para seguirte, para obrar bien, para comprometerse, para sumar…O tal vez solo sirva de consuelo, pero aún si así fuera, podría ser bastante…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 03 2010

Marcos 12, 28-34

Texto del evangelio (Mc 12, 28-34)

En aquel tiempo, se llego uno de los escribas y le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos».

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

Reflexión: Mc 12, 28-34

Eh aquí un resumen de la ley y los profetas, como dirá Jesús en otro pasaje. No hay nada más que recordar, nada más que aprender, nada más que practicar y cumplir.  No es realmente tan complicado como algunos intencionalmente pretenden hacerlo ver. Se trata de una “doctrina” muy simple, con solo dos principios, dos mandamientos: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. Eso es todo. ¿Podría ser más simple? ¿Qué tan difícil de comprender o recordar puede ser?

No se necesita gran erudición para comprender estos mandamientos. Lo que ocurre, en realidad, es que no estamos dispuestos a obedecerlos, a cumplirlos. Nos cuesta. Y es que nos hemos acostumbrado a ponernos a nosotros mismos por sobre todas las cosas y lo que propone Jesús es un cambio de concepción, de visión, de actitud, que en muchos casos significa un viraje en 180 grados en la forma de vida que hemos adoptado. ¡Ese es el problema!

Para decirlo de otro modo, el seguimiento de Jesús exige de nosotros Amor y nos hemos acostumbrado a vivir egoístamente, a velar y cuidar solo de nuestro pellejo. No queremos enterarnos realmente de lo que ocurre a nuestro alrededor; no queremos involucrarnos, mucho menos si ello podría significar el tener que desprendernos de parte de la riqueza, propiedades, bienestar o comodidad que hemos acumulado. No estamos dispuestos al menor sacrificio…Nos duele. Hemos hecho del “buen vivir” un fin, por el que estamos dispuestos a todo, antes que vernos afectados de algún modo. Para alcanzar este objetivo, este estatus, no importan a cuantos y a quienes debamos sacrificar a nuestro alrededor, mientras no seamos nosotros mismos.

Esto es así de simple: Mientras el Señor nos exige mirar hacia arriba y a nuestro alrededor, nosotros insistimos en mirar hacia adentro. Mientras el Señor exige amar, servir y dar…Nosotros queremos que nos amen, que nos sirvan y nos den. No hay maldad en las cosas, por sí mismas. No es malo lo que viene de afuera. Malo es lo que brota de nosotros, nuestra actitud. Y en verdad, como dice el Señor, no podemos servir a dos Señores: o estamos con uno, o estamos con el otro. O ponemos a Dios y nuestros hermanos por encima de todo (Amor) o nos ponemos a nosotros mismos al centro y por encima de todo (egoísmo). O estamos con la vida, o estamos con la muerte. O estamos con la luz y la Verdad o preferimos las sombras, las tinieblas, la oscuridad y la mentira. O permanecemos libres, como hemos sido creados o nos hacemos esclavos, de las riquezas, del placer, de las comodidades, del egoísmo…

Oremos:

Señor Jesús, permítenos dar testimonio de nuestra fe con nuestra vida misma…Que nos bajemos del pedestal donde siempre queremos permanecer, desde el que queremos espectar el mundo, encerrados en nuestra burbuja de cristal. Que aprendamos a ser más humanos, a condolernos, a solidarizarnos con nuestros hermanos, sobre todo con los que más sufren, con los que menos tienen, con los desposeídos…Que no tengamos temor en participar, en comprometernos, en dar, aun cuando ello pudiera significar un sacrificio, un desprendernos de algo que pudiera ser muy preciado para nosotros… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 12 2010

Juan 3,1-8

Texto del evangelio (Jn 3, 1-8)

Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él». Jesús le respondió: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios». Dícele Nicodemo: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?». Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu».

Reflexión: Jn 3, 1-8

El seguimiento del Señor exige una transformación. Esto es lo que llamamos conversión. El cambio es tan radical, que como dice Jesús, “hay que nacer de de lo alto”. Tiene que darse en nosotros una transformación total a partir de un nuevo nacimiento de agua y Espíritu. Tenemos que dar paso al “Hombre Nuevo”. Exactamente como la mariposa deja atrás la crisálida, pasando de gusano a mariposa…

Este cambio no se puede dar sin la intervención del Espíritu de Dios, sin su Gracia. Para ello nosotros debemos disponer nuestro espíritu, orar, purificar nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestras actitudes…Obrar el bien…Pedir perdón por nuestros pecados; abandonar las sombras, la oscuridad y caminar hacia la luz. Dejar las tentaciones y el egoísmo, que pretenden esclavizarnos al hombre viejo y amar a Dios por sobre todas las cosas y nuestro prójimo como a nosotros mismos. Se dice muy fácilmente, pero es imposible de lograr, si no nacemos de lo alto: En agua y en Espíritu. Esta es la Gracia que debemos pedir incesantemente y que el Señor nos regala a través de los Sacramentos, empezando por el Bautismo, y siguiendo por la Confesión (el perdón de los pecados), la Confirmación, la Eucaristía, el Matrimonio, el Orden Sacerdotal y la Unción de los Enfermos…

Cada momento importante de nuestras vidas es santificado por la intervención especial del Espíritu de Dios a través de los Sacramentos. Estos, así, son Gracia abundante derramada sobre el que realmente quiere purificarse con el “agua sagrada” y nacer del Espíritu.  Pero no está en nuestras manos obtenerlo…Es Gracia de Dios que Él concede a quien le ama. Por eso debemos hacer todo lo que depende de nosotros por llevar una vida santa y pedir constantemente su intervención, recordando que si estamos con Él, nada ni nadie podrá vencernos.

“…el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu.” Eh ahí la transformación que debemos alcanzar. Dejar de ser esclavos de la tierra, de nuestra naturaleza, para levantarnos con la dignidad de Hijos de Dios y mirar con otra perspectiva el Mundo. ¿Cómo lograr esta transformación? Es un proceso que llamamos de “Conversión”. No está únicamente en nuestra manos lograrlo, sino que es Gracia de Dios que debemos pedir incesantemente. Él nos invita a pedirlo insistentemente: “llamad y se os abrirá; pedid y se os dará en una medida rebosante”, llena, plena…Para ello, debemos vivir en Gracia y orar insistentemente al Padre.

La Gracia solo recae sobre quien vive rectamente, sobre quien ama.

Oremos:

Señor Jesús, hazme digno de alcanzar el perdón y la Gracia de Dios. Quiero vivir con la dignidad de un hijo de Dios. Dejar de arrastrarme y volar hacia la luz, para alcanzar el Reino y   la Vida Eterna. Ayúdame a sacudir y dejar estas cadenas que me atan: el egoísmo, la soledad, la indiferencia, la mezquindad, la comodidad, la falta de solidaridad…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 02 2010

Juan 18, 1-19,42

Texto del evangelio (Jn 18, 1-19,42)

En aquel tiempo, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Díceles: «Yo soy». Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Respondió Jesús: «Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos». Así se cumpliría lo que había dicho: «De los que me has dado, no he perdido a ninguno». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?».

Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo. Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». Dice él: «No lo soy». Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho». Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al Sumo Sacerdote?». Jesús le respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás. Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?». El lo negó diciendo: «No lo soy». Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: «¿No te vi yo en el huerto con Él?». Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo.

De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?». Ellos le respondieron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado». Pilato replicó: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley». Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie». Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?». Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en Él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?». Ellos volvieron a gritar diciendo: «¡A ése, no; a Barrabás!». Barrabás era un salteador.

Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a Él, le decían: «Salve, Rey de los judíos». Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en Él». Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre». Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Les dice Pilato: «Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en Él». Los judíos le replicaron: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios». Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Respondió Jesús: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado». Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César». Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro Rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!». Les dice Pilato: «¿A vuestro Rey voy a crucificar?». Replicaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César». Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.

Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’». Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito». Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: «Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica». Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed». Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No se le quebrará hueso alguno». Y también otra Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.

Reflexión: Jn 18, 1-19,42

Todo ocurre conforme estaba escrito. La intervención de Dios es nuestra historia, en nuestra salvación, no es antojadiza, ni mucho menos improvisada. Obedece a un Plan, trazado mucho antes que viniéramos a este mundo. Dios nos crea a su imagen y semejanza. Esto quiere decir que en lo más recóndito de nuestro ser, en el núcleo, en el centro, en la esencia o como queramos llamar a aquello fundamental que nos distingue de todas las creaturas vivientes, está la impronta de Dios, su huella indeleble, que nos hace tender a Él, volver a Él, para hacernos uno, con Él.

Este es el camino natural, lógico por el que debíamos transitar, erguidos, levantando la mirada y dirigiéndonos al Padre. No hemos sido creados para arrastrarnos por la tierra como serpientes, ni para escondernos como sabandijas, entre las sobras. Somos hijos de la Luz y por lo tanto debemos permanecer en ella, caminar por ella hacia La Verdad.

Sin embargo el Demonio aparece en esta escena, pretendiendo que nada de esto es cierto. Que podemos prescindir de Dios, porque nosotros mismos somos como Dios. Viene a sembrar confusión entre nosotros, haciéndonos asumir como la verdad, historias tejidas por hombres, destinadas a justificarse, a respaldar sus actitudes egocéntricas, pequeñas, mezquinas, llenas de soberbia y ambición. Historias finitas, que pretenden que no hay más allá, que Dios no existe, que no existe otra razón de ser en la vida que lograr la propia satisfacción personal, entronizándose a sí mismos, como el centro del universo.

El hombre, creado libre por Dios, tendiendo hacia Él, puede sin embargo escoger el mal, y eso lo sabe el Príncipe de las tinieblas, que no pierde oportunidad para tentarlo y perderlo, pretendiendo hacerle creer que puede ser feliz por sobre los demás o sin tenerlos en cuenta. Por eso el Padre, que nos amó desde siempre, que no quiere que nos perdamos, ni restarnos libertad, envía a su propio Hijo, para dar testimonio de Él, para enseñarnos el Camino, que no es otro que el de el Amor. Esto es lo que celebramos en estas fechas: el Amor de Dios. Este es el misterio que debemos develar. La muerte de Jesús en la cruz, no es otra cosa que una muestra de amor llevada al extremo. Es el mayor testimonio de amor, porque no hay amor más grande que el de aquel que es capaz de dar la vida por los que ama. Esa fue la Voluntad del Padre, que Jesús vino a cumplir, tal como se lo dice a Pedro y con él a todos nosotros: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?»

No se trata de un acto simbólico, de un cuento o de una leyenda, sino de un hecho histórico, real, que ocurrió hace poco más de 2mil años, que evidencia el amor de Dios por los hombres. Un amor eterno, revelado por Jesús con su vida muerte y resurrección, convirtiéndose en el centro de nuestra historia, en el hito más importante, que marca un antes y un después, tanto en la historia de la humanidad, como en la historia de cada una de las personas que tienen la Gracia de encontrase con Él a lo largo de su vida.

Oremos:

Señor mío Jesucristo, perdóname por las veces que he pasado indiferente delante de ti, por las veces que me he hecho el tonto, el que no te oigo, el que no te conozco. Perdona mi falta de valor, mi egoísmo, mi indiferencia. Aleja de mi toda tentación. Hazme donación generosa para todo aquél que te busca con avidez. Que mi vida sea un testimonio de tu amor. Gracias por todo lo que me das abundante y generosamente, que sin embargo no veo o dejo pasar inadvertido, por tener tanto que hacer. Gracias por mi esposa, mi familia y mis amigos. Gracias por mi cuerpo, mis sentidos y mi salud… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 28 2010

Lucas 22,14-23,56

Texto del evangelio (Lc 22,14-23,56)

Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo: «He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios». Y tomando una copa, dio gracias y dijo: «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios».

Y tomando pan, dio gracias; lo partió y se lo dio diciendo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía». Después de cenar, hizo lo mismo con la copa diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros. Pero mirad: la mano del que me entrega está con la mía en la mesa. Porque el Hijo del Hombre se va según lo establecido; pero ¡ay de ése que lo entrega!».

Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso. Los discípulos se pusieron a disputar sobre quién de ellos debía ser tenido como el primero. Jesús les dijo: «Los reyes de los gentiles los dominan y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierne, como el que sirve. Porque, ¿quién es más, el que está en la mesa o el que sirve?, ¿verdad que el que está en la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el Reino como me lo transmitió mi Padre a mí: comeréis y beberéis a mi mesa en mi Reino, y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de Israel».

Y añadió: «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos». Él le contestó: «Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a, la cárcel y a la muerte». Jesús le replicó: «Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme».

Y dijo a todos: «Cuando os envié sin bolsa ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?». Contestaron: «Nada». Él añadió: «Pero ahora, el que tenga bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; y el que no tiene espada que venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: ‘Fue contado con los malhechores’. Lo que se refiere a mí toca a su fin». Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas». Él les contestó: «Basta».

Y salió Jesús como de costumbre al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo: «Orad, para no caer en la tentación». Él se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra y arrodillado, oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y se le apareció un ángel del cielo que lo animaba. En medio de su angustia oraba con más insistencia. Y le bajaba el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo: «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación».

Todavía estaba hablando, cuando aparece gente: y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús. Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?». Al darse cuenta los que estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron: «Señor, ¿herimos con la espada?». Y uno de ellos hirió al criado del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino diciendo: «Dejadlo, basta». Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra Él: «¿Habéis salido con espadas y palos a caza de un bandido? A diario estaba en el templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas».

Ellos lo prendieron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor y Pedro se sentó entre ellos. Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y le dijo: «También éste estaba con Él». Pero él lo negó diciendo: «No lo conozco, mujer». Poco después lo vio otro y le dijo: «Tú también eres uno de ellos. Pedro replicó: «Hombre, no lo soy». Pasada cosa de una hora, otro insistía: «Sin duda, también éste estaba con Él, porque es galileo». Pedro contestó: «Hombre, no sé de qué hablas». Y estaba todavía hablando cuando cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Y los hombres que sujetaban a Jesús se burlaban de Él dándole golpes. Y, tapándole la cara, le preguntaban: «Haz de profeta: ¿quién te ha pegado?». Y proferían contra Él otros muchos insultos.

Cuando se hizo de día, se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y letrados, y, haciéndole comparecer ante su Sanedrín, le dijeron: «Si tú eres el Mesías, dínoslo». Él les contestó: «Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto no me vais a responder. Desde ahora el Hijo del Hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso». Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?». Él les contestó: «Vosotros lo decís, yo lo soy». Ellos dijeron: «¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca».

El senado del pueblo o sea, sumos sacerdotes y letrados, se levantaron y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo: «Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que Él es el Mesías rey». Pilato preguntó a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Él le contestó: «Tú lo dices». Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba: «No encuentro ninguna culpa en este hombre». Ellos insistían con más fuerza diciendo: «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí». Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días.

Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de Él y esperaba verlo hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero Él no le contestó ni palabra. Estaban allí los sumos sacerdotes y los letrados acusándolo con ahínco. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de Él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal.

Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo: «Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo le he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré». Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa diciendo: «¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás». A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Él les dijo por tercera vez: «Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en Él. ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré». Ellos se le echaban encima pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío. Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, qué volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por Él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: ‘Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado’. Entonces empezarán a decirles a los montes: ‘Desplomaos sobre nosotros’, y a las colinas: ‘Sepultadnos’; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?».

Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con Él. Y cuando llegaron al lugar llamado “La Calavera”, lo crucificaron allí, a Él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte. El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si Él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de Él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos».

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro le increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino». Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y dicho esto, expiró.

El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios diciendo: «Realmente, este hombre era justo». Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvían dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.

Un hombre llamado José, que era senador, hombre bueno y honrado (que no había votado a favor de la decisión y del crimen de ellos), que era natural de Arimatea y que aguardaba el Reino de Dios, acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía. Era el día de la Preparación y rayaba el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás a examinar el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. A la vuelta prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo, conforme al mandamiento.

Reflexión: Lc 22,14-23,56

La Iglesia nos propone la meditación de un evangelio muy largo y rico el día de hoy. Se trata en realidad de varios episodios, que nos ponen frente a Jesús en los momentos previos a su sacrificio en la cruz. El Señor, nuestro Dios hecho hombre, sabe lo que vendrá, lo que tendrá que pasar, aun cuando sus discípulos no lo comprendan. Ellos están un poco al margen, distantes, como ajenos a los sucesos que Jesús vive y que están por llegar a su fin.

Han logrado formar una comunidad en torno a Jesús y se sienten fraternalmente unidos. Nada parece perturbarlos ni amenazarlos. De este modo, se siente suficientemente unidos y fortalecidos para rechazar cualquier amenaza que se cierna sobre ellos o sobre Jesús. Venga de donde venga. Parece poco creíble que en tan solo unas horas se dispersarán, desconcertados, asustados, perdidos, con el peso de una traición y el temor paralizante, que los lleva a esconderse e incluso a dar muestras de flaqueza extrema, como es el caso de Pedro, el más fuerte, aquél al que Jesús le encomendó la sucesión, que llegaría a negarlo hasta tres veces, antes que cantara el gallo, tal como Jesús se lo había anticipado.

Es que todo tenía que cumplirse tal como estaba escrito. El Señor tiene sus propios caminos, muchas veces distintos a los nuestros y los cumple, aún por encima de nuestras flaquezas y temores. En ese sentido, no depende de nosotros, aun cuando amable y cariñosamente nos invita a seguirlo. Y es que, no se trata de ir a la pelea, de ser el primero, de imponerse…Se trata de servir, de vencer dando, de convencer amando, al extremo de morir en la cruz. Solo así dará testimonio de Dios Padre, que es Amor, que no opone la fuerza, ni el poder para rechazar las falsas acusaciones, ni los expedientes que engañosamente se habían levantado en su contra. Y es que no había nada de qué acusarlo, salvo de dar muchas señales, de levantar mucho polvo, de constituir una amenaza al estatus quo, a la convivencia que habían logrado los sumos sacerdotes y los fariseos poderosos, con el inmenso poder político y militar romano. Este, Jesús, ponía en peligro sus privilegios…Había que matarlo. Eso era todo.

Jesús sabía cuál sería el desenlace, Sabía que tenía que pasar por este sacrificio.  “Para eso he venido”, nos dirá. Y no se corre, porque sabe que ha llegado la hora. Eso sí, ora al Padre, pidiendo fortaleza. Toda su prédica culmina aquí. Había dicho que nos amaba al extremo de ser capaz de dar su vida por nosotros, por nuestra salvación, y eso haría. Siendo Dios, se abajó a la altura del más humilde e indefenso hombre, aquél del que nadie tiene reparo en hacer escarnio,  en castigar, en insultar y flagelar…Solo, completamente solo, enfrenta a los guardias, a las autoridades y a la turba…Ya había dicho lo que tenía que decir y muchos fueron testigos de su vida pública; no tenía más que decir y no haría nada por defenderse…¿Hasta dónde somos capaces de ensañarnos con el indefenso, con aquél que carece de padrinos, con aquel del que todos hacen mofa y burla, con aquel que no ofrece resistencia? ¿Cuánto más nos irrita que no pida clemencia, que no pida perdón, que ni si quiera abra la boca para quejarse? Cómo nos ofende esa actitud, cuando Él sabe que está en nuestras manos salvarlo, cediendo ante el primer pedido de clemencia, pero nada. Ni una palabra.

¡Eh ahí la paradoja! Como Judas y tantos otros, llegamos a creer que podríamos salvarlo, si tan solo ofreciera resistencia, si tan solo desatara su poder contra estos enemigos. Hay muchos dispuestos a desenvainar la espada, a su solo gesto, pero Jesús nada. No dará gusto ni a unos ni a otros…Seguirá con su misión, con la Voluntad del Padre. Con su sufrimiento, con su dolor y con su muerte, nos salvará.

Este es el Misterio que celebramos cada día en la Eucaristía. El inmenso amor de Jesús, que muere en la cruz para salvarnos y resucitando restaura los lazos con nuestro Padre, haciéndonos acreedores a la Vida Eterna junto con Él.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender el Sacrificio de la Cruz, que está en el centro de nuestra historia y de nuestra vida. Permítenos entender que sin cruz no hay salvación posible. Que no hubo ni hay otra forma de salvarnos que amando a nuestros hermanos. Que solo dando se recibe, que solo amando hasta la muerte, se resucita a la vida eterna.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 12 2010

Marcos 12, 28b-34

Texto del evangelio (Mc 12, 28b-34)

En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos».

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

Reflexión: Mc 12, 28b-34

El Señor resume así todas las enseñanzas y los mandamientos. No hay que darle más vueltas. No hay matices, ni tampoco hay nada más allá de esto, ni en otra perspectiva. No tratemos de encontrar otras explicaciones, porque no existen…Son puras tretas del demonio, que trata de engañarnos, de enredarnos. El mensaje es así de simple y si sólo pudiéramos quedarnos con estas líneas del evangelio, bastaría para trazar una vida recta, al servicio de Dios y nuestros hermanos, que es todo lo que quiere enseñarnos el Señor.

Es verdad que alguien podría decir, entonces por qué la “tremenda” Biblia…incluso el Nuevo Testamento, es decir los Evangelios y las cartas de los Apóstoles le podrían resultar extensos. Ello se explica, porque somos duros para entender y Dios Padre se toma todo el tiempo necesario para enseñarnos de diversas maneras y en diversas circunstancias esta gran verdad, este único mensaje. Jesús mismo lo reitera una y otra vez y de distintas maneras.

El mensaje es único y contundente, por eso “nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.” ¿Qué podían decir? El Señor había hablado con autoridad y había revelado con suma claridad toda su prédica, toda la verdad. No se trata de interpretaciones…Además, ni si quiera hay lugar a ellas. Se trata de ordenar la vida al servicio de Dios y de nuestros hermanos. Dios, nuestro Padre, nos ha dado todo…a Él debemos tornarlo a través de nuestros hermanos. Amando y sirviendo a ellos, le amamos y servimos a Él.

No necesitamos exégetas, ni sabios, ni teólogos para interpretar estas palabras. El Señor no habla en difícil para que luego lo interpreten los escogidos, los especialistas. El Señor habla en lenguaje sencillo, al alcance de todos, para que todos lo conozcamos y nos convirtamos, es decir, para que cambiemos y ordenemos nuestra vida en función de esta verdad revelada. ¿Cómo? Haciendo que en cada paso, en cada ocasión, tengamos en cuenta la voluntad de Dios, poniéndonos al servicio del Reino y por ende, de nuestros hermanos. No hay más vuelta que darle. ¿Cómo has de hacer esto en tu vida? Es algo que tú debes discernir, siendo honesto y sincero contigo mismo. Pues tu sabes mejor que nadie de qué se trata. No le busques 5 pies al gato. Hazte este buen propósito y trata de cumplirlo HOY.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos para saber discernir y orientar nuestra vida al servicio del Reino y por lo tanto al servicio de nuestros hermanos. Que aprendamos a verte en cada uno de ellos. Que por nada los dejemos abandonados, librados a su suerte. Que intervengamos con decisión, pero sobre todo con amor, allí donde debamos. Que dejemos las excusas, las disculpas y los miedos…que nos desinstalemos, porque es solo dando que se recibe. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 11 2010

Lucas 11, 14-23

Texto del evangelio (Lc 11, 14-23)

En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: «Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios». Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?, porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama».

Reflexión: Lc 11, 14-23

El mal espíritu, el demonio, está rondándonos todo el tiempo, como un ave carroñera. Espera nuestro error, nuestro momento de debilidad para tentarnos y hacernos caer. Es absurdo pretender que no existe e ingenuamente ignorarlo, pues su cola está metida en toda controversia, en toda discusión, en toda desavenencia, procurando profundizarla y haciéndola irreconciliable.

No existe peor enemigo del alma que el demonio. Este quiere corromperla, debilitarla, asustarla…persuadirla de estupideces y miserias. A veces entra en forma tan sutil, que difícilmente nos damos cuenta. No por nada el mismo Jesús lo llama el Príncipe de este mundo; es pues, el Príncipe del engaño. Es astuto, muta, cambia…y está permanentemente al acecho. No da tregua.

Tras la denominación de Príncipe debemos entender que estamos frente alguien muy poderoso. No podemos taparnos los ojos frente a esta realidad. Príncipe es aquel que pretende heredar el Reino. Así de grande es su ambición y decisión. Sabemos que ello jamás será posible, porque Rey hay solo uno: Dios. Y, el jamás lo permitirá. Precisamente envió a Su Hijo, a Su legítimo heredero para decirnos cuál es Su Voluntad. Y esta es que nos salvemos. Que nos amemos unos a otros y a Dios por sobre todas las cosas, que de este modo salvaremos nuestra alma y alcanzaremos la Vida Eterna.

“Yo he vencido al mundo”, nos dirá en otro pasaje Jesús, aludiendo precisamente a la derrota del mal y con él, la derrota del demonio. Sino que este se resiste a abandonar el mundo, sin llevarse de encuentro a algunos de nosotros. ¿Podrá? Dependerá de nuestra firmeza, de nuestra fortaleza…Si soltamos la mano de Jesús que nos guía, que nos conduce por el Camino, es posible que este nos arrastre y nos empuje a la perdición, al engaño, al egoísmo. Pero si nos mantenemos unidos al Señor, como la vid a los sarmientos, esto será imposible. Por eso hoy Cristo nos recuerda que “El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.”

Estas son palabras muy fuertes, que nos obligan a meditar y reflexionar en torno a nuestro proceder cotidiano. ¿Somos de los que recogen o por el contrario, todo lo que hacemos es desparramar? No hay términos medios; no hay medias tintas. Recordemos que en otro pasaje, Jesús nos dice que “a los tibios los vomitaré”; es pues otra forma de decirnos que no hay términos medios: o estamos con Él o estamos contra Él. “El que pone la manos sobre el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino”. Estamos ante una gran responsabilidad, que comportan la vida misma. Nuestra salvación depende de lo que hagamos con nuestra vida. O la mandamos al tacho, siguiendo la tentadora propuesta del Príncipe, que en el fondo solo quiere nuestra perdición, aunque nos la presente como el más atractivo manjar, o reconocemos humildemente nuestra debilidad, nuestra incapacidad para afrontarlo solo y nos unimos a Jesús, para derrotarlo de una vez por todas y erradicarlo de nuestras vidas. Jesús es nuestra mejor garantía de Salvación, de corrección…con Él, no tenemos pierde.

No hay cosas buenas, que parecen malas. El mal jamás podrá traer bien. No nos engañemos, ni dejemos que nos engañen. Si pretendes un bien para tu hermano, si pretendes un bien para tu institución, no puedes esperar que este sea el fruto, el resultado de una mala obra, de una mala acción que finalmente se compondrá. Lo que brota y nace de las malas intenciones, no podrá enderezarse sin la intervención Divina. Y esta, no congenia ni anda con contemplaciones y componendas con el Demonio. O eres justo y procuras el bien tangible en todo cuanto haces, o estás contribuyendo a la destrucción del mundo, a la infelicidad y perdición de tus hermanos. O estas con Dios, o estás contra Él…No hay términos medios.

 

Oremos:

Oh Buen Jesús, no permitas que abandonemos el Camino que Tú nos has enseñado. Permite asirnos fuertemente a Tu mano generosa, para afrontar exitosamente toda tentación, toda trampa, toda celada preparada por el demonio. No dejes que caigamos en tentación. Ayúdanos a frecuentar lo Sacramentos, especialmente el de la Eucaristía, donde encontramos nuestra fortaleza. Que vivamos en oración permanente y demos testimonio de ello con nuestras propias vidas.  Sin Ti, no somos nada y seremos agitados, como trigo al viento; en cambio, contigo, lo tenemos todo. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 05 2010

Mateo 21, 33-43.45-46

Texto del evangelio (Mt 21, 33-43.45-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».

Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos».

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.

Reflexión: Mt 21, 33-43.45-46

¿Cómo aplicar aquí y ahora, a nosotros estás palabras? Lo hemos recibido todo, lo tenemos todo y sin embargo no hemos sido capaces de encaminar adecuadamente nuestra vida. La hemos desperdiciado, dedicándola a fines egoístas, ajenos a aquello para lo cual se nos entregó semejante patrimonio. Lo recibimos en custodia, con la autoridad suficiente para emplearlo de un modo tal que permitiera incrementarlo, acrecentarlo, en orden a la salvación, en orden a la construcción del Reino…¿Y, qué hemos hecho? Estas son las cuentas que nos pide el dueño de la viña.

Si recibimos tanto y en un momento no supimos qué hacer, el nos envió emisarios para explicarnos, para aclararnos y para pedirnos cuentas. ¿A quiénes? ¿Cuándo? Revisa tu vida y responde tu mismo estas preguntas. Se honesto. ¿Nunca se te dijo lo que debías hacer? ¿Lo hiciste? ¿Hiciste caso o más bien te agazapaste en ti y con mucha soberbia rechazaste aquella corrección? Sabías lo que tenías que hacer, y sin embargo preferiste la comodidad, la “tranquilidad”…Huiste del compromiso, y en vez de procurar los frutos que el dueño de la viña esperaba, te dedicaste a otra cosa. Te enviaron dinero para que adquirieras nutrientes, abono, agua para la viña, y tu preferiste emplearlos en otra cosa, descuidando la viña y dejando que la mala yerba crezca por doquier…

Preferiste la farra, la jarana, “el buen vivir”, antes que el trabajo abnegado y sacrificado para lograr los mejores frutos con el patrimonio que se te confió. Obraste posiblemente como muchos, como todos…Desechaste la piedra angular; despreciaste a cuanto emisario y oportunidad de corrección se te dio. No eres digno del Reino…se te quitará para dárselo a otro.

Así de duras y exigentes son las palabras del Señor. Por eso, debemos hacer un alto. Meditar y reflexionar lo que estamos haciendo con nuestra vida. No podemos seguir ciegamente por donde nos empujen, por donde nos llevan los demás. No porque todos lo hacen, yo debo hacerlo. Tengo en mis manos la posibilidad de emplear adecuadamente el patrimonio que se me ha confiado…Y no hay mayor patrimonio que la vida misma. He de orientarla como corresponde y esforzarme porque rinda los frutos que espera el dueño de la viña.

Oremos:

Padre Santo, permite que viva de tal modo que al final pueda decirte con alegría y paz: toma mi vida…Tú me la diste y a ti te la devuelvo. Ilumíname para llevar una vida santa, humilde, fructífera. Enséñame a amar cada día y a ver y oír tu voluntad en cada uno de mis hermanos, en cada acontecimiento. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 14 2010

Lucas 6, 17.20-26

Texto del evangelio (Lc 6, 17.20-26)

En aquel tiempo, Jesús bajó de la montaña y se detuvo con sus discípulos en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón. Y Él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas. 

»Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas».

Reflexión: Lc 6, 17.20-26

El seguimiento del Señor no es un lecho de rosas. Es un reto, es exigente. Requiere de mucha fuerza de voluntad y perseverancia, porque la mayor parte del tiempo hay que ir contra corriente y como decía Juan Pablo II, remar mar adentro. No podemos quedarnos afuera, en la orilla mojándonos la punta de los pies. Es necesario que entremos allá, donde se encuentran nuestros hermanos, en aguas muchas veces turbulentas.

¡Qué difícil! ¡Qué miedo! Es verdad, si estuviéramos solos probablemente sería una misión imposible. Pero no lo es para nosotros, porque contamos con el apoyo de Cristo, y con Él, como decimos en el MCC, somos mayoría…No hay fuerza que pueda doblegarnos, no hay poder en el mundo que pueda detenerlo: ¡Cristo, ha vencido al mundo! Es decir que, resucitando a derrotado a la muerte, al demonio y al pecado y ha ganado para nosotros la Vida Eterna, al reconciliarnos con nuestro Padre Dios, que está en el cielo.

Esto sólo ha sido posible por Cristo, Hijo de Dios Padre, quien amándonos tanto, envió a su único hijo para que muriendo en la cruz, redimiera todos nuestros pecados y resucitando nos diera Vida Eterna. Esta es la razón de nuestra fe, de nuestra esperanza y nuestra perseverancia. Pero Dios Padre, no contento con todo lo que ha hecho por nosotros, nos ha enviado al Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, para que nos fortalezca, nos de ánimo y multiplique nuestras fuerzas todo lo que sea necesario para alcanzar nuestra meta, para cumplir nuestra misión, que es llevar la Buena Nueva a nuestros hermanos, curando a los enfermos, perdonando los pecados y bautizando.

El Señor se apiada de los pobres, de los que sufren por cualquier motivo…Sin embargo, es -me parece- importante notar que, en este evangelio el Señor se dirige en primer lugar a sus discípulos, porque es “alzando los ojos hacia sus discípulos” que lanza este sermón. Y es que, de este modo, les está anticipando el camino por el que han de transitar para cumplir su misión. Es que son benditos, los pobres, los que sufren injusticias y persecución, pero cuanto más si es por causa del Reino. Este ha de ser un indicador de una vida recta y buena. Por el contrario, el que lo tiene todo, el que está harto, el que ríe, porque incluso goza de fama, de prestigio ya que todo el mundo habla bien de él, debe tener cuidado, debe ponerse en guardia, porque seguramente no está haciendo lo posible por sus hermanos, no está exigiéndose al máximo, no se está comprometiendo, está caminando siempre por las orillas o buscando las aguas mansas y así, ni se conduce a sí mismo al Padre, ni mucho menos a los demás.

Si lo has tenido todo y no has sido capaz de inquietarte, de incomodarte por lo demás, si no has sido capaz de compartir, vendrá el tiempo en que no tendrás nada, que serás despojado de todo y entonces lloraras, pero será demasiado tarde, porque ya no habrá más tiempo ni espacio para revertir lo que hiciste…”Entonces será el rechinar de dientes…”

Los verdaderos cristianos, los discípulos de Jesús, tenemos que ser capaces de leer en las Bienaventuranzas nuestro itinerario. Mientras haya pobreza, injusticia, hambre y dolor, mientras no haya amor, no podemos darnos por satisfechos y pasar indiferentes por el mundo.

Es bueno aclarar aquí, que no es que el Señor quiera que seamos pobres y que suframos y que solo entonces salvaremos nuestra alma. ¡No! La pobreza, el dolor, el hambre, el sufrimiento, no son buenos per se. No estamos ante un Dios masoquista. ¡No! El Señor quiere que nos amemos los unos a los otros, como Él nos ha amado. Y él fue capaz de entregar su vida por nosotros. Lo que espera es que tengamos la decisión de amar hasta ese extremo, si fuera necesario. Que estemos dispuestos al sacrificio, que no seamos indiferentes. No podremos dar por concluida la Misión encomendada, ni regodearnos con nada, mientras haya hermanos que sufren, que padecen pobreza, hambre, frio, dolor, injusticia…Si en esta lucha tú también tienes que padecer hambre, pobreza, frio , dolor, humillación, persecución e incluso muerte, ¡Bendito seas!, porque lo has hecho por el Reino y serás recompensado con creces por nuestro Padre que está en el cielo, desde donde lo ve y siente todo. Por medio del Espíritu Santo, el te dará su mano cálida cuando sea necesario.

Oremos:

Padre Santo, dame voluntad y coraje para perseverar. No permitas que flaquee. Que sin titubear acepte los retos que me propones y me de alegre a mi misión, confiado que en ella me acompañas, y que habiendo vencido al mundo, no hay razón para estar tristes. Que lleve consuelo y esperanza a quienes más lo necesitan. Que sepa compartir lo que soy y tengo, con desprendimiento. Que no tema navegar mar adentro, ni en aguas turbulentas, porque contigo nada me falta. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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