Posts tagged: Reino de los Cielos

Mateo 5, 17-19

Texto del evangelio (Mt 5, 17-19)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».

Reflexión: Mt 5, 17-19

Algo que podemos constatar muy rápido tras estas palabras. Cristo no corrige el Antiguo Testamento, no lo modifica, sino que lo profundiza. No es que queda abolido, sino que se cumple. Él es el Salvador, el Mesías del que se habla a lo largo de muchas profecías. El esperado, el anunciado, ya está aquí. En un sentido, diríamos que se ha cumplido el ciclo. Por eso la división entre Antiguo y Nuevo Testamento.

La Antigua Alianza es a de la esperanza, la de la promesa. Dios Padre sabrá acordarse de nosotros y nos salvará. Los creyentes,  hemos de vivir de un modo que se condiga con los Mandamientos de la Ley de Dios. Esto es lo menos que se espera de un creyente antes de Cristo.

Con Cristo y a partir de Cristo, centro de la historia, se da cumplimiento al Antiguo Testamento, porque la promesa ha llegado, está aquí y nos ha Salvado. Con Cristo comienza otra historia, que es continuación de la primera; que se hace sobre la primera. Es en este sentido que, como dice Jesús, “No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.”

El Nuevo Testamento es, diríamos, el penúltimo paso en la historia de la Salvación. Penúltimo, porque el último nos toca a nosotros.  Jesús ha restaurado la Alianza que por su soberbia había roto el hombre con Dios Padre. Jesús, con su vida, con su muerte en la cruz y con su resurrección, es decir con su sangre, ha sellado la alianza. Nos ha enseñado un Mandamiento que está en el fondo, por encima y más allá de los Mandamientos de la Ley de Dios: el del Amor. Esa es la nueva era que ha venido a inaugurar. Esa es la esencia del Nuevo Testamento.

No es pues, entonces, que ya los 10 Mandamientos han sido abolidos, sino todo lo contrario. La exigencia del Amor va más allá que cualquier ley. El amar a Dios por sobre todas la cosas y a nuestros hermanos como a nosotros mismos,  es el resumen de todas las leyes. No se puede cumplir esta ley, si cumplir las otras… Jesús nos enseña esta ley, con su vida misma, ganando para nosotros la vida eterna. El puente ha sido restaurado; el camino está trazado. El último paso debemos escribirlo nosotros, con nuestra vida. Aceptamos la propuesta de Jesús y transitamos por el Camino, o simplemente lo rechazamos y nos perdemos.

Dios Padre ha cumplido su promesa. Ha enviado a su Hijo, al Salvador. No habrá más señal. La tomamos o la dejamos.  Aunque lo aconsejable, obviamente es tomarla, somos libres de decidir, así que podemos hacer lo que queramos.  Recordando que “el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos”.

Oremos:

Padre Santo, danos fe abundante para vivir según Jesús, amando a nuestros hermanos, sin importar la circunstancia, ni mucho menos el trato que nos dan.  Que amemos por sobre todo y al extremo que Jesús. Fortalece nuestro espíritu, para que sepamos afrontar  los embates del enemigo, que en cada esquina y recoveco está tentándonos con lo fácil, lo insensible, lo egoísta, como si todo se redujera a nuestra propia y exclusiva satisfacción temporal… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Mateo 18, 21-35

Texto del evangelio (Mt 18, 21-35)

 
En aquel tiempo, Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

»Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Reflexión: Mt 18, 21-35

Qué rápidos somos para pedir privilegios y ventajas para nosotros mismos. Queremos ser los primeros en la cola, que nos pongan en los primeros lugares, en los que se oye mejor, se ve mejor. Al momento del reparto, queremos ser los primeros, a los que les toque la mejor parte, la más grande, la más sabrosa, la mejor ubicada. Si se trata de pagar, que se nos indulte, que se nos perdone, que se nos rebaje…Pero cuando se trata de cobrar, que sea hasta el último centavo, que sea con creces. “Me las pagará”, decimos…

Pedimos misericordia a Dios, un trato benevolente. Pero no somos capaces de prodigarlo. Somos más proclives y estamos más dispuestos a poner cargas en las espaldas de nuestro prójimo, que nosotros no soportaríamos ni llevaríamos por un instante. Claro, siempre encontramos una excusa para nuestra exigencia con los demás y para la tolerancia con nosotros mismos.

No nos medimos con la misma vara que medimos a nuestros hermanos. Aquí el Señor nos recuerda que debemos ser tan tolerantes y contemplativos con los demás, y sobre todo, tan compasivos, como quisiéramos que fueran con nosotros.  Estamos nuevamente ante una lección de amor…Ama y serás amado. Da y recibirás…Solo recuerda que el primer paso debe ser tuyo, debes darlo tú; no debes esperar que el otro comience, que el otro lo haga, que el otro se allane. Hazlo tú, por amor, por Dios…Hazlo, sin esperar nada a cambio, y obtendrás la recompensa más grande, a la que puede aspirar ser humano alguno: la Vida Eterna, un lugar en el Paraíso, un asiento en la Mesa del Señor.

No lleves cuentas, como el Señor tampoco las lleva contigo. Cuando perdones, perdona de corazón de una sola vez y para siempre. Para eso no puede ni debe haber límites. Perdona las veces que sea necesario. “Hasta setenta veces siete”…Es decir, siempre, sin cuenta…

 

Oremos:

Señor, que no me fije tanto en lo que me dan, en lo que he de recibir, como en lo que doy y hago por los demás. Que esté siempre dispuesto a servirte; que acuda al primer llamado. Que no espere ruegos y súplicas; que me deje conmover por mis hermanos.   Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 20, 17-28

Texto del evangelio (Mt 20, 17-28)

En aquel tiempo, cuando Jesús iba subiendo a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de Él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará».

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre».

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

Reflexión: Mt 20, 17-28

El Señor nos hace ver muy claramente cual debe ser nuestra actitud, como cristianos. Nosotros debemos ponernos al servicio de los demás. “…el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo.”  El Señor no habla figurativamente; no hay que interpretar sus palabras, como muchos pretendemos, acomodándolas a nuestros intereses. Sus palabras son claras y concretas, al mismo tiempo que exigentes. Es que no se puede pretender cambiar el mundo con paños tibios, con medias tintas. Esta tarea exige valor, sacrificio y un cambio diametralmente opuesto en lo que son nuestras aspiraciones.

Ver las cosas como Jesús las ve, no es fácil. Exige un tono espiritual que solo podemos alcanzar con la oración humilde. Acercarnos a Dios Padre cada día, pidiendo que se haga Su Voluntad. Pedirle el valor, la entereza, la fortaleza para ponernos a su disposición cada día, allá donde nos ponga, de modo tal que sea Él y no nosotros el que brille y alumbre la senda a nuestros hermanos. Ponernos al servicio del Reino del mismo modo “que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”.

No se trata, pues de pedir privilegios ni defenderlos. Como diría San Ignacio, se trata de hacernos indiferentes. Pretender los bienes de este mundo y usarlos, en tanto nos ayuden a Servir al Señor y su Reino, y apartarnos de ellos, desprendernos, dejar de pretenderlos y alejarnos de ellos, en tanto constituyan un impedimento para hacer la Voluntad del Padre. Esta es la ley del “tanto cuanto” que debe guiar nuestras vidas. Pero esto sólo ocurrirá, cuando comprendamos que todo en nuestra vida debe estar al Servicio del Señor. Que todo lo que hacemos y somos debe estar orientado a Su mayor Gloria. No se trata de momentos, ni de ciertas palabras, que erróneamente llamamos “oraciones”, que repetimos como loros y que no tienen nada que ver con nuestras vidas, no. Se trata de la vida misma.

Tenemos que desprendernos a tal punto, o si se quiere, entregarnos a la Voluntad del Padre a tal extremo, que seamos indiferentes y no pretendamos, como la madre de los hijos de Zebedeo y ellos mismos, obtener posición ni privilegio alguno, ni aquí, ni mucho menos en el Reino. ¿Es difícil? ¡Claro que sí! Pero nada es imposible para el Señor y para quien está con Él. Es por eso que debemos pedir que venga su abundante Gracia sobre nosotros. Sin Él, somos nada. Con Él, lo tenemos todo. Con Él, lograremos esto y muchísimo más. Es cuestión de fe. Pongámonos en sus manos.

Oremos:

Padre Santo, purifica nuestros espíritus, límpianos, sánanos, y mándanos ir a Ti. Que no caigamos en la tentación de salirnos de El Camino, que es amarte y servirte con todo lo que tenemos y somos. Que nos entreguemos plenamente al servicio de la construcción del Reino, que no es otro que el servicio a nuestros hermanos. Que no escatimemos esfuerzos y cuando nos sintamos agotados, que seas Tú nuestro descanso. Acrecienta nuestra fe, para que no dejemos de tirar las redes allí donde Tú dispones. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 5, 20-26

Texto del evangelio (Mt 5, 20-26) 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal’. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego.

»Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo».

Reflexión: Mt 5, 20-26

Qué fácil es ofendernos. Hablar mal de alguien que no está, que está ausente, en presencia de otros, solo para desprestigiarlo o para justificar nuestro proceder con él. Queremos tener siempre la razón, así que si hemos cometido una injusticia, por ignorancia o simplemente por error, por falta de análisis o comprensión de los hechos, en lugar de enmendarlo, muchas veces por soberbia, insistimos en él, sin reparar en el daño que hacemos.

Estos últimos años hemos inventado o por lo menos redescubierto y relanzado muchos términos nuevos; uno de ellos es la “empatía”, que en pocas palabras significa ponernos en los zapatos del otro…tratar de ver las cosas desde su perspectiva; tratar de entender ese lado en cualquier situación, pero sobre todo en aquellas que muchas veces nos enfrentan inútilmente. ¿Por qué insistir en el insulto, en la diatriba, cuando es posible que si hubiéramos estado en sus pantalones hubiéramos obrado igual? Y si llegamos a ese convencimiento, ¿por qué no enmendar nuestro proceder, bajando la guardia y dejando de apuntar toda nuestra demoledora artillería contra esa persona? ¿Por qué ensañarnos? Definitivamente, aquí Jesús nos dice que esta es obra del mal espíritu; es obra del demonio, que se regodea en la división, en la envidia, en el odio, en las rencillas…

El cristiano está llamado a ir más allá de la justicia. Al cristiano no le interesa cumplir la ley, es muy poco para él. La única ley, la cual debemos esforzarnos por cumplir, es la de la caridad, la del amor, que está más allá y por encima de toda ley. Para quienes no logran entender esta simple pero muy profunda declaración, pasamos a explicar. La ley fija en mi país un “salario mínimo vital” con el cual todo el mundo, empezando por los legisladores (es decir los que dan la ley) saben que no alcanza para vivir. Los empresarios también lo saben. Sin embargo, muchos de ellos, teniendo cómo mejorar la situación de sus trabajadores, prefieren mantenerlos con el sueldo mínimo, ya que de este modo, se justifican, “están cumpliendo con la ley, por lo que nadie tiene nada que objetarles.  Son justos”. . .

Pero esta no es la justicia que manda el Señor. La justicia Divina va más allá. Tiene que ver con la caridad, con el amor. Obliga a este empresario a reconocer que esta es una mala ley, que hay error en ella y que mientras pueda y esté realmente a su alcance, se esforzará en enmendarla. Le costará, seguramente muchos disgustos, pues muchos de sus socios y accionistas no estarán dispuestos a comprender…Tendrá que convencerlos…Esta será, tal vez, su forma de evangelizar al mundo y ayudar a los menos favorecidos, en este caso, a sus trabajadores y sus familias…Es que el cristiano está obligado a ir más allá de la ley.

Lo justo y lo injusto en criterios mundanos, es lo mínimo que todo el mundo está dispuesto a cumplir. Es lo menos que se puede exigir a cualquier persona, a cualquier ser humano. Pero no podemos olvidarnos que estas leyes han sido hechas por hombres, muchas veces limitados por su conveniencia o su estrecho entender. Así el Señor Feudal tenía derechos sobre la mujer de sus siervos y ninguna mujer podía acceder a cargos públicos, a votar o usar pantalones…El cristiano no puede escudarse en la ley. Tiene que examinar su corazón y asegurarse que obra con caridad, guiado por el Espíritu Santo.

Oremos:

Señor, ayúdanos a perdonar. Que no guardemos rencor por nadie ni nada. Y que mientras esté a nuestro alcance, tratemos de reconciliarnos con todos, reconociéndonos como hermanos, hijos de un mismo Padre. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 4, 12-17.23-25

Texto del evangelio (Mt 4, 12-17.23-25)

En aquel tiempo, cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, se retiró a Galilea. Y dejando la ciudad de Nazaret, fue a morar en Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y de Neftalí. Para que se cumpliese lo que dijo Isaías el profeta: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino de la mar, de la otra parte del Jordán, Galilea de los gentiles. Pueblo que estaba sentado en tinieblas, vio una gran luz, y a los que moraban en tierra de sombra de muerte les nació una luz».

Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: «Haced penitencia, porque el Reino de los cielos está cerca». Y andaba Jesús rodeando toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos y predicando el Evangelio del Reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo. Y corrió su fama por toda Siria, y le trajeron todos los que tenían algún mal, poseídos de varios achaques y dolores, y los endemoniados, y los lunáticos y los paralíticos, y los sanó. Y le fueron siguiendo muchas gentes de Galilea y de Decápolis y de Jerusalén y de Judea, y de la otra ribera del Jordán.

Reflexión: Mt 4, 12-17.23-25

Comparto con ustedes algo que para mi es evidente en esta lectura y en todas las que venimos haciendo por estos días; algo que además me da una gran consolación. Dios interviene en nuestras vidas. Pero su intervención no es azarosa, de un momento a otra, apasionada o temperamental. Obedece a un Plan. Dios tiene un Plan para nuestras vidas. Para cada uno de nosotros. Y Él va actuando conforme a este Plan…Sin embargo no nos obliga a sujetarnos a Él, no nos esclaviza, no suprime nuestra libertad. El propone.

Se me antoja pensar que su presencia se manifiesta a lo largo de nuestra vida como grandes letreros luminosos, como grandes señales a lo largo de nuestro camino…señales que podemos ver, leer, interpretar y seguir o simplemente ignorar.

Así, todo lo que hace Jesús en Galilea, tal como podemos leer en este pasaje, todo fue hecho para que se cumplieran las escrituras. Es decir que, muchas veces nosotros nos quedamos en el asombro de los milagros, de las curaciones, de la expulsión de demonios, en fin, de los prodigios que iba haciendo Jesús a todos aquellos que se le acercaban, conociendo su fama…Pero no nos percatamos que junto a ello hay algo más grande aún…y es el Plan de Salvación anunciado por los profetas, siglos antes. Es la indiscutible intervención divina en nuestras vidas, destinada a darnos a conocer al Padre, a restaurar el puente que nos una a Él.

Habíamos renegado de Dios, pretendiendo ser como Él…Le dimos la espalda, pretendimos ignorarlo…nos perdimos. Sin embargo Él no nos abandonó jamás, como no nos abandona en nuestras propias vidas. Él nos estuvo y nos está esperando con los brazos abiertos. Él quiere acogernos y como la muestra más grande de su amor, nos envía a su propio Hijo, que haciéndose hombre como nosotros, nos muestra el camino de la redención y la salvación.

Él está allí siempre, caminando a nuestro lado, independientemente de que queramos verlo o no, que queramos seguirlo o no. El está allí siempre, mostrándonos el Camino.

Oremos:

Padre Santo, abre nuestros ojos, quita de nuestra alma toda pasión que nos ciega, todo impedimento que nos lastra y nos encadena a esta tierra, impidiéndonos ver el Camino que nos muestra Jesús. Purifica nuestras almas y nuestros corazones, para que superando toda mezquindad, todo egoísmo, seamos capaces de amar al extremo que Jesús nos enseña. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 11, 11-15

Texto del evangelio (Mt 11, 11-15)

En aquel tiempo, dijo Jesús a las turbas: «En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Pues todos los profetas, lo mismo que la Ley, hasta Juan profetizaron. Y, si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir. El que tenga oídos, que oiga».

Reflexión: Mt 11, 11-15

Este discurso de Jesús, que a veces podemos entenderlo poco, porque conocemos muy poco de la Historia Sagrada, está dirigido a hacer notar la importancia de Jesús y el Reino que viene a anunciar, por encima de todo cuanto lo precedió, incluyendo Juan. A hacer notar, para quien conoce las Escrituras, que es el de quien se profetizo, es Él el Mesías, el Salvador, el Hijo de Dios hecho hombre, el Redentor, el centro de la historia. Con Él se dan cumplimiento las Escrituras.

Para entender aquello de “el es Elías”, refiriéndose a Juan, hay que decir que la creencia entonces era que Elías volvería precediendo al Mesías. Por eso, al afirmar Jesús que Juan es Elías, está diciendo que él es el Mesías que vendría después de Elías…Nuevamente, con Él se cumplen las Escrituras. Este es el gran suceso que estamos esperando en Navidad. Este el gran acontecimiento que debemos acoger en nuestro corazón. Jesús es el Hijo de Dios, hecho hombre para mostrarnos el Camino, para sellar con su sangre la alianza santa entre Dios Padre y sus hijos, su pueblo, nosotros…Hemos sido Redimidos por Jesús.

Oremos:

Señor Jesús, danos lucidez para acoger tu mensaje. Danos sabiduría, danos sencillez, danos amor. Haznos sencillos y humildes…Limpia nuestros corazones, purifícanos, haznos dignos de Ti.

Aparta de nosotros toda maldad, todo pecado. Defiéndenos de nuestros perseguidores, que quieren mostrar nuestra cabeza como trofeo. Ayuda a los temerosos, a los que aterrados huyen despavoridos y se entregan a sus verdugos, engañados…faltos de Fe. Danos Fe, acreciéntala. Amén

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 7, 21.24-27

Texto del evangelio (Mt 7, 21.24-27)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina».

Reflexión: Mt 7, 21.24-27

Qué lejos estamos muchas veces de entender al Señor y lo que nos pide. Qué fácil es refugiarse en una piedad descarnada, incluso en reflexiones y meditaciones, es decir en propuestas meramente declarativas. Te la puedes pasar orando día y noche, si NO pones en práctica lo que dices, eres como un címbalo que resuena, hueco y sin sentido.

¿De qué sirven cursos, diplomados, retiros, reflexiones, si no calan en lo profundo del ser y se convierten en acciones? De nada. Se puede disertar brillantemente sobre los valores, la moral y la ética y llevar una vida que contradice todo lo dicho…De qué sirven los discursos. No es de palabra que nos tienen que convencer, o que debemos buscar convencer, es con nuestros hechos: “por sus hechos los conoceréis”.

Isaías 1, 11-17
11. «¿A mí qué, tanto sacrificio vuestro? – dice Yahveh -. Harto estoy de holocaustos de carneros y de sebo de cebones; y sangre de novillos y machos cabríos no me agrada,  
12. cuando venís a presentaros ante mí. ¿Quién ha solicitado de vosotros esa pateadura de mis atrios?  
13. No sigáis trayendo oblación vana: el humo del incienso me resulta detestable. Novilunio, sábado, convocatoria: no tolero falsedad y solemnidad.  
14. Vuestros novilunios y solemnidades aborrece mi alma: me han resultado un gravamen que me cuesta llevar.  
15. Y al extender vosotros vuestras palmas, me tapo los ojos por no veros. Aunque menudeéis la plegaria, yo no oigo. Vuestras manos están de sangre llenas:  
16. lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal,  
17. aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda.

Como dice el Señor: “estoy harto de sus sacrificios, misericordia quiero”. Construye su casa sobre roca el que HACE la voluntad del Señor, lo que el Señor le indica. No el que se anda golpeando el pecho y va repitiendo como loro palabras sin sentido…Y en este caso no me estoy refiriendo a los cucufatos, aunque estos pueden ser la muestra más grotesca de lo que decimos. Pero, mucho peor son aquellos que con doctorados y mil pergaminos hacen rimbombantes discursos, que ni cumplen, ni dejan cumplir. Aquellos que se llenan la boca de virtudes, de recetas éticas y morales, que al momento de actuar se esconden o lo que es peor, persiguen y reprimen a quienes los practican.

De qué sirven sus discursos, sus retiros…Ya pueden poner la Cruz como símbolo en su bandera, pero si no cumple la voluntad del Señor, si no llevan a la PRÁCTICA la caridad, la misericordia y el amor, de nada sirven. ¡De nada! Por el contrario, el Señor los vomitará…pues le dan asco estas actitudes.

Estemos atentos, pues, a lo que nos pide el Señor. Un amor manifestado en la vida cotidiana, en cada uno de nuestros actos. Aunque no hablemos…Es más, me atrevería a decir: mejor si no hablamos. Son nuestras obras las que deben hablar por nosotros.

Oremos:

Señor haznos dignos hijos tuyos. Que sepamos proclamarte con nuestra vida. Que viendo cómo nos amamos los unos a los otros, los demás nos sigan.

Danos lucidez, juicio, discernimiento para distinguir y separar lo intrascendente, lo que no tiene importancia de lo que realmente debe ser la razón de nuestros días, de cada uno de ellos.

No permitas que nos enfrasquemos en actividades sin sentido, que caigamos en un torbellino de tareas, actividades y obligaciones que nos alienan e impiden ver qué es lo verdaderamente importante…Que como María a tus pies, sepamos escoger lo importante y no nos perdamos como Marta entre tanto ajetreo. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 5, 1-12a

Texto del evangelio (Mt 5,1-12a)

En aquel tiempo, viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos».

Reflexión: Mt 5,1-12a

El Señor siempre nos pone una barrera alta. Y, si logramos pasarla, encontraremos otra más alta….Siempre más. Esa es su exigencia, no podemos quedarnos, no podemos conformarnos. El mundo urge…No hay descanso para quienes quieren servir al Señor, para quienes quieren hacer Su Voluntad. Mientras haya pobreza, dolor, injusticia, la agenda será urgente.

“Los zorros tiene madrigueras, las aves nidos, pero el Señor no tiene donde reposar su cabeza”, quizás este debe ser el sentido de estas palabras. No hay tiempo para el descanso y sin embargo, cuantas veces nos escabullimos, nos escapamos. ¿Cuánto tiempo vivimos o dejamos pasar inconscientes? ¿Cuánto tiempo perdido?

Debemos pedir perdón al Señor por todo el tiempo que hemos desperdiciado, por las oportunidades únicas que hemos tenido en nuestras vidas para crecer, para ser más, para dar más y las desperdiciamos, por pereza, por egoísmo, por conformismo, por no comprometernos, por comodidad.

El lenguaje del Señor es siempre el mismo, nunca cambia. Somos nosotros que no siempre estamos dispuestos a oírlo. A responder a sus exigencias. Será pues, definitivamente, que Él tiene otra perspectiva de la vida, de nuestra vida. Él está impaciente por vernos crecer y fructificar. Él nos limpia, nos cuida, nos riega…Él sabe cuando debíamos estar dando frutos y sin embargo parecemos una higuera seca.

El sabe cuán hermoso es el Don de la Vida, pero también cuan efímero será el tiempo que hemos de estar aquí. Por eso nos urge a emprender inmediatamente el Camino, recto y empinado hacia la más alta cumbre. ¡Hemos de partir, Ya, mientras es de día!

¿Qué diremos de las “Bienaventuranzas”? Son el programa que debemos seguir. No hay aquí términos medios; ninguna condescendencia con el mal, con la mentira, con el pecado. Todo ello nos esclaviza, nos lastra, nos desvía del camino. Nosotros debemos tener una sola meta: alcanzar el cielo.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a hacer de Tu Voluntad nuestro norte, siempre, en todo momento y lugar.  Danos la fortaleza para seguirte, sobre todo cuando “arrecie la tormenta y gima el huracán”.

Danos amor, paz y alegría para compartir con nuestros semejantes, especialmente con nuestras familias.  Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión Mt 25,1-13

Mt 25,1-13

El Señor nos pide estar preparados siempre. Es decir que cada día debemos levantarnos y actuar como si fuera el último.

¿Qué harías si supieras que hoy indefectiblemente morirás? Esta debe ser una pregunta que todos nos debíamos hacer al despertar: ¿Qué si hoy es el último día de mi vida? Supongo que cada quien tendrá una respuesta distinta, sin embargo, puestos a reflexionar en profundidad quizás muchos, como yo, trataríamos de poner nuestras cosas en orden.

Por ejemplo, dejaría de tramitar mi pasaporte para viajar en noviembre, porque no tendría sentido. Es posible que ni si quiera fuera a trabajar…¿Para qué? A no ser que tuviera que hacer una operación de vida o muerte y que la vida de la persona a salvar fuera tan importante para mí o para los demás…Si pudiera, trataría de disponer el día para estar con mis familiares y amigos más cercanos, para decirles cuánto los quiero y les pediría perdón por todas las ofensas, por todas las mezquindades, por tanta cosa que pude haber hecho y no hice.

Creo que fundamentalmente trataría de pasar la mayor parte del tiempo con mi esposa, recordando los momentos inolvidables que nos toco vivir y también tratando de digerir y poner en el olvido todo aquello que no pudimos resolver, que nos separó, que nos alejo, ya sea por ignorancia, por egoísmo, por error…Por lo que fuera. Le diría que la amo, que es parte mía, que la llevo impresa en cada una de mis células y que aunque me cuesta dejarla, me alegra el saber que allí la estaremos esperando, porque el Señor fue a prepararnos un sitio a los dos y aunque yo voy primero, cuando ella vaya la estaré esperando.

Pero el Señor nos exige más aún. Requiere de nuestra inteligencia, de nuestra astucia, de nuestra prudencia. ¿Qué quiere decir esto? Que debemos medir, que debemos anticipar, que debemos planear…que no podemos dejar las cosas al azar, que hay cierto grado de previsión que debemos observar. Tenemos que ser PRUDENTES.

Es verdad que nuestro Padre viste a las flores del campo y da de comer a las aves y que del mismo modo cuidará de nosotros, por lo que no tenemos nada que temer y que, por lo tanto, debemos ordenar nuestra vida adecuadamente, poniendo primero el servicio a Dios y luego a nuestros hermanos, que finalmente es lo mismo. Pero debemos tener un mínimo de prudencia. No podemos caer en la necedad de olvidarnos de lo elemental, de tomar las mínimas precauciones que nos anticipa la razón.  Si voy a atravesar un desierto, donde sé que no hay agua, la prudencia me aconseja que por lo menos lleve una cantimplora, tanto más grande cuanto más larga sea la travesía. Sería un necio si me aventuro así nomas, sin la menor precaución.

Oremos:

Señor, ayúdanos a actuar prudentemente cada día. Ilumínanos para proceder razonablemente, anticipándonos y planificando en tanto nos sea posible, tratando de ser precavidos y obrando correctamente siempre, actuando como si fuera el último día de nuestras vidas.

Recuérdanos cada día que tenemos una misión, que estamos aquí para cumplirla y que por lo tanto debemos medir nuestro tiempo, tomar en cuenta las circunstancias y ser lo suficientemente precavidos para tener todo listo en cualquier momento que se nos pida cuentas.

Roguemos al Señor

Te lo pedimos señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Reflexión: Mt 19,3-12

Mt 19,3-12

Hoy, Jesús contesta a las preguntas de sus contemporáneos acerca del verdadero significado del matrimonio, subrayando la indisolubilidad del mismo.

Su respuesta, sin embargo, también proporciona la base adecuada para que los cristianos podamos responder a aquéllos cuyos tercos corazones les han hecho buscar la ampliación de la definición de matrimonio para las parejas homosexuales.

Al hacer retroceder el matrimonio al plan original de Dios, Jesús subraya cuatro aspectos relevantes por los cuales sólo pueden ser unidos en matrimonio un hombre y una mujer:

1) «El Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra» (Mt 19,4). Jesús nos enseña que, en el plan divino, la masculinidad y la feminidad tienen un gran significado. Ignorarlo, pues, es ignorar lo que somos.
2)  «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer» (Mt 19,5). El plan de Dios no es que el hombre abandone a sus padres y se vaya con quien desee, sino con una esposa.
3)  «De manera que ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19,5). Esta unión corporal va más allá de la poco duradera unión física que ocurre en el acto conyugal. Se refiere a la unión duradera que se presenta cuando un hombre y una mujer, a través de su amor, conciben una nueva vida que es el matrimonio perdurable o unión de sus cuerpos. Es obvio que un hombre con otro hombre, o una mujer con otra mujer, no pueden considerarse un único cuerpo de esa forma.
4)  «Pues lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mt 19,6). Dios mismo ha unido en matrimonio al hombre y a la mujer, y siempre que intentemos separar lo que Él ha unido, lo estaremos haciendo por nuestra cuenta y a expensas de la sociedad.

En su catequesis sobre el Génesis, el Papa Juan Pablo II ha dicho: «En su respuesta a los fariseos, Jesucristo plantea a sus interlocutores la visión total del hombre, sin la cual no es posible ofrecer una respuesta adecuada a las preguntas relacionadas con el matrimonio».

Cada uno de nosotros está llamado a ser el “eco” de esta Palabra de Dios en nuestro momento.

Fr. Roger J. LANDRY (Hyannis, Massachusetts, Estados Unidos)

Oremos:

Padre Santo, te pedimos que nos ayudes a comprender que debemos santificar nuestros matrimonios, que tal vez en este deterioro, en esta pédida del valor del matrimonio se encuentre la raíz de los malos de la sociedad de nuestro tiempo.

Que no confundamos amor con sexo, ni separemos el sexo del amor conyugal, que es donde adquiere su verdadera dimensión. 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Mt 18,21-19,1

Mt 18,21-19,1

Somos muy compasivos y condescendientes con nosotros mismos, pero no siempre estamos dispuestos a aplicar la misma medida con nuestros hermanos. Con ellos si somos exigentes y no estamos dispuestos a perdonarles una.

Qué proclives a mirar la paja en el ojo ajeno y tan duros y lentos para reconocer la viga que tenemos en el nuestro. Sin embargo el Señor nos recuerda que con la misma medida con la que medimos, seremos medidos.
¿Y es que si nosotros hemos recibido tanto, no debíamos estar dispuestos por lo menos a dar lo mismo? El Señor nos señala muy claramente hasta donde debemos estar dispuestos a perdonar…Y, así como su perdón no tiene fin, nosotros también debemos perdonar las veces que sea necesario. Es de verdad muy difícil asumir lo que nos pide el Señor, sin embargo debemos esforzarnos por cumplirlo, si nos confesamos cristianos y estamos dispuestos a seguirlo.

Ser cristiano no es fácil; requiere valor y esto es lo más difícil de encontraren este mundo ligth en el que vivimos, en el que todo parece caminar a medio pelo; en que la exigencia no es tolerada; en el que nos conformamos con el “así no más”. El Señor nos pide siempre ir más allá. Ser comprensivos, compasivos y CARITATIVOS. No de la boca para afuera, sino de corazón.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a perdonar tanto como Tú estás dispuesto a perdonarnos.

Que en lugar de andar contando las faltas los yerros de nuestros hermanos, estemos dispuestos a perdonarlos, corregirlos y ayudarlos.

 
Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Mt 18,1-5.10.12-14

Mt 18,1-5.10.12-14
 

¿Qué tienen los niños que son los preferidos del Señor? Ingenuidad, sinceridad, transparencia, confianza, verdad. Un niño no anda con rodeos, con poses aprendidas y estudiadas. Un niño todo lo cree, acepta y toma con entusiasmo; por eso puede ser engañado y puede ser fácil presa del maligno y de los que torcidamente obran en su nombre.

En la mirada de un niño, en su corazón generoso, siempre dispuesto a compartir sin los prejuicios de los adultos, en su apertura y en su capacidad de asombro, podemos encontrar a nuestro Dios y reconocer cómo quiere Él que seamos, cómo quiere que nos comportemos, cómo quiere que andemos por este mundo.

En esta misma lectura el Señor nos recuerda por qué ha venido y cómo si nosotros queremos seguirle debemos adoptar su misma actitud. El viene por los despreciados, por los olvidados, por los perdidos. Es a ellos que viene a buscar. Es de ellos de quienes nos tenemos que ocupar. ¡Qué mensaje singular! Cuando nosotros siempre preferimos estar  y atender a los buenos, a los que nos hacen caso, a los dóciles. El Señor nos pide atender a los que se resisten, a los que se pierden. ¡Salir a buscarlo!

“…no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños.” Por lo tanto, tampoco puede ni debe ser tolerado por ninguno de nosotros. Y ya sabemos entonces cual es nuestra misión, sobre todo cuando nos encontramos con alguien que parece descarriado. Tenemos un deber, si en verdad queremos hacer la voluntad de nuestro Padre. Y si no estamos dispuestos, entonces ya tenemos la medida de nuestra fe, de nuestro cristianismos, de nuestro amor por los demás. Es condicional, subjetivo y no está dispuesto al sacrificio, ni al rechazo, ni a aguantar desplantes, ni sacrificios…es un amor y una fe ligth, desnaturalizado, como tantas cosas en nuestro tiempo. Si la sal pierde su sabor, mejor tirarla, pues no sirve para nada.

Oremos:

Señor, ayúdanos a no desfallecer cuando aquél que está perdido nos rechaza. Que sepamos encontrar los argumentos para llegar a su corazón, para hacerlo volver al Padre.

Danos tu sabiduría, tu luz y tu humildad para atraer a nuestros hermanos descarriados. No permitas que ninguno en nuestras manos se llegue a perder.

 
Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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