ago 18 2010

Mateo 20, 1-16

Texto del evangelio (Mt 20, 1-16)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo’. Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo. Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: ‘¿Por qué estáis aquí todo el día parados?’. Dícenle: ‘Es que nadie nos ha contratado’. Díceles: ‘Id también vosotros a la viña’.

»Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: ‘Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros’. Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno. Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, diciendo: ‘Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor’. Pero él contestó a uno de ellos: ‘Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?’. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».

Reflexión: Mt 20, 1-16

Todos estamos invitados a participar en el Reino, aunque es verdad que no a todos se les llama a la misma hora, al mismo tiempo. A cada quien se dirige el Señor en el momento más oportuno, y de la forma más adecuada. Todos los invitados, que hacen caso a las exigencias del Señor, por lo menos a partir del llamado, recibirán la misma recompensa. Es que el amor del Padre es único y lo da a todos por igual.

Del mismo modo en que algo es inmoral o es moral, nuestro proceder debe ser bueno y no más o menos bueno. O estamos con el bien o estamos con el mal. Así, todos los que estamos con el Señor, estamos del mismo lado y no tiene ninguna importancia, si tu estuviste en el Camino antes que los demás. No te ufanes de ser el primero, más bien alégrate porque otros más oyen el llamado, aun cuando sea a la última hora. Todos somos llamados, todos hemos sido invitados…y qué bueno que alguien se de cuenta y acuda a este llamado, aun cuando sea segundos antes de expirar. Tenía que tomar una decisión y lo hizo mientras pudo.

De algún modo nuevamente esta parábola nos recuerda que todos somos hijos del Padre y a todos nos quiere por igual. No importa la hora, ni el tiempo en que acudimos a su llamado. Él tiene puestas sus esperanzas en todos. Para todos es posible alcanzarlo, solo hay que estar dispuestos. Y no debemos enredarnos ni perdernos en los “merecimientos”, que son puras mezquindades propias del demonio, tentaciones que debemos superar. ¡Alégrate porque un hermano más es llamado!

Todos necesitamos comer y respirar. Todos tenemos derecho a la vida, no unos más que otros. Esas distinciones, esas categorías que hemos creado nosotros los humanos, por tentación del demonio que busaca dividirnos a toda costa, son tonterías que el Señor no las acepta. El Padre Eterno, nos quiere a todos por igual y quiere darnos a todos la misma herencia. Por ello no ha escatimado ningún sacrificio. Incluso envió a su propio Hijo, para que muriendo en la cruz nos redimiera de todos nuestros pecados y resucitando nos hiciera merecedores de la Vida Eterna. El es el Puente, el Camino, para todos…no solo para algunos, o para algunos más que para otros…

Finalmente esta lectura nos debe servir para abrigar esperanzas siempre y no dejar de predicar, no dejar de luchar por la verdad, porque al momento menos pensado, aquél corazón duro, aquel “enemigo” se arrepiente y se enmienda; hay que contar con ello.

Oremos:

Pidamos al Señor que aparte de nosotros toda tentación mezquina, todo deseo de ganar algo en exclusiva. Que por el contrario, nos de un corazón generoso, para participar a todos lo que tenemos, para compartirlo y alegrarnos con el que recibe, sin importar cuánto, cómo ni a qué hora. Hagamos el bien, sin mirar a quién. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 14 2010

Mateo 19, 13-15

Texto del evangelio (Mt 19, 13-15)

En aquel tiempo, le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos». Y, después de imponerles las manos, se fue de allí.

Reflexión: Mt 19, 13-15

No puede ser más claro el Señor. Son los humildes, los de corazón sencillo, los puros, aquellos que no tienen intenciones retorcidas, los ingenuos, los que son capaces de asombrarse, los que confían y creen, los que son capaces de amar, los que se conmueven, porque no conocen la hipocresía ni la doblez. Aquellos libros abiertos cuyas páginas están a la espera de un buen escritor, que sea capaz de sacar de ellos lo mejor, para iluminar, para guiar, para asombrar a sus hermanos. Aquellas sonrisas generosas, aquel beso, aquella caricia, que no le importa que traje llevas puesto, ni si te lavaste o no la cara, si hueles, ni cómo apellidas, ni cuántos años tienes o si perteneces a tal o cual clan social.

Un niño es el mejor ejemplo de las virtudes que ha de reunir quien quiera entrar al Reino de los Cielos. Hemos de ser como ellos, vivir como ellos, creer y amar como ellos. Un niño no piensa dos veces para invitarte de lo mismo que él está comiendo y si es preciso se saca de la boca lo que tiene y lo parte en dos o en tres…

Qué distante estamos de aquella actitud, mientras más doctos, más letrados. Qué difícil se hace llevar a la práctica estas palabras, mientras más ricos, más poderosos, más “sabios” y soberbios nos volvemos. ¡Qué pena da, en realidad, ese pobre hombre que dejó de ser niño, para convertirse en adulto, ensamblado, adecuado a un patrón, al que debe corresponder según la época, lugar, clase social en que vive…Aquél adulto esclavo de “la razón”, que no puede permitirse libertad alguna, que debe actuar según un libreto preconcebido, en el que no se admiten improvisaciones ni cambios, bajo pena de pérdida de prestigio, estatus o riqueza. Que no es capaz de ir contra corriente, que nos es capaz de dejar que afloren sus sentimientos, que busca la adulación, la fama y el prestigio, antes que el amor, la justicia y la paz.

Un niño, es una creatura indefensa, que se reconoce como tal y se entrega sin condiciones a quien le ama, sin entrar en definiciones ni disquisiciones. Un niño no tiene prejuicios. Un niño responde generosamente al amor y está dispuesto a creerlo y darlo todo por amor. Un niño no tiene deudas ni acreencias; su padre lo sostiene, depende de él.

Así, como niños debemos ser nosotros frente a nuestro Padre.  Creer, esperar, seguirlo con fe y darlo todo por Él. Como el niño aquél que subido a un estrado o a un mostrador, se lanza confiado a los brazos de sus padre, sabiendo que habrá de sostenerlo.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a ser como niños, a confiar como niños, a creer en ti como niños. A darnos y entregarnos a nuestros hermanos generosamente, sin pedir nada a cambio; solo por ver la sonrisa, la alegría, la felicidad en los demás. Que busquemos aligerar la carga ajena, antes que la nuestra.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 12 2010

Mateo 18, 21 – 19, 1

Texto del evangelio (Mt 18, 21 – 19, 1)

En aquel tiempo, Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: «Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré». Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: «Paga lo que debes». Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: «Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré». Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?». Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Reflexión: Mt 18, 21 – 19, 1

Todo lo queremos para nosotros. Que nos traten bien, que nos tengan consideración, que no nos atropellen. ¿Pero, que hay de lo que damos a los demás? ¿Qué hay de los más débiles, de los más pequeños? ¿Procuramos que reciban trato digno y justo? Es más, llegado el momento ¿damos a nuestros hermanos menores, a los más humildes e indefensos, el trato de Hijos de Dios que merecen?

Lamentablemente muchas veces, arrastrados por la rutina y el sistema, somos nosotros mismos los que propinamos el mal trato. ¡Tenemos que sacudirnos de las cadenas de la rutina, de la indiferencia! ¡Tenemos que dejar de actuar como autómatas, a los que nos domina la costumbre, la práctica inhumana y salvaje! ¡Tenemos que dejar de protegernos a nosotros mismos y pensar un poco más en los demás! ¡No se trata de salvarnos a nosotros, aun cuando con ello hundamos a los demás!

¡Tenemos que ser promotores y dar oportunidad a cuantos nos lo piden y está en nuestras manos atender! Es verdad que las cosas suceden por algo, pero no debemos dejarnos manipular, ni mucho menos arrastrar por la inercia, que así se hacen la mayoría de cosas en este mundo y así se comenten las peores injusticias. Tenemos que saber tomar las riendas y orientar adecuadamente, sino ya los acontecimientos, por lo menos nuestra participación en ellos. No podemos actuar como cualquiera, como lo hubiera hecho cualquier otro…Esa no puede ser nuestra excusa, nuestra justificación…¡Tenemos que actuar cristianamente en toda ocasión! Especialmente cuando se involucra a los más débiles y humildes.

Nuestra paciencia y tolerancia, especialmente con los menores, no puede someterse a las leyes humanas, a la costumbre, a lo que dicen las prácticas profesionales, a lo que establece el sistema. Tenemos que aprender a ir más allá, convencidos que tratamos con seres humanos, con personas que tienen trazada una trayectoria, tal vez distinta a la nuestra, pero a las que el Padre las quiere y espera igual que a nosotros. Por ello, la misma exigencia que aplicamos sobre los demás la hemos de aplicar sobre nosotros. O para decirlo de otro modo, hemos de tratar a los demás con la misma tolerancia y paciencia que reclamamos para nosotros.

Recordemos que con la misma vara que medimos seremos medidos. No se trata de poner cargas insoportables en los hombros de los demás y exigirles sin contemplación, más allá de sus posibilidades. Hemos de aprender a perdonar “hasta setenta veces siete.”

Debemos dar el ejemplo en todo lo que hacemos. No debemos dejarnos arrastrar por los acontecimientos, por la costumbre, por lo normado o por lo que “dicta la buena práctica profesional”. Tenemos que recordar que no somos esclavos de nada ni de nadie; que estamos llamados a ir más allá. Más allá de la justicia, más allá de la costumbre, más allá de lo establecido y comúnmente aceptado. Tenemos que actuar con CARIDAD, que es el amor llevado al extremo.

Oremos:

Padre Santo, perdónanos todas las veces que impulsados por la inercia y la costumbre actuamos como autómatas, haciendo lo prescrito y causando dolor en el corazón ajeno. Perdona nuestra soberbia e indolencia. Danos sensibilidad y valor para actuar correctamente, aun cuando ello nos traiga inestabilidad y enemistad. Es Tú amor, que es el amor a los demás, el que hemos de preservar y difundir por sobre todas las cosas. Perdona nuestros errores y no permitas que a quienes tratamos mal se pierdan por este motivo. Ayúdanos a reparar las faltas allí donde se pueda. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 05 2010

Mateo 16, 13-23

Texto del evangelio (Mt 16, 13-23)

En aquellos días, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo.

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!». Pero Él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!».

Reflexión: Mt 16, 13-23

¿Quién es para nosotros Jesús? Esa ha de ser la pregunta que debemos procurar responder hoy. Y no es desde la razón que debemos responder, sino desde la Fe. Claro está, que la razón puede ayudar a quien así lo dispone, a no ser necio, a no negar tercamente algo de lo que ya ha tenido evidencia, a recordar aquellas manifestaciones de la Gracia, aquellas evidencias recibidas, como en este caso lo hace Pedro…La gente puede decir lo que quiera, pero para Pedro que andaba con el Señor, que había presenciado tantos prodigios y que había oído Su palabra, no había duda…

Pues para nosotros que caminamos en su compañía e iluminados por su presencia, tampoco debía haber duda. El Señor se revela a los que le aman, a los que le oyen, a los que deciden seguirlo. La firmeza, la constancia, la perseverancia, son Gracias que debemos pedir, de modo tal que recibida la Verdad, no se diluya en nuestra memoria y luego, interrogada por la razón o exigida por a realidad, prefiera ser negada y se esconda cobardemente tras la duda, que resulta así la mejor aliada de la oscuridad, del egoísmo, del Príncipe de las tinieblas.

En esta respuesta que da Jesús a Pedro, la Iglesia ha visto siempre el origen del mandato de Pedro y de sus sucesores, los Papas. Es algo que no discutiremos. Sin embargo ello no debe impedirnos reflexionar en lo que nos dice a cada uno de nosotros. Hemos de poner la fe en primer lugar…una fe que además ha sido refrendada en nuestra propia historia personal, porque son innumerables las veces que por Gracia de Dios hemos tenido evidencias de su participación en nuestra vida cotidiana, una fe que, entonces, proviene de hechos irrefutables de los que nuestra memoria y nuestra razón guardan evidencia. ¿Cómo negarla?

Si sostenemos con firmeza nuestra fe y aun la acrecentamos, de allí vendrá el poder que señala Cristo de atar y desatar en la tierra y en los cielos. Y es que quien tiene fe, ama a Dios y quien le ama, hace Su Voluntad; y a quien hace Su Voluntad, se le allanan los caminos en la tierra, pues está haciendo lo que ha sido dispuesto por Dios en los cielos. De esta forma podemos ver en el cielo lo que ocurre en la tierra y viceversa, como si fuera un espejo.

Pero todo este descubrimiento realizado por Pedro y ahora realizado por nosotros, no aparta a Jesús del sacrificio de la cruz, que será necesario como la mayor muestra de amor…Lo que quiere decir que a nosotros tampoco nos ha de eximir de estar dispuestos a amar al extremo. Esa ha de ser la respuesta de la fe en nuestras vidas y cualquier duda, o retroceso en esta línea será una concesión al demonio, que no debemos permitir. Tenemos una misión que cumplir…Así que, como Cristo debemos decir a toda tentación que pretenda alejarnos del Camino: ¡Quítate de mi vista, Satanás!

Oremos:

Padre Santos, denos fuerza de voluntad y perseverancia para seguir a Jesús, aun a  través de las dificultades, confiando en que finalmente habremos de salir triunfantes, si hacemos lo que has dispuesto, lo que nos has mandado: amarte a Ti, por sobre todas las cosas y a nuestros hermanos como a nosotros mismos.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 28 2010

Mateo 13, 44-46

Texto del evangelio (Mt 13, 44-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.

»También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra».

Reflexión: Mt 13, 44-46

Muchas veces estamos buscando tesoros y riquezas; queremos sacarnos la lotería o tropezarnos con un golpe de suerte tal, que nos permita resolver todas nuestras demandas y necesidades económicas. Andamos por la vida deseando aquello que tienen los demás, aquello de lo que se ufanan, aquello de lo que hacen gala, aquello que ostentan. ¡Cómo quisiera tener esa casa! ¡Cómo me gustaría tener semejante carro! ¡Qué haría si tuviera la mitad que aquél! ¿Por qué él y no yo? ¿Por qué mi situación económica parece tan frágil? Un pequeño descuido y me quedo en la calle…Si, hay más pobres que yo, pero no es que a mi me sobre; tengo con las justas cubiertas mis necesidades básicas, las más elementales, pero no me puedo dar los gustos que aquél…tengo que pensarlo dos veces para salir, para comprar este o aquel pequeño “adefesio” que me gustó…¿Por qué?

Esas son las preguntas que nos hacemos a diario y que muchas veces nos llevan a concentrarnos en reflexiones, que incluso algunas se convierten en actividades encaminadas a lograr mejores ingresos. Dejamos puestos, dejamos actividades, dejamos trabajos, familias, patria, hogar y cuantos compromisos teníamos, por algo más rentable. Los cambiamos por otros que parecen prometer, que al menos mantienen viva la esperanza de que tal vez en esta ocasión nos permitan surgir, sobre salir, resaltar…

Nos la jugamos entusiasmados por un tiempo. Claro, nos decimos, esto es mejor que lo anterior. Sin embargo después de algunas semanas, meses o quizás años, nos parece que no es tan distinto. Que seguimos bregando por lo mismo. Que no se ha resuelto del todo el tema de nuestra necesidad; de aquella abundancia que buscábamos, de aquella seguridad, de aquella estabilidad económica. Hasta el cambio se nos ocurre poco justificado. Ponemos en una balanza lo perdido, lo dejado y hasta es probable que no nos sintamos contentos; que pensemos que no valió la pena. ¿Por qué, para qué tanto sacrificio?

¿Es esta una fatalidad? ¿Un destino cruel e inexorable? Es decir, ¿no hay forma de librarse de estas inquietudes? ¿De estas ansiedades y angustias? Se nos antoja sin embargo, que estas son menos para el que tiene más. ¿O no es así? El que no tiene, debe salir a buscar el sustento de hoy; no tiene alternativa y no puede ponerse a reflexionar al respecto. Esa ha de ser la actitud del que no tiene nada; nada más que lo que lleva puesto. Entonces no hay tiempo para filosofar. Hay que responder de la mejor manera al reto de vivir o sobre vivir cada día. Hay que aprender a dar lo mejor, a buscar el mejor precio, la mejor cotización y a defenderse de los abusos, de los que quieren obtener un provecho desmedido de nosotros, de nuestro aporte, de nuestra participación.

Esas son más o menos las reglas. El que tiene acumulado, se puede dar un respiro y puede mirar por encima, con otra perspectiva lo que le conviene. Hacer lo menos riesgoso y obtener el mayor provecho, guardando el excedente e incrementándolo hasta donde le sea posible.

El problema surge cuando se quiere lograr este incremento a cualquier costo, a cualquier precio, sin ningún escrúpulo, sin ningún reparo, sin importarme los demás; sin importarme el daño que ello pueda causar a otros; sin respetar la justicia, la verdad, la vida…Es decir, hay límites, hay reglas.

¿Qué debe estar primero? Esa es la respuesta que nos ayuda a dar el Señor en esta lectura. Hay algo que debe estar por encima de todas nuestras aflicciones, por encima de todos nuestros propósitos, por encima de todos nuestros objetivos y nuestras búsquedas. Algo sobre lo que no podemos tranzar, que debe servirnos para medir la corrección de nuestro proceder y de nuestros actos; algo que debe marcar un límite, una tendencia, una orientación. Todo estará bien, siempre y cuando no se afecte aquello.

Aquello es lo que debe constituir nuestra mayor aspiración, nuestra mayor riqueza y nada ni nadie debe ponerlo en juego. No hay aspiración más grande. Si todos finalmente hemos de morir, con mayor o menor riqueza, con mayor o menor fortuna, con necesidades más o menos satisfechas, la vida de cualquiera habrá tenido sentido si encontramos  y conservamos aquel campo, aquella perla, aquel tesoro del que nos habla Jesús: el Reino de los Cielos.

No nos dejemos, pues, arrastrar por las tentaciones. Mantengámonos firmes, con la mirada puesta en la meta, en el norte. ¡Allá vamos!

Oremos:

Padre Santo, no permitas que se distraiga mi mente y mi corazón deseando, anhelando aquello que es suntuario y pasajero y que con relación al fin último de mi vida, es secundario. Que de prioridad a aquello que realmente importa, como es la esperanza, la paz, el amor de mis hermanos. Que no me preocupe tanto por acumular, por tener, como por dar. Si algo he de incrementar y acumular, que sea mi fe.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 27 2010

Mateo 13, 36-43

Texto del evangelio (Mt 13, 36-43)

En aquel tiempo, Jesús despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo». Él respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles.

»De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

Reflexión: Mt 13, 36-43

No hay mal que dure 100 años, ni cuerpo que lo resista…Tarde o temprano la Justicia llega, la Verdad termina por imponerse. Esa me parece que es una de las lecciones de este pasaje. A veces, ciertamente pasamos por etapas de desolación, donde la soledad parece primar, donde todos parecen darnos las espaldas, sobre todo aquellos que tiene el poder y el prestigio social o económico. Mantenerse firme en esos momentos parece imposible, sin embargo no lo es para el que tiene fe, para el que cree en Dios, sigue la Luz y mantiene la Verdad a toda costa.

Es difícil mantenerse en línea cuando la cizaña parece rodearnos y hasta ahogarnos, porque no solo nos quita oxígeno, sino que trata de robarnos el agua y la luz que son el alimento indispensable para el crecimiento y sustento diario…Es difícil, pero no imposible. Nosotros, los que hemos recibido la semilla, tenemos la obligación de dar frutos: 100, 50, 30. ¡Debemos esforzarnos por ellos! ¡Esa es nuestra misión! ¡Esa nuestra tarea!

Claro que es mucho más fácil navegar con la corriente, con el viento a favor. Sin embargo, no siempre se dan las mejores condiciones para conducirnos al puerto; no por ello debemos desistir de navegar hacia él. No da lo mismo…Tenemos una sola meta y hacia ella debemos marchar y conducir a todos los que vienen con nosotros. Hay momentos en los que tenemos que luchar con aquellos que pretenden arrebatarnos el timón y dirigirnos por mares menos tormentosos. Otras veces nos sentimos tan augustos que no quisiéramos levar anclas…Sin embargo, hemos de recordar que tenemos una misión, una tarea y esta no es quedarnos en puerto y mucho menos en tierra. No podemos conformarnos. El éxito de nuestra misión consiste en que sepamos conducir nuestro barco y con él a todos los que nos acompañan, al puerto más luminoso, al puerto de La Luz, la Verdad y la Vida. Somos responsables por los que nos rodean, por todos los que se han subido al bote con nosotros. No podemos defraudarlos…Y para ello contamos con el mejor sextante, con el mejor equipo, con el mejor consejero. Aquél que ha hecho antes esta misma ruta para enseñarnos que se puede. Este es Jesús.

Jesús nos enseña que hemos de enfilar nuestra nave al destino señalado, sin ningún temor, sabiendo que Dios lo quiere así y que por lo tanto tenemos al mejor aliado, que sabrá actuar oportunamente. Si mantenemos con firmeza el timón, aun en los peores momentos, el nos garantiza que arribaremos al puerto señalado, en el que nos espera nuestro Padre, con un sitio especialmente reservado para nosotros, en una fiesta sin fin, para la que todo está preparado y lo único que falta es que llegues tú.

Esa es la invitación. Este el llamado. ¿Subes a la nave que habrá de conducirnos al Paraíso, a la Vida Eterna? ¿O prefieres mantenerte en tierra, con todo lo que tienes, sin arriesgar nada, dedicado, tal vez, a los placeres que te puede proporcionar la fortuna en la que, sin importar sus orígenes, has puesto toda tu confianza? Estamos ante la famosa línea de “los Trece de la Isla del Gallo”. Hay que tomar decisiones. El estatus quo no es una opción que se pueda sostener por mucho tiempo, así que debes decidir: blanco o negro; día o noche; luz u oscuridad; norte o sur; el Príncipe de las tinieblas o el Rey de la creación.

Oremos:

Señor Jesús, ilumíname para tomar las mejores decisiones en mi vida cada día. Que no me conforme con obtener solo mi comodidad y bienestar. Líbrame del egoísmo, del orgullo y la soberbia. Dame fuerzas y energías para velar por los demás; para ocuparme de mis hermanos, de los que más sufren y padecen, de los que menos tienen, de los menos favorecidos, de los débiles. Dame los ojos y el corazón para ver a mi alrededor y no pasar indiferente ante el dolor, la necesidad, la soledad. Hazme portador de tu paz. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 26 2010

Mateo 13, 31-35

Texto del evangelio (Mt 13, 31-35)

En aquel tiempo, Jesús propuso todavía otra parábola a la gente: «El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas».

Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo». Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: ‘Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo’.

Reflexión: Mt 13, 31-35

El fermento y la semilla, dos figuras escogidas por el Señor para anunciar el Reino. Un Reino que está vivo, que por su naturaleza está en desarrollo, se está expandiendo. Es así, o no es. Felizmente sabemos por su boca que sí es, que existe, que está. ¿Dónde, se preguntarán algunos? Allí donde está cualquiera de los hijos del Padre, allí donde estamos cualquiera de nosotros…Porque el Reino está en nosotros.

Crece, se expande, lo contagia todo. Abarca por completo el ser, la humanidad, el universo. Esto es lo que nos revela Jesús mediante parábolas, tal como fue escrito en el Antiguo Testamento. Estamos frente a hechos, a realidades concretas, palpables, comprobables. Tan cierto es que se profetizó el modo de hablarnos del Señor (en parábolas), como que el Reino está aquí y crece, sembrado como la semilla más pequeña, como el fermento en la harina.

Se trata de una Buena Noticia, porque esta ha sido la Voluntad del Padre y no hay nadie que la detenga o le haga suficiente oposición como para cambiarla, para torcerla, para derogarla. Nuestro Padre así lo ha querido. Es en cumplimiento de Su Voluntad que viene Jesús a revelarnos el misterio del Reino. Es en cumplimiento de Su Voluntad que nos da a conocer al Padre, porque “en eso consiste la Vida Eterna”, en que conozcamos a aquel que lo ha enviado.

¿Qué nos pide el Padre?  Que decidamos por Él, que optemos por Él, que es lo mejor, que es lo que más nos conviene siempre, en cada ocasión, en cada momento de nuestras vidas. ¿Cómo sabremos si hacemos lo correcto? Si en nuestras obras manifestamos el amor a Dios Padre por sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, podemos estar seguros que estamos haciendo lo correcto, lo que Él nos pide, lo que espera de nosotros…Entonces estaremos contribuyendo al crecimiento del Reino, a su expansión.

Nos habremos convertido en Sus instrumentos. De eso trata la Fe. Hemos sido creados libres y siendo libres, decidimos servir. “Libres para servir”. Esta es la actitud, la condición, la forma en que debemos tomar la vida, entonces, como vasos comunicantes, dejaremos que le Reino fluya por nosotros. Entonces alcanzaremos a entender que es dando que se recibe, que es muriendo que se nace a la Vida Eterna, porque el que quiera salvar su vida la perderá, en cambio el que la pierda por el Reino, el que la de por uno de los más pequeños, ese la ganará para siempre.

Oremos:

Padre Santo, te pedimos que derrames tu luz abundante sobre nosotros, para que brille esta en nuestros corazones con tal fuerza que nos sea imposible dejar de transmitirla, dejar de contagiarla. Cámbianos, haznos a tu modo. Queremos servirte fielmente cada segundo de nuestras vidas. Haznos dóciles a Tu Espíritu. Que como luciérnagas vayamos iluminando el mundo entero. No permitas que nos estanquemos, que nos quedemos, que nos reservemos, que es solo dando que recibiremos y alcanzaremos la Vida Eterna. Haznos constructores de Tú Reino. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 24 2010

Mateo 13, 24-30

Texto del evangelio (Mt 13, 24-30)

En aquel tiempo, Jesús propuso a las gentes otra parábola, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: ‘Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?’. Él les contestó: ‘Algún enemigo ha hecho esto’. Dícenle los siervos: ‘¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?’. Díceles: ‘No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero’».

Reflexión: Mt 13, 24-30

Tarde o temprano llegará el tiempo de la ciega, entonces no habrá forma de aparentar, ni de mimetizarse, ni de pasar desapercibido. El bien y el mal pueden crecer juntos, robándole oxígeno el segundo al primero, distrayendo, engañando, estorbando…pero esa historia tendrá fin, cuando el cegador venga a separar la mala hierba del trigo. ¡Ese tiempo llegará! No se trata de una amenaza, ni de una advertencia. Se trata de un anuncio que debía persuadirnos de procurar siempre el bien, lo mejor, la Verdad, la Luz, la Justicia, el Amor.

Podemos engañar a muchos, a los que nos rodean y aun incluso a nosotros mismos, pero a Dios no lograremos engañarlo. El nos pide, nos exige definiciones en la vida. Es tolerante y perdona el error, pero no tonto. No podemos pretender vivir engañándolo siempre, porque la verdad es que ni por un segundo se traga nuestras mentiras e hipocresías. Él sabe nuestras intenciones más recónditas, aun mucho antes que las formulemos, así que no seamos necios. A Él no podemos engañarle.

¿Qué nos pide? Que creamos en Él y por lo tanto que vivamos rectamente. ¿En qué consiste vivir rectamente? Todos los sabemos, así que no nos hagamos los ingenuos. En hacer lo correcto en cada ocasión…Pero para decirlo en sus palabras que abarcan todos los aspectos e impiden incurrir en error, “en amar a Dios por sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos”. En eso se resume la ley y los profetas.

¿Dónde está lo difícil de entender? No existe…no hay. Lo que pasa es que es difícil de vivir, sobre todo cuando tenemos tanto que acumular, tanto que proteger. Por eso es que resulta tan difícil que un rico entre en el Reino de los Cielos, que antes pasará un camello por el hueco de una aguja…No es una maldición, ni una premonición, ni una profecía. Es solamente el conocimiento de la naturaleza humana, que fácilmente se entrega a la tentación del poder, de la riqueza, del querer ser como dioses, que es el engaño del Maligno, del Príncipe de la tinieblas.

Nos cuesta dejar lo que tenemos. Nos aferramos a ello, como si de ello dependiera nuestra vida y felicidad y nos olvidamos de lo más importante. Nos engañamos, engañamos a los demás y pretendemos engañar a Dios. “Una sola cosa es importante. María la ha escogido y no se le quitará” El que tenga oídos, que oiga.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a vivir en la Verdad. A ser generosos con TODO lo que tenemos, especialmente con nuestra propia vida. Que no la guardemos mezquinamente para nosotros; que no nos protejamos ni dejemos de defender la Verdad y la Justicia, aun a costa de nuestro bienestar y de nuestras propias vidas. Danos valor para pasar de la vana repetición de palabras huecas y sin sentido, a la acción, a la obra. Haznos constructores de Tú Reino. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jul 08 2010

Mateo 10, 7-15

Texto del evangelio (Mt 10, 7-15)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. No os procuréis oro, ni plata, ni calderilla en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento. En la ciudad o pueblo en que entréis, informaos de quién hay en él digno, y quedaos allí hasta que salgáis. Al entrar en la casa, saludadla. Si la casa es digna, llegue a ella vuestra paz; mas si no es digna, vuestra paz se vuelva a vosotros. Y si no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, salid de la casa o de la ciudad aquella sacudiendo el polvo de vuestros pies. Yo os aseguro: el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad».

Reflexión: Mt 10, 7-15

Las lecturas del evangelio estos días insisten en el papel misionero que debemos jugar todos los cristianos. No puede haber cristiano que no asuma la tarea de evangelizar. Eso es algo que debemos dar por sentado. El mundo necesita ser evangelizado, cristianizado; no podemos ser indiferentes ante esta tarea. Tenemos que involucrarnos y ser parte de ella. La misión es parte consustancial del ser cristiano. O para decirlo de otro modo, no hay cristiano sin misión.

El cristianismo es como un virus, que debe ser transmitido, contagiado. No se trata de una experiencia “muy personal”, que “llevo a mi modo” y que no trato de difundir porque “soy muy respetuoso de las creencias personales de cada quien”. No. Esta argumentación individualista, propia del siglo XXI quiere hacernos consentir que la fe es algo muy intimo y personal, que está ubicada en el ámbito personal y que por lo tanto cada quien tiene el derecho a ejercer o expresar a su modo. Así, cada quien “mata sus pulgas a su modo” y todos nos liberamos de responsabilidad.

Nada más adecuado para el Príncipe de la tinieblas, para el enemigo de Cristo, de la Luz y la Verdad, que dejar lo concerniente a la fe, al ámbito individual, personal y subjetivo, en el que nadie tiene que ver y por el que nadie debe pedir razones, como si estuviera bien que cada quien decida lo que le venga en gana. Es decir librado al relativismo moral.  Así, lo que está bien, lo que te conviene, depende de ti…depende de cada uno. Para alguno ha de ser esto, para otro, aquello. Es decir que lo Bueno, lo Justo, la Verdad queda librada al juicio individual, al juicio de cada quien…Esto parece lo correcto, sin embargo se trata de una argumentación falsa una celada tendida por el demonio para fomentar el individualismo, el relativismo y el egoísmo. Cada quien vela por sí mismo y responde por sí y a nadie le interesa nada más que su propio pellejo. Como si la Felicidad y la Vida Eterna se pudieran alcanzar sin que influya para nada, sin que tenga que ver para nada nuestra relación con los demás, lo que es TOTALMENTE FALSO.

Los evangelios de estos días nos lo recuerdan a cada paso. Tenemos una misión que se cumple en el mundo, en nuestra relación con los demás. Que no puede ser ejercida en la soledad de la montaña o en una isla, real o ficticia, en la que sólo importe yo. Y es importante notar que la misión no se ejerce con proclamas, con discursos, con citas memorizadas, dadas a conocer en plazas públicas…La misión se ejerce con hechos, con obras: “Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios.”

Se trata de transformar el mundo por el ejemplo y por la fe. No es lo que diga, sino lo que hago, lo que ha de arrastrar. No es a mí, sino a Jesús y al Padre al que habrán de descubrir quienes nos sigan, quienes busquen explicación de nuestro proceder. Hemos de ser sumamente delicados y cuidadosos con eso. Jesús, a través nuestro, llama y convoca a todos, a vivir en paz, en armonía, en el amor. Es de esto que debemos dar testimonio. En esto consiste nuestra misión. A esto nos manda Jesús al mundo; esta es la tarea que se nos encomienda. “Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca.”

Oremos:

Padre Santo, haznos dignos de la Misión encomendada. Permite purificar nuestros espíritus, nuestros corazones, para poner cada cosa en su lugar, empezando por la razón que estamos en este mundo, que no es otra que cumplir con Tu Voluntad. Que entendamos que ello no es ajeno a la vida, sino todo lo contrario, que ello da sentido a nuestras vidas. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 07 2010

Mateo 10, 1-7

Texto del evangelio (Mt 10, 1-7)

En aquel tiempo, llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó. A éstos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca».

Reflexión: Mt 10, 1-7

Jesús nos escoge y llama a cada uno de nosotros por nuestro nombre y nos envía a evangelizar a “las ovejas perdidas de Israel”. No se trata pues de escoger lo fácil,  de procurar mantenerse aséptico y solo juntarse con los que obran y piensan como uno. Se trata de anunciar el Reino a todos, procurando que cambien de vida, sembrando luz, verdad y vida.

El Señor nos da todo el poder, para trabajar allí donde realmente somos necesarios, donde las condiciones son difíciles e incluso adversas. Para eso somos envestidos; para eso hemos de procurar configurarnos con Él. El Reino tiene que ser proclamado a todos, pero especialmente entre quines no lo conocen, entre quienes lo rechazan, entre los que no lo aceptan…entre las ovejas perdidas.

Esa es nuestra Misión. En este sentido, todos somos misioneros. Nadie puede renunciar a anunciar el Reino. Y el anuncio no se hace tan sólo de palabra, sino de obra, con la vida misma. Es tu ejemplo el que debe arrastrar y convencer. No es tanto lo que dices, como lo que haces. “Brille pues así nuestra luz”. Los grandes discursos, llenos de palabras grandilocuentes, no son necesarios…es más, pueden llegar a ser inútiles. De lo que se trata de de mostrar el Camino, con el ejemplo. ¡Eh ahí!

 

Oremos:

Señor Jesús, ayúdanos a caminar siempre en la luz…que no nos dejemos tentar, ni desviar. Que no trancemos con el mal; que no seamos extremadamente tolerantes y laxos, al extremo de no poder distinguir entre lo que está bien y lo que está mal. Que seamos conscientes que son nuestros actos los que iluminan o llevan a las tinieblas. Que actuemos con responsabilidad, meditando y reflexionando, pero también confiando en Ti. Danos Fe y valor para seguirte. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 26 2010

Mateo 8, 5-17

Texto del evangelio (Mt 5, 8-17)

 
En aquel tiempo, al entrar en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos». Dícele Jesús: «Yo iré a curarle». Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace». Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes». Y dijo Jesús al centurión: «Anda; que te suceda como has creído». Y en aquella hora sanó el criado.

Al llegar Jesús a casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. Le tocó la mano y la fiebre la dejó; y se levantó y se puso a servirle. Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados; Él expulsó a los espíritus con una palabra, y curó a todos los enfermos, para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: «Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades».

Reflexión: Mt 5, 8-17

Es la fe la que nos distingue unos de otros. La fe se refleja en nuestra forma de vida, en lo que hacemos. La fe no es una palabra, ni solamente una confesión. Quienes nos conocen, quienes nos ven, quienes siguen nuestro proceder, son testigos de nuestra fe. Si es poco lo que pueden decir al respecto, será porque no damos testimonio de ella.

Sin embargo, cuántos de nosotros hemos nacido en hogares católicos, cuantos hemos sido “educados en la fe”, hemos recibido una catequesis en el colegio, hemos hecho nuestra primera comunión, hemos sido confirmados, etc., pero nada de esto ha cambiado nuestras vidas o no lo hemos sabido apreciar, como si se tratara solamente de un barniz, de una etiqueta, que no significa nada en nuestras vidas o importa muy poco, al extremo que a la primera, hemos estado dispuestos a criticar y reprochar a todo el mundo, como si la Iglesia no fuera nuestra, como si nosotros mismos no fuéramos la Iglesia y la hemos abandonado.

Qué poco aprecio exhibimos por la fe heredada. Miles de “católicos” engrosan cada día las filas de las sextas y otras confesiones. ¿Por qué? Podemos tratar de buscar responsables en todas partes: la falta de cantos, los sermones aburridos, la falta de calor humano, la indiferencia, tradiciones descarnadas, curas y monjas anticuados, clero rico, curas pedófilos, mentiras, escándalos…Todos ocasionados por terceros, por ellos, por los otros. ¿Y, tú, qué haces?

Ese creo que es el principal problema. El no sentirnos identificados, el no habernos apropiado de la fe y haberla hecho vida. Por eso el Señor nos dice hoy: “Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

Todo lo que hemos recibido ha caído en tierra eriaza, no ha prendido. Así, somos portadores de una fe muerta, una fe que no se expresa en nuestras vidas, que no determina nuestra forma de actuar, que es tan solo un mero elemento decorativo que nos ponemos y quitamos según la ocasión, según nuestro interés. “Esta sal” insípida, completamente desvirtuada es la que entregamos a nuestros hijos, a nuestros hermanos. Estos la reciben como un pegote, un lastre del que se desprenden a la primera y con ella, de todo un sistema de vida, de principios fundamentales que no llegaron jamás a cristalizar en sus vida…¿De quién es esta responsabilidad? ¿Del Papa, de los curas, de las monjas, o tuya? ¿Qué has hecho tú por tú fe? ¿Le dedicaste un tiempo para profundizarla, para conocerla, para cuestionarte seriamente? Tu haz recibido un patrimonio invalorable, incalculable…¿Lo supiste apreciar o simplemente lo desechaste porque no tiene muy buena cotización en la bolsa, porque todos los demás lo hacen, porque a nadie se le ocurre ahora examinar “esas tonterías”?

Sin embargo, hay gente, como este oficial romano, que nos dan lecciones de fe, sin haber tenido las mismas oportunidades que nosotros. Esa es su grandeza y nuestra desgracia.

Oremos:

Pidamos al Señor, que fortalezca nuestra fe, que nos haga conscientes de ella, que sepamos acrecentarla y compartirla. Que asumamos y afrontemos nuestra responsabilidad evangelizadora. Que seamos capaces de predicar con el ejemplo. Que depongamos nuestra soberbia y egoísmo y que sepamos brindarnos a los demás, atendiendo sus necesidades y dándoles esperanza. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 10 2010

Mateo 5, 20-26

Texto del evangelio (Mt 5, 20-26)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

»Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal’. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego.

Reflexión: Mt 5, 20-26

El seguimiento del Señor es exigente. Nos impide conformarnos con aquello que todos aceptan, con aquello que posiblemente nuestros líderes y autoridades se conforman. No se trata de alcanzar una justicia aparente o aceptable a los ojos de la ley y de los hombres. Se trata de alcanzar la verdadera justicia, aquella que fluye de la mano de Dios.

Los cristianos no podemos ser indiferentes y encogernos de hombros cuando vemos que se abusa o atropella a los más débiles, solo por eso, es decir porque son débiles y no tienen quien haga escuchar sus voces. El verdadero cristiano tiene que pararse firme y denunciar con valor el atropello y la injusticia. No puede abandonar a su hermano a su suerte, confiando en la justicia de los hombres, a sabiendas que no funciona y la mayoría de veces es injusta, torcida, vendida, sobornada. No puede abandonarlo sin hacerse cómplice, partícipe del atropello y la injusticia.

El verdadero cristiano no es zalamero, no habla ni declara tanto, en vez de ello prefiere actuar, sabiendo que no siempre su proceder será el más popular, el más atractivo, pero sin embargo siempre será el correcto, porque ha sido obra de la meditación, de la oración y la inspiración divina. El verdadero cristiano acepta el reto y se compromete, convencido que en última instancia es a Jesús a quien sigue, es Su Voluntad la que procura, es Su Bendición la que busca.

El Buen cristiano tiene encima el reto de buscar la reconciliación y la paz, aun entre aquellos que no le comprendieron, que fueron injustos, que le traicionaron y ofendieron; aun con aquellos que lo entregaron. ¿Díganme si no es exigente el rol del cristiano en este mundo? Así mismo fue para Jesús, que tuvo que morir por nosotros en la cruz, en medio de la soledad y la incomprensión de los que le rodeaban, incluso de los suyos. No es fácil el camino que nos ha mostrado y sin embargo es el único que conduce a la salvación. Y en esto no hay matices intermedios. O recogemos o desparramamos; o estamos con Él o estamos contra Él; o estamos con la Luz o preferimos la oscuridad; o defendemos la Verdad y la Justicia o estamos contra ella…

Y, el juicio está en que vino la Luz y los hombres prefirieron la oscuridad…Así que no seamos necios…¡Basta de culpar a Dios! Somos nosotros los que decidimos salvarnos o condenarnos. Oportunidades de escoger, de elegir y decidir en la vida tenemos muchas: de nosotros depende.

Oremos:

Señor guíanos y condúcenos a la Verdad; danos el valor para seguirte siempre, para no flaquear mi dudar de hacer lo correcto siempre. No hay mejor tiempo, hora ni lugar para hacer el bien; debemos hacerlo siempre. Aparta de nosotros el cálculo frio y mezquino que solo nos conduce a preservarnos, a cuidarnos y a mantenernos indiferentes frente al atropello e injusticia que sufren nuestros hermanos. ¡Líbranos de la indiferencia y la cobardía! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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