Posts tagged: Reino de Dios

Marcos 12, 28b-34

Texto del evangelio (Mc 12, 28b-34)

En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos».

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

Reflexión: Mc 12, 28b-34

El Señor resume así todas las enseñanzas y los mandamientos. No hay que darle más vueltas. No hay matices, ni tampoco hay nada más allá de esto, ni en otra perspectiva. No tratemos de encontrar otras explicaciones, porque no existen…Son puras tretas del demonio, que trata de engañarnos, de enredarnos. El mensaje es así de simple y si sólo pudiéramos quedarnos con estas líneas del evangelio, bastaría para trazar una vida recta, al servicio de Dios y nuestros hermanos, que es todo lo que quiere enseñarnos el Señor.

Es verdad que alguien podría decir, entonces por qué la “tremenda” Biblia…incluso el Nuevo Testamento, es decir los Evangelios y las cartas de los Apóstoles le podrían resultar extensos. Ello se explica, porque somos duros para entender y Dios Padre se toma todo el tiempo necesario para enseñarnos de diversas maneras y en diversas circunstancias esta gran verdad, este único mensaje. Jesús mismo lo reitera una y otra vez y de distintas maneras.

El mensaje es único y contundente, por eso “nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.” ¿Qué podían decir? El Señor había hablado con autoridad y había revelado con suma claridad toda su prédica, toda la verdad. No se trata de interpretaciones…Además, ni si quiera hay lugar a ellas. Se trata de ordenar la vida al servicio de Dios y de nuestros hermanos. Dios, nuestro Padre, nos ha dado todo…a Él debemos tornarlo a través de nuestros hermanos. Amando y sirviendo a ellos, le amamos y servimos a Él.

No necesitamos exégetas, ni sabios, ni teólogos para interpretar estas palabras. El Señor no habla en difícil para que luego lo interpreten los escogidos, los especialistas. El Señor habla en lenguaje sencillo, al alcance de todos, para que todos lo conozcamos y nos convirtamos, es decir, para que cambiemos y ordenemos nuestra vida en función de esta verdad revelada. ¿Cómo? Haciendo que en cada paso, en cada ocasión, tengamos en cuenta la voluntad de Dios, poniéndonos al servicio del Reino y por ende, de nuestros hermanos. No hay más vuelta que darle. ¿Cómo has de hacer esto en tu vida? Es algo que tú debes discernir, siendo honesto y sincero contigo mismo. Pues tu sabes mejor que nadie de qué se trata. No le busques 5 pies al gato. Hazte este buen propósito y trata de cumplirlo HOY.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos para saber discernir y orientar nuestra vida al servicio del Reino y por lo tanto al servicio de nuestros hermanos. Que aprendamos a verte en cada uno de ellos. Que por nada los dejemos abandonados, librados a su suerte. Que intervengamos con decisión, pero sobre todo con amor, allí donde debamos. Que dejemos las excusas, las disculpas y los miedos…que nos desinstalemos, porque es solo dando que se recibe. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 11, 14-23

Texto del evangelio (Lc 11, 14-23)

En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: «Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios». Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?, porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama».

Reflexión: Lc 11, 14-23

El mal espíritu, el demonio, está rondándonos todo el tiempo, como un ave carroñera. Espera nuestro error, nuestro momento de debilidad para tentarnos y hacernos caer. Es absurdo pretender que no existe e ingenuamente ignorarlo, pues su cola está metida en toda controversia, en toda discusión, en toda desavenencia, procurando profundizarla y haciéndola irreconciliable.

No existe peor enemigo del alma que el demonio. Este quiere corromperla, debilitarla, asustarla…persuadirla de estupideces y miserias. A veces entra en forma tan sutil, que difícilmente nos damos cuenta. No por nada el mismo Jesús lo llama el Príncipe de este mundo; es pues, el Príncipe del engaño. Es astuto, muta, cambia…y está permanentemente al acecho. No da tregua.

Tras la denominación de Príncipe debemos entender que estamos frente alguien muy poderoso. No podemos taparnos los ojos frente a esta realidad. Príncipe es aquel que pretende heredar el Reino. Así de grande es su ambición y decisión. Sabemos que ello jamás será posible, porque Rey hay solo uno: Dios. Y, el jamás lo permitirá. Precisamente envió a Su Hijo, a Su legítimo heredero para decirnos cuál es Su Voluntad. Y esta es que nos salvemos. Que nos amemos unos a otros y a Dios por sobre todas las cosas, que de este modo salvaremos nuestra alma y alcanzaremos la Vida Eterna.

“Yo he vencido al mundo”, nos dirá en otro pasaje Jesús, aludiendo precisamente a la derrota del mal y con él, la derrota del demonio. Sino que este se resiste a abandonar el mundo, sin llevarse de encuentro a algunos de nosotros. ¿Podrá? Dependerá de nuestra firmeza, de nuestra fortaleza…Si soltamos la mano de Jesús que nos guía, que nos conduce por el Camino, es posible que este nos arrastre y nos empuje a la perdición, al engaño, al egoísmo. Pero si nos mantenemos unidos al Señor, como la vid a los sarmientos, esto será imposible. Por eso hoy Cristo nos recuerda que “El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.”

Estas son palabras muy fuertes, que nos obligan a meditar y reflexionar en torno a nuestro proceder cotidiano. ¿Somos de los que recogen o por el contrario, todo lo que hacemos es desparramar? No hay términos medios; no hay medias tintas. Recordemos que en otro pasaje, Jesús nos dice que “a los tibios los vomitaré”; es pues otra forma de decirnos que no hay términos medios: o estamos con Él o estamos contra Él. “El que pone la manos sobre el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino”. Estamos ante una gran responsabilidad, que comportan la vida misma. Nuestra salvación depende de lo que hagamos con nuestra vida. O la mandamos al tacho, siguiendo la tentadora propuesta del Príncipe, que en el fondo solo quiere nuestra perdición, aunque nos la presente como el más atractivo manjar, o reconocemos humildemente nuestra debilidad, nuestra incapacidad para afrontarlo solo y nos unimos a Jesús, para derrotarlo de una vez por todas y erradicarlo de nuestras vidas. Jesús es nuestra mejor garantía de Salvación, de corrección…con Él, no tenemos pierde.

No hay cosas buenas, que parecen malas. El mal jamás podrá traer bien. No nos engañemos, ni dejemos que nos engañen. Si pretendes un bien para tu hermano, si pretendes un bien para tu institución, no puedes esperar que este sea el fruto, el resultado de una mala obra, de una mala acción que finalmente se compondrá. Lo que brota y nace de las malas intenciones, no podrá enderezarse sin la intervención Divina. Y esta, no congenia ni anda con contemplaciones y componendas con el Demonio. O eres justo y procuras el bien tangible en todo cuanto haces, o estás contribuyendo a la destrucción del mundo, a la infelicidad y perdición de tus hermanos. O estas con Dios, o estás contra Él…No hay términos medios.

 

Oremos:

Oh Buen Jesús, no permitas que abandonemos el Camino que Tú nos has enseñado. Permite asirnos fuertemente a Tu mano generosa, para afrontar exitosamente toda tentación, toda trampa, toda celada preparada por el demonio. No dejes que caigamos en tentación. Ayúdanos a frecuentar lo Sacramentos, especialmente el de la Eucaristía, donde encontramos nuestra fortaleza. Que vivamos en oración permanente y demos testimonio de ello con nuestras propias vidas.  Sin Ti, no somos nada y seremos agitados, como trigo al viento; en cambio, contigo, lo tenemos todo. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 21, 33-43.45-46

Texto del evangelio (Mt 21, 33-43.45-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».

Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos».

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.

Reflexión: Mt 21, 33-43.45-46

¿Cómo aplicar aquí y ahora, a nosotros estás palabras? Lo hemos recibido todo, lo tenemos todo y sin embargo no hemos sido capaces de encaminar adecuadamente nuestra vida. La hemos desperdiciado, dedicándola a fines egoístas, ajenos a aquello para lo cual se nos entregó semejante patrimonio. Lo recibimos en custodia, con la autoridad suficiente para emplearlo de un modo tal que permitiera incrementarlo, acrecentarlo, en orden a la salvación, en orden a la construcción del Reino…¿Y, qué hemos hecho? Estas son las cuentas que nos pide el dueño de la viña.

Si recibimos tanto y en un momento no supimos qué hacer, el nos envió emisarios para explicarnos, para aclararnos y para pedirnos cuentas. ¿A quiénes? ¿Cuándo? Revisa tu vida y responde tu mismo estas preguntas. Se honesto. ¿Nunca se te dijo lo que debías hacer? ¿Lo hiciste? ¿Hiciste caso o más bien te agazapaste en ti y con mucha soberbia rechazaste aquella corrección? Sabías lo que tenías que hacer, y sin embargo preferiste la comodidad, la “tranquilidad”…Huiste del compromiso, y en vez de procurar los frutos que el dueño de la viña esperaba, te dedicaste a otra cosa. Te enviaron dinero para que adquirieras nutrientes, abono, agua para la viña, y tu preferiste emplearlos en otra cosa, descuidando la viña y dejando que la mala yerba crezca por doquier…

Preferiste la farra, la jarana, “el buen vivir”, antes que el trabajo abnegado y sacrificado para lograr los mejores frutos con el patrimonio que se te confió. Obraste posiblemente como muchos, como todos…Desechaste la piedra angular; despreciaste a cuanto emisario y oportunidad de corrección se te dio. No eres digno del Reino…se te quitará para dárselo a otro.

Así de duras y exigentes son las palabras del Señor. Por eso, debemos hacer un alto. Meditar y reflexionar lo que estamos haciendo con nuestra vida. No podemos seguir ciegamente por donde nos empujen, por donde nos llevan los demás. No porque todos lo hacen, yo debo hacerlo. Tengo en mis manos la posibilidad de emplear adecuadamente el patrimonio que se me ha confiado…Y no hay mayor patrimonio que la vida misma. He de orientarla como corresponde y esforzarme porque rinda los frutos que espera el dueño de la viña.

Oremos:

Padre Santo, permite que viva de tal modo que al final pueda decirte con alegría y paz: toma mi vida…Tú me la diste y a ti te la devuelvo. Ilumíname para llevar una vida santa, humilde, fructífera. Enséñame a amar cada día y a ver y oír tu voluntad en cada uno de mis hermanos, en cada acontecimiento. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 6, 17.20-26

Texto del evangelio (Lc 6, 17.20-26)

En aquel tiempo, Jesús bajó de la montaña y se detuvo con sus discípulos en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón. Y Él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas. 

»Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas».

Reflexión: Lc 6, 17.20-26

El seguimiento del Señor no es un lecho de rosas. Es un reto, es exigente. Requiere de mucha fuerza de voluntad y perseverancia, porque la mayor parte del tiempo hay que ir contra corriente y como decía Juan Pablo II, remar mar adentro. No podemos quedarnos afuera, en la orilla mojándonos la punta de los pies. Es necesario que entremos allá, donde se encuentran nuestros hermanos, en aguas muchas veces turbulentas.

¡Qué difícil! ¡Qué miedo! Es verdad, si estuviéramos solos probablemente sería una misión imposible. Pero no lo es para nosotros, porque contamos con el apoyo de Cristo, y con Él, como decimos en el MCC, somos mayoría…No hay fuerza que pueda doblegarnos, no hay poder en el mundo que pueda detenerlo: ¡Cristo, ha vencido al mundo! Es decir que, resucitando a derrotado a la muerte, al demonio y al pecado y ha ganado para nosotros la Vida Eterna, al reconciliarnos con nuestro Padre Dios, que está en el cielo.

Esto sólo ha sido posible por Cristo, Hijo de Dios Padre, quien amándonos tanto, envió a su único hijo para que muriendo en la cruz, redimiera todos nuestros pecados y resucitando nos diera Vida Eterna. Esta es la razón de nuestra fe, de nuestra esperanza y nuestra perseverancia. Pero Dios Padre, no contento con todo lo que ha hecho por nosotros, nos ha enviado al Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, para que nos fortalezca, nos de ánimo y multiplique nuestras fuerzas todo lo que sea necesario para alcanzar nuestra meta, para cumplir nuestra misión, que es llevar la Buena Nueva a nuestros hermanos, curando a los enfermos, perdonando los pecados y bautizando.

El Señor se apiada de los pobres, de los que sufren por cualquier motivo…Sin embargo, es -me parece- importante notar que, en este evangelio el Señor se dirige en primer lugar a sus discípulos, porque es “alzando los ojos hacia sus discípulos” que lanza este sermón. Y es que, de este modo, les está anticipando el camino por el que han de transitar para cumplir su misión. Es que son benditos, los pobres, los que sufren injusticias y persecución, pero cuanto más si es por causa del Reino. Este ha de ser un indicador de una vida recta y buena. Por el contrario, el que lo tiene todo, el que está harto, el que ríe, porque incluso goza de fama, de prestigio ya que todo el mundo habla bien de él, debe tener cuidado, debe ponerse en guardia, porque seguramente no está haciendo lo posible por sus hermanos, no está exigiéndose al máximo, no se está comprometiendo, está caminando siempre por las orillas o buscando las aguas mansas y así, ni se conduce a sí mismo al Padre, ni mucho menos a los demás.

Si lo has tenido todo y no has sido capaz de inquietarte, de incomodarte por lo demás, si no has sido capaz de compartir, vendrá el tiempo en que no tendrás nada, que serás despojado de todo y entonces lloraras, pero será demasiado tarde, porque ya no habrá más tiempo ni espacio para revertir lo que hiciste…”Entonces será el rechinar de dientes…”

Los verdaderos cristianos, los discípulos de Jesús, tenemos que ser capaces de leer en las Bienaventuranzas nuestro itinerario. Mientras haya pobreza, injusticia, hambre y dolor, mientras no haya amor, no podemos darnos por satisfechos y pasar indiferentes por el mundo.

Es bueno aclarar aquí, que no es que el Señor quiera que seamos pobres y que suframos y que solo entonces salvaremos nuestra alma. ¡No! La pobreza, el dolor, el hambre, el sufrimiento, no son buenos per se. No estamos ante un Dios masoquista. ¡No! El Señor quiere que nos amemos los unos a los otros, como Él nos ha amado. Y él fue capaz de entregar su vida por nosotros. Lo que espera es que tengamos la decisión de amar hasta ese extremo, si fuera necesario. Que estemos dispuestos al sacrificio, que no seamos indiferentes. No podremos dar por concluida la Misión encomendada, ni regodearnos con nada, mientras haya hermanos que sufren, que padecen pobreza, hambre, frio, dolor, injusticia…Si en esta lucha tú también tienes que padecer hambre, pobreza, frio , dolor, humillación, persecución e incluso muerte, ¡Bendito seas!, porque lo has hecho por el Reino y serás recompensado con creces por nuestro Padre que está en el cielo, desde donde lo ve y siente todo. Por medio del Espíritu Santo, el te dará su mano cálida cuando sea necesario.

Oremos:

Padre Santo, dame voluntad y coraje para perseverar. No permitas que flaquee. Que sin titubear acepte los retos que me propones y me de alegre a mi misión, confiado que en ella me acompañas, y que habiendo vencido al mundo, no hay razón para estar tristes. Que lleve consuelo y esperanza a quienes más lo necesitan. Que sepa compartir lo que soy y tengo, con desprendimiento. Que no tema navegar mar adentro, ni en aguas turbulentas, porque contigo nada me falta. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 4, 1-20

Texto del evangelio (Mc 4, 1-20)

En aquel tiempo, Jesús se puso otra vez a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar. Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción: «Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó enseguida por no tener hondura de tierra; pero cuando salió el sol se agostó y, por no tener raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio fruto. Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento». Y decía: «Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Cuando quedó a solas, los que le seguían a una con los Doce le preguntaban sobre las parábolas. El les dijo: «A vosotros se os ha dado comprender el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone».

Y les dice: «¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, entonces, comprenderéis todas las parábolas? El sembrador siembra la Palabra. Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos. De igual modo, los sembrados en terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, al punto la reciben con alegría, pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumben enseguida. Y otros son los sembrados entre los abrojos; son los que han oído la Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento».

Reflexión: Mc 4, 1-20

 Todos estamos llamados a seguir al Señor. Él va esparciendo su palabra entre todos los que le siguen. Sin embargo no todos la comprenden. Es que hay que tener una disposición para comprenderla. Es el típico dicho aquél, “no hay peor sordo que el que no quiere oír; o peor ciego que el que no quiere ver”. Es que cuando uno ha tomado una determinación y quiere que las cosas sean como él quiere, ya puede venir Jesucristo a tratar de convencerlo, nadie le hará cambiar de parecer. Infinidad de veces seguramente nos hemos topado con este tipo de gente…Ya podemos plantarnos de cabeza, no lograremos convencerlos ni que cambien de opinión. Jesús también conoce a esta gente, también se ha tropezado con ellos y por eso lanza esta advertencia que cuesta un poco comprender: «A vosotros se os ha dado comprender el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone». .

Echa tu pluma…Revísate con sinceridad. Es muy fácil encontrar la paja en el ojo ajeno, pero…. ¿No eres tú de esos que no quiere comprender? ¿Qué se hace el difícil, simplemente porque no quiere dar su brazo a torcer? Cuando se nos pide sacrificios, cuando debemos postergar nuestros intereses e incomodarnos, nos hacemos los locos, los que no entendemos. ¿Pero, a quién vamos a engañar? Desde luego, a Jesús no, y seguramente a nosotros mismos tampoco.

La Palabra del Señor es como la semilla: debe dar fruto, para poder reconocer que efectivamente fue sembrada. Si no da fruto, no sirve de nada. ¡Qué más da si tuviste un encuentro “trascendente” con el mayor gurú espiritual, si recibiste la fórmula secreta de la quinta esencia de manos del más connotado intelectual del planeta, del más ilustre científico! ¡Si no das fruto, para nada sirves! Al cristiano no se le conoce por como enarbola los ojos frente a las imágenes, o por la cantidad de oraciones que efectúa durante el día, ni por la cantidad de estampas y medallas que porta sobre su hábito…

Al cristiano se le conoce por sus obras. Son sus obras, es decir sus frutos, los que hablan por él. Unos producen treinta, otros sesenta y otros cien…Cuánto demos, puede depender de muchas cosas, seguramente…Pero lo que no podemos hacer es dejar de dar. ¡No tenemos excusa! O somos de los que recogen, o somos de los que esparcen. O estamos con Dios, o estamos con el demonio. O construimos, o destruimos…No hay términos medios. No hay posiciones inocuas, algo menos comprometidas, pero igualmente cristianas. ¡Eres o no eres! Punto.

Oremos:

Señor Jesús, te pedimos perdón por todas las veces que nos hemos excusado, para no incomodarnos, para no perder algunos de nuestros privilegios; para no comprometer nuestro patrimonio…Perdónanos. Nosotros sabemos cuando hemos obrado así. ¡Perdónanos! Ayúdanos a dar fruto. Nada de lo que tenemos o hemos recibido tiene sentido si no nos sirve para dar fruto. ¡Que sirva este fruto para dar testimonio de Ti! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 1, 14-20

Texto del evangelio (Mt 1, 14-20)

Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres». Al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras Él.

Reflexión: Mt 1, 14-20

Todo se cumple conforme a la Escrituras, conforme al Plan trazado por Dios Padre. Jesús tiene una Misión muy clara y específica: proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Esta es la misma misión que nosotros, sus seguidores debemos asumir. Nuestra vida llega a tener sentido en tanto, en cuanto la cumplamos.

En qué consiste esta Buena Nueva: pues en saber que aquello que esperábamos ya llegó. No hay nada más que esperar. Él, nuestro Salvador, está aquí, entre nosotros, tal como lo prometió desde siempre. Este es un primer dato importante que debe cambiar nuestra perspectiva de la vida. Jesús, el Mesías ha venido. Dios Padre, como no podía ser de otro modo, ha cumplido su promesa y nos ha enviado un Salvador: nada menos que a Su Hijo.

Lo segundo…”el Reino de Dios está cerca”. ¿Qué tan cerca? ¿Dónde está? ¿Por qué no lo vemos? Todas estas preguntas están respondidas de uno u otro modo en los Evangelios. En resumen podemos afirmar que está aquí, que nos rodea; que está en ti…que crece a nuestro alrededor, como el grano de mostaza, como el fermento…No lo vemos, porque hemos visto muchas películas de Spilberg y quisiéramos ver ejércitos uniformados de gente distinta, más grande, más blanca (o más negra, dependiendo de la raza), con poderes extraordinarios, tele transportándose de aquí a allá y haciendo prodigios asombrosos.

Y en cambio, Jesús, el Hijo de Dios, nació en el seno de una familia humilde, en un pesebre. Vivió, cumplió su misión y proclamó el Evangelio entre los más pobres y humildes, entre el pueblo de una nación oprimida. Es que Jesús, verdadero Hombre y verdadero Dios, nos trae un mensaje distinto. No está sujeto a nuestros criterios, a nuestra perspectiva, a nuestra forma de ver las cosas. Él rompe esquemas…En realidad rompe cadenas y nos libera de las ataduras de este mundo, para proponernos una perspectiva distinta y no por eso menos asequible. Acostumbrados a velar egoístamente por nosotros mismos, y habiendo hecho de este el modo de vida por excelencia, Jesús nos dice que estamos equivocados, que ese no es el camino, que hemos sido creados para el amor y que es por allí que debemos transitar.

Y, el amor exige desprendimiento, generosidad, sacrificio…Una perspectiva distinta, radicalmente distinta. Es solo así que podemos comprender por qué Jesús nace en un hogar pobre, en el seno de un pueblo oprimido y una familia perseguida. No, no es fácil seguir a Jesús…pero tampoco es imposible, sino no nos hubiera llamado a “hacernos pescadores de hombres”. Esa es nuestra misión: Creer en Dios y luego, o  conjuntamente, llevarlo a los demás. En eso consiste el Reino, y va creciendo…Es una “plaga” que crece incesante desde hace más de 2 mil años, que se propaga por el mundo. Que a veces en forma velada, y otras en forma abierta; que a veces en forma tergiversada, manipulada y no tan ortodoxa, tal vez, sin embargo sigue transmitiéndose, de aquí a allí y brota en los lugares menos esperados, sorprendiéndonos gratamente. ¡Dios está aquí! ¡El Amor está aquí! Solo hay que dejarlo crecer…Para eso, debemos cambiar; enderezar nuestros caminos…

Oremos:

Señor, haznos fieles seguidores tuyos. Que no claudiquemos ante la comodidad, ante la tentación egoísta. Sabemos que no es por allí que llegamos a Ti. Sabemos que Tú eres nuestra Salvación, que Tú solo quieres nuestro bien…Danos fe para entregarnos plenamente y seguirte confiadamente, sabiendo que donde hay amor estás Tú y por eso mismo, no transigiendo con el rencor, la envidia, la soberbia y todas esas manifestaciones de desamor… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 21, 28-32

Texto del evangelio (Mt 21, 28-32)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: ‘Hijo, vete hoy a trabajar en la viña’. Y él respondió: ‘No quiero’, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: ‘Voy, Señor’, y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». «El primero», le dicen. Díceles Jesús: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él».

Reflexión: Mt 21, 28-32

Estamos frente a dos ejemplos…El que escucha y lo pone en práctica y el que oye, aparentemente con mucha atención, pero se queda en eso…en apariencias, porque al final no hace nada de lo que se le dice, no obedece la voluntad del Señor.

La palabras del Señor son, como siempre, muy fuertes para estos últimos. No sé cómo hemos hecho para moderarlas y llegar a hacerlas inocuas.  El Señor no se va con rodeos, ni está con contemplaciones ni adulaciones. ¿De qué otro modo puede interpretarse esta advertencia a los sumos sacerdotes y ancianos, es decir, a lo más graneadito y respetable del pueblo, a quienes simbolizan la sabiduría, la razón y la ley…”En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios.”

Es que no es cuestión de poses, de apariencias, de hacer creer. Se trata de actuar cristianamente. Incluso este, que al comienzo le cuesta, pero que va asimilando la orden recibida, la ha escuchado, es decir que la ha interiorizado y la viene digiriendo y asimilando, dándole vueltas, hasta que finalmente obra en forma sensata, porque ha llegado a comprender la importancia de la orden recibida y de quién proviene. Incluso este, que al comienzo duda, merece más respeto y mejor trato que el que se para en la puerta y ni entra, ni deja entrar. Esos, que se erigen como ejemplo, son los peores, por debajo de las rameras…Aquí no hay adulaciones ni medias tintas. Al pan, pan y al vino, vino.

Las cartas están echadas. El juego a empezado…¿De qué lado estamos? Por que no podemos estar a ambos lados. Tenemos que tomar partido, y aún el que no hace aparentemente nada, con su inacción, con su falta de compromiso, ha tomado partido. Así es. La vida y la palabra del Señor nos decantan.

¿A qué esperamos? No, no habrá otro momento después. No habrá otra oportunidad. Es ahora o nunca.

Oremos:

Señor, ayúdanos a ver la urgencia de la misión encomendada. Que no caigamos en el tedio, en el conformismo, en la mediocridad, de aquel que aparenta, que asiente y que incluso llega a predicar, pero no hace nada.

Danos la capacidad de enmendarnos, de corregirnos, de arrepentirnos…y la oportunidad para actuar finalmente conforme a Tú Voluntad.

No permitas que nos convirtamos en mercenarios…Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Mateo 9,35-10,1.6-8

Texto del evangelio (Mt 9, 35-10,1.6-8)

 
En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies».

Reflexión: Mt 9, 35-10, 1.6-8

Hay tanto por hacer y en realidad somos tan pocos. No hay tiempo que perder. El Señor nos envía a cumplir con nuestra urgente misión. Ahora como entonces, el mundo anda confuso, desmoralizado…parece que no hubiera razones para luchar, para perseverar. Vemos tanto, que llegamos a preguntarnos si valdrá la pena esforzarnos por hacer el bien. Que tal si mejor nos hacemos los locos y dejamos todo como está, si total, parece que a nadie le interesa…¿Por qué debemos sacrificarnos? Estas son dudas que nos asaltan cuando nos vemos tentados a dejar el camino, cuando parece que todo está en contra y que nadie quisiera esforzarse nada más que por salvar su pellejo.

Por eso hay que echar cimientos sobre la roca, no sobre la arena. Precisamente para pasar estos momentos turbulentos, en los que todo pareciera confabularse contra uno. Es aquí cuando debemos redoblar nuestra oración y pedir que el Señor fortalezca y acreciente nuestra fe.

Y es que no debemos aferrarnos a lo material, porque tarde o temprano se agota, se acaba, se esfuma. Tenemos que edificar allá donde no entra la polilla. Para eso debemos ser perseverantes y no perder de vista el Camino, la perspectiva que nos propone Jesús. Tenemos que saber mirar con sus ojos y trascender, ir más allá de lo cotidiano. No dejarnos envolver por la serpiente.

“La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.” No hay duda, a veces nos sentimos muy solos, muy solos, nadando contra corriente…Tenemos que orar para que el Señor envíe más obreros. No hay que desanimar…¡Sí se puede!…Con el Señor somos mayoría, pero no hay que dejar de pedir, de orar por más conversiones, por más cristianos verdaderos, no fariseos hipócritas, que ni entran ni dejan entrar. Y es que lo fariseos pretende que están adentro y se erigen como modelo…entonces los que quieren entrar llegan a creer que actuar como ellos es estar adentro; llegan a creer que todo es cuestión de pose, de palabra, sin llegar realmente a involucrarse. Y el cambio que el mundo necesita sólo se logrará con gente involucrada.

Oremos:

Señor fortalécenos. No permitas que desistamos, que nos rindamos. Esta es una misión de largo alcance, que ocupa toda la vida.

Envíanos más vocaciones cristianas y religiosas. Necesitamos pastores, comprometidos con el mundo. Y si habrán de ser laicos, que sean de los buenos.

Ayúdanos a pasar todas las dificultades que encontramos en el camino. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 21, 29-33

Texto del evangelio (Lc 21, 29-33)

En aquel tiempo, Jesús puso a sus discípulos esta comparación: «Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».

Reflexión: Lc 21, 29-33

“Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis que el verano está ya cerca.” Esta debe ser la fuente de nuestra esperanza…El Reino ya está aquí, ya ha llegado, y sus brotes están por doquier. Basta abrir bien los ojos para verlo aquí y allí. Nuestro Padre, tal como lo prometió Cristo, nos ha enviado al Espíritu Santo y El viene actuando en el mundo, como el fermento en la masa. Ya está implantado; ya está creciendo. Es viendo estos brotes, que podemos adivinar que el verano está cerca, es decir la Vida Plena, la Vida Eterna, el Reino está cerca…¡Ya ha empezado!

¿No es esta lectura una oda a la esperanza? Estamos ante el primer movimiento de una sinfonía. Los primeros acordes empiezan a sonar…Los violines por aquí, los clarinetes por allá, los cornos, los timbales…Pronto toda la orquesta irrumpirá, con armonía, entonando la más bella melodía que ser humano alguno hubiera podido imaginar. Puedo oír cómo resuena en mi mente la IX Sinfonía de Beethoven, el Himno a la Alegría y pienso que, con toda su esplendorosa belleza, es tan solo un anticipo pálido de lo que nos espera…¡Oh! ¡Qué inmensa alegría! ¡No puedo esperar más! ¡Que empiece a sonar!

¡Bendito seas Señor por todo cuanto nos das, porque así te ha parecido bueno!

Oremos:

Haz, Señor, que seamos fermento, que llevemos alegría, que llevemos esperanza, que llevemos amor.

Danos perseverancia para seguir siempre en Tu Camino y perdónanos todos nuestros pecados, nuestras debilidades, nuestras tonterías, nuestras ridiculeces. ¡Que no perdamos, Señor, la perspectiva! ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Juan 18, 33-37

Texto del evangelio (Jn 18, 33-37)

En aquel tiempo, Pilato dijo a Jesús: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz».

Reflexión: Jn 18, 33-37

Nuevamente, para quienes no queremos escucharlo ni entenderlo, para quienes estamos esperando un rey a nuestra medida, un rey que avale todo lo que hacemos, que esté de acuerdo con todas nuestras ambiciones, que bendiga nuestras pretensiones, comodidades y riquezas humanas, aquellas de las que no queremos desprendernos ni por un segundo, Jesús se presenta como el Rey de un Reino que no es de este mundo.

Ojo con este detalle. No quiere decir solamente, como siempre tratamos de interpretar, que se refiere al más allá, a un Reino que corresponde a otra vida, a otro dimensión…No. Lo que pasa es que no podemos tratar de entender al Señor si nos sumimos en nuestra óptica mundana, egoísta, en la que primero soy yo, después yo, y finalmente yo. No podemos pretender entender  y seguir al Señor, ver y comprender su Reino, si nos aferramos a este mundo, a las comodidades, al acumular, al tener, a la soberbia, a la ambición, al tratar de obtener siempre reconocimiento, siempre los primeros lugares. Si nos volvemos esclavos de este mundo, si vivimos para él, si no somos capaces de desprendernos, no podremos ver su reino, no podremos entenderlo y mucho menos servirlo. No seremos parte de Él.

Es la misma idea  expresada una y otra vez, de una y otra forma: No se puede servir a dos Señores; el que no recoge, desparrama; el que no está conmigo, está contra mí. Los hijos de la Luz, no pueden caminar en la sombra. El Príncipe de este mundo, el engaño, la oscuridad y la mentira, se oponen a la Verdad, a la Vida y a la Luz.

La única forma de alcanzar al Señor, de seguirle, de servirle, es caminar en la Verdad. “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”.

Eso es en lo que tenemos que meditar hoy. ¿Eres de la Verdad? ¿Buscas la Verdad? ¿Te rindes ante la Verdad, aunque te cueste prestigio, dinero o comodidad? ¿Caminas en la Verdad? ¿Puedes exponer tu vida toda a la luz, sin ningún temor? ¿Aspiras a la verdad o prefieres las sombras, las tinieblas, los acomodos, los enredos, los chismes, las mentiras?

Oremos:

Padre Santo, somos Tus hijos…No permitas que nos arrebate la mentira, el cinismo, la oscuridad y la muerte. Danos temor a quien puede matar lo que realmente vale en nosotros: nuestro espíritu. Que no temamos perder nuestras cosas, nuestras propiedades, ni el reconocimiento mundano, con tal de preservar nuestra alma. Haznos constructores del Reino, servidores de la Verdad y de la Luz. Amén.
 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 14, 15-24

Texto del evangelio (Lc 14,15-24)

En aquel tiempo, dijo a Jesús uno de los que comían a la mesa: «¡Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios!». Él le respondió: «Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos; a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: ‘Venid, que ya está todo preparado’. Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: ‘He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses’. Y otro dijo: ‘He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me dispenses’. Otro dijo: ‘Me he casado, y por eso no puedo ir’.

»Regresó el siervo y se lo contó a su señor. Entonces, airado el dueño de la casa, dijo a su siervo: ‘Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos’. Dijo el siervo: ‘Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio’. Dijo el señor al siervo: ‘Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa’. Porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena».

Reflexión: Lc 14,15-24

Si hay un texto que nos interpela frontalmente, es este. El Señor nos llama, el Señor nos invita a participar de su banquete, pero nosotros siempre tenemos cosas más importantes que hacer, responsabilidades que atender. Nos excusamos…

¿Qué puede ser más importante para un cristiano que atender la llamada del Señor? ¿Qué queremos? ¿Verlo con su túnica blanca, su pelo y barbas castaños y su mirada penetrante, acercándose a nosotros y entregándonos un pergamino en que indiscutible e incuestionablemente se lee: estás invitado (a) a mi banquete?

Qué sencillo, qué fácil sería así, ¿no? Entonces, nos decimos, no habría cómo negarse. No habría cómo poner en duda su invitación y además tendríamos las garantías suficientes para decir que efectivamente vale la pena oírle, hacerle caso y aceptar su invitación, pues ella vale más que todo lo que estamos protegiendo. Tendríamos la certeza de estar haciendo lo correcto.

En cambio, ahora dudamos. Tenemos tanto que hacer, tanto que proteger, que dudamos que su invitación pueda exigir que pongamos en juego lo que tenemos. El Señor no puede exigirnos que dejemos esto, eso o aquello. Nos decimos: “Estoy seguro que el Señor comprende por qué en esto, ahora, no puedo seguirlo…” “Tengo tanto por qué velar”. “Después, más tarde, en otro momento” “Huy si yo fuera soltero(a)…” “Huy si yo fuera casado (a)…” “Huy si yo tuviera hijos…” “Huy si no tuviera hijos…” “Huy si tuviera papás…” “Huy si no tuviera papás…”

Así, siempre tendremos una buena excusa para no avanzar en el compromiso con el Señor. Queremos que su llamado sea inocuo, que sea una “experiencia religiosa”, algo bonito, privado…sumamente vivificante y refrescante. Algo que podemos vivir y tener incluso todos los días, ahí, en un momento sin tiempo, retirados del mundo, apartados…Un momento mágico, que no tiene nada que ver con la vida real. Queremos que nuestra fe no tenga ni traiga ninguna consecuencia a nuestra vida. Así, cómodamente hemos desterrado la fe al ámbito personal y cada quien la maneja como quiere y puede. Quizás una estampita, una imagen, un crucifijo por ahí…pero por lo demás, todos nos “respetamos” y cada quién a lo suyo. Ni tú te metas conmigo, ni yo me meteré contigo. Es que tenemos que preservar todo esto que tenemos, todo esto que hemos logrado…no podemos ponerlo en juego así nomás. La fe no me da seguridad…

¡Detengámonos aquí! ¡Qué paradoja! Pero es verdad; eso es lo que en el fondo decimos; eso es lo que en el fondo demostramos con nuestra vida. La Fe, no nos da seguridad. La Fe, no es suficiente. La Fe, entonces, es accesoria, es en la práctica prescindible. Todo lo que tengo, entre objetos y seres queridos…todo lo que tengo, todo lo que poseo y quiero, está por encima de la Fe. Nada de esto estoy dispuesto a sacrificarlo, a arriesgarlo por la Fe. Eso es lo que tengo. Eso es lo que soy…

Entonces, Señor…entiendo Tus urgencias, pero Tú también entiende las mías…”déjame enterrar a mis muertos”…”déjame poner a buen recaudo mi hacienda”…”déjame atender primero esto o aquello, entonces iré”…

¿Qué responde el Señor?

“‘Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos’. Dijo el siervo: ‘Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio’. Dijo el señor al siervo: ‘Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa’. Porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena”. 

Oremos:

Señor, realmente más claro no puedes ser. Haz que haga siempre Tú Voluntad,  lo que debo de hacer, sin poner excusas cobardes, sobre todo sin pretender salvar mi vida, porque la habré de perder. Dame la Fe suficiente para seguirte aun cuando las cosas parecen difíciles, oscuras, negras…

Dame mucho amor, para seguirte alegre y esperanzado, irradiando paz, aun en los peores momentos, para contagiar a mis hermanos la alegría y la paz que debemos sentir los que hemos sido invitados por Ti, los que ponemos todo en tus manos.

 

 Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 23, 33.39-43

Texto del evangelio (Lc 23,33.39-43)

 
Cuando los soldados llegaron al lugar llamado Calvario, crucificaron allí a Jesús y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Reflexión: Lc 23,33.39-43

Los tiempos de Dios no son los mismos que los nuestros. Él está por encima, fuera de nuestras categorías. Por eso, el ofrecimiento a este malhechor –que muchas veces distinguimos como el “buen ladrón”-, a aquel que por lo menos en trance de muerte, reconoce sus pecados y se inclina ante la bondad de Jesús, pidiéndole que lo tenga en cuenta en Su Reino.

Poco o nada sabemos de este malhechor, quién fue, qué hizo, de qué se le acusaba. Lo importante es que en este, su último momento, reconoció sus faltas. Es este gesto el que conmueve a Jesús. Ya no había más nada que hacer y en aquél último momento pide que se le tenga en cuenta. Lo que había en su alma, su aflicción y lo profundo de su ruego, no pasaron desapercibidos para el Señor.

Es esta una lección más. No debemos ser soberbios, ni mucho menos dejar que esta soberbia nos ciegue hasta el final. Debemos procurar humildemente reconocer nuestros pecados y si ya no podemos enmendarlos, por lo menos arrepentirnos y pedir perdón al Señor. Ojala esa fuera nuestra actitud cada día; ojala dedicáramos un espacio de tiempo cada día para revisar nuestras vidas, lo que hemos hecho, lo que hemos dejado de hacer y arrepentidos, procuráramos enmendar nuestros errores, aquellos en los que hemos fallado a nuestros hermanos, a nuestro prójimo y a Dios. 

El malhechor sabía que su tiempo estaba llegando a su fin, era obvio. Nosotros no sabemos cuándo será…¿Nos encontrará al lado de Jesús? ¿Tendremos tiempo para arrepentirnos, pedir perdón y encomendarnos a Él? Hagamos de ello una forma de vida y no dejemos de dedicar unos minutos del día a examinar nuestras conciencias y a prepararnos, como si supiéramos que hoy habremos de partir.

Oremos:

Señor, ayúdame a vivir hoy con la actitud de aquél que sabe que hoy podría ser el último día de su vida. Que trabaje incansablemente y no deje nada para mañana…podría ser demasiado tarde. Que ordene mi vida de tal forma, que cumpla con lo más importante primero, dejando todo aquello suntuario, el placer, la gratificación, el descanso, la distracción, el orgullo, la vanidad para otro momento.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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