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Mateo 6, 7-15

Texto del evangelio (Mt 6, 7-15) 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.

»Vosotros, pues, orad así: ‘Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».

Reflexión: Mt 6, 7-15

Me parece que no me equivoco al pensar que con el Padre Nuestro ocurre una paradoja. El Señor nos enseña una oración muy simple, pero de un significado muy profundo e íntegro, que prácticamente podría constituir el recuerdo de nuestra hoja de ruta, de nuestro plan de vida. Hemos de comportarnos así, es decir adoptando los valores y principios que nos propone esta oración. ¿Cómo no habría de reunir lo esencial, si fue el mismo Jesús que nos la enseñó, que nos la puso de modelo?

La paradoja está en que nos la enseñó Jesús para que no andemos llenándonos de palabras sin sentido al dirigirnos a Dios. Para que seamos concretos en lo que debemos pedir, siendo esta oración una manifestación de nuestra propia forma de vida. Porque no podemos orar de un modo y vivir de otro. La oración ha de ser un reflejo de la vida misma…Una confesión de fe; una adhesión a la Voluntad Divina en cada uno de los actos de nuestra vida cotidiana. De otro modo serán palabras huecas y sin sentido. Y eso es lo que lamentablemente hemos hecho del Padre Nuestro. La hemos aprendido de memoria y la recitamos quinientas veces, un millón de veces, sin reparar en lo que decimos, convirtiéndose, entonces, en una fórmula memorística, hueca y sin significado, tanto como el discurso interminable de aquellos que pretender palabrear, chamullar a Dios.

Ojala nos detuviéramos un momento a analizar lo que decimos y lo dijéramos de corazón. Con esta sola oración bastaría. Eso fue lo que nos reveló Jesús, para que no andemos con rodeos. Jesús nos llama a seguirlo; hemos pues de asumir el Padre Nuestro como nuestro programa.

“Padre nuestro”, es nuestra primera confesión, tras la cual estamos reconociendo que Dios es nuestro Padre, nuestro creador. Nosotros somos sus hijos y como tales, le debemos obediencia. Además, si todos somos sus hijos, quiere decir que somos hermanos, por lo tanto nos debemos amor fraterno. Mi prójimo no es cualquier cosa: es mi hermano, tanto si es rico, como pobre, lisiado, como intelectual o alcohólico…

“…que estás en los cielos, santificado sea tú Nombre”, es decir que nuestro Padre, ocupa un lugar de mucho respeto en nuestra vida. Todo lo ha hecho y creado para nosotros, por lo tanto, lo menos que podemos es honrarlo, usando todo como corresponde, de este modo estaremos santificando su Nombre. Cuando blasfemamos, cuando maldecimos, cuando nos impacientamos y descontrolamos, cuando actuamos violentamente, dejamos de reconocerlo y santificarlo en todo.

“Venga tu Reino”, es pues un reconocimiento de lo que queremos alcanzar, de cómo queremos vivir. El Reino de Dios es un Reino de amor y Jesús mismo nos lo dice, “no es de este mundo”. Quiere decir entonces que estamos dispuesto a nacer de nuevo, a cambiar, para guardar correspondencia con él. Si eso es lo que queremos, hemos de vivir como Él nos manda.

“…hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo”, es la adhesión plena a lo que Dios disponga, sabiendo que todo lo  ha hecho bien y que estamos dispuestos a cumplir con lo que Él nos indique. Es aquí en la tierra donde a nosotros nos corresponde hacer su Voluntad. No tenemos que encerrarnos en elucubraciones filosóficas respecto al sentido de la vida, y la correspondencia que este puede tener con nuestra super hiper sofisticada vida…No. Se trata de hacer siempre lo correcto y de amar al prójimo…o exagerando, como diría San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. Es que si amas, no harás daño.

“Nuestro pan cotidiano dánosle hoy”, Tú sabes mejor que nadie cuales son nuestras necesidades, no dejes de atenderla hoy también. Nos conformamos con lo que hoy podemos recibir, porque a cada día debe corresponderle su afán. Nosotros debemos concentrarnos en hacer su Voluntad, cada día; no sólo algunos días o en algunos momentos. Ello debe llevarnos a desprendernos de nosotros mismos, de nuestra exigencias, de nuestras aspiraciones, de nuestro deseo de acumular para tenerlo todo asegurado hasta nuestra muerte y después de ella. En cambio el Señor nos aconseja pedir por lo que necesitamos hoy, nada más. Vivamos hoy, como si fuera el último día de nuestras vidas.

“… y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores;” la condición para obtener perdón es perdonar. Si queremos que Dios nos perdone nuestras faltas hemos primero de perdonar a nuestro hermanos y no andar con rencillas, con odios, con injurias y con iras malsanas. Tenemos que aprender a perdonar, hoy. Que al llegar el fin del día, no tengamos deudas con nadie, y que hayamos perdonado de corazón a todos los que las tenían con nosotros…Entonces seremos dignos del perdón que pedimos.

“…y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’”. No permitas que nos salgamos del camino, que nos desviemos, El demonio está al asecho todo el día, buscando tentarnos en nuestra debilidad, allí donde somos más vulnerables…No permitas Señor que esto ocurra. Aléjanos del mal, que existe, que nos rodea, que nos tienta…

Esta es la oración que nos pide Jesús cada día. Este el sentimiento que debe brotar tras el Padre Nuestro. El recuerdo de nuestro compromiso de seguir cada día el Programa, el Plan que nos propone Jesús.

Oremos:

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Reflexión: Mt 20,20-28

Mt 20,20-28

Hoy, en el fragmento del Evangelio de San Mateo encontramos múltiples enseñanzas. Me limitaré a subrayar una, la que se refiere al absoluto dominio de Dios sobre la historia: tanto la de todos los hombres en su conjunto (la humanidad), como la de todos y cada uno de los grupos humanos (en nuestro caso, por ejemplo, el grupo familiar de los Zebedeos), como la de cada persona individual. Por esto, Jesús les dice claramente: «No sabéis lo que pedís» (Mt 20,22).

Se sentarán a la derecha de Jesucristo aquellos para quienes su Padre lo haya destinado: «Sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre» (Mt 20,23). Así de claro, tal como suena. Precisamente decimos en español: «No se mueve la hoja en el árbol sin la voluntad del Señor». Y así es porque Dios es Dios. Digámoslo también a la inversa: si no fuera así, Dios no sería Dios.

Ante este hecho, que se sobrepone ineludiblemente a todo condicionamiento humano, a los hombres sólo nos queda, en un principio, la aceptación y la adoración (porque Dios se nos ha revelado como el Absoluto); la confianza y el amor mientras caminamos (porque Dios se nos ha revelado, a la vez, como Padre); y al final… al final, lo más grande y definitivo: sentarnos junto a Jesús (a su derecha o a su izquierda, cuestión secundaria en último término).

El enigma de la elección y la predestinación divinas sólo se resuelve, por nuestra parte, con la confianza. Vale más un miligramo de confianza depositada en el corazón de Dios que todo el peso del universo presionando sobre nuestro pobre platillo de la balanza. De hecho, «Santiago vivió poco tiempo, pues ya en un principio le movía un gran ardor: despreció todas las cosas humanas y ascendió a una cima tan inefable que murió inmediatamente» (San Juan Crisóstomo).

Rev. D. Antoni M. Oriol i Tataret (Vic-Barcelona, España)

Oremos:

Señor concédenos humildad para servir con gusto a nuestros hermanos, sin esperar nada a cambio.

Que no busquemos privilegios ni distinciones de ningún tipo; por el contrario que nos hagamos servidores de todos y no descansemos hasta haber atendido al último.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Mt 13,18-23

Mt 13,18-23

Hoy contemplamos a Dios como un agricultor bueno y magnánimo, que siembra a manos llenas. No ha sido avaro en la redención del hombre, sino que lo ha gastado todo en su propio Hijo Jesucristo, que como grano enterrado (muerte y sepultura) se ha convertido en vida y resurrección nuestra gracias a su santa Resurrección.

Dios es un agricultor paciente. Los tiempos pertenecen al Padre, porque sólo Él conoce el día y la hora (cf. Mc 13,32) de la siega y la trilla. Dios espera. Y también nosotros debemos esperar sincronizando el reloj de nuestra esperanza con el designio salvador de Dios. Dice Santiago: «Ved como el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperando con paciencia las lluvias tempranas y tardías» (St 5,7). Dios espera la cosecha haciéndola crecer con su gracia. Nosotros tampoco podemos dormirnos, sino que debemos colaborar con la gracia de Dios prestando nuestra cooperación, sin poner obstáculos a esta acción transformadora de Dios.

El cultivo de Dios que nace y crece aquí en la tierra es un hecho visible en sus efectos; podemos verlos en los milagros auténticos y en los ejemplos clamorosos de santidad de vida. Son muchos los que, después de haber oído todas las palabras y el ruido de este mundo, sienten hambre y sed de escuchar la Palabra de Dios, auténtica, allí donde está viva y encarnada. Hay miles de personas que viven su pertenencia a Jesucristo y a la Iglesia con el mismo entusiasmo que al principio del Evangelio, ya que la palabra divina «halla la tierra donde germinar y dar fruto» (San Agustín); debemos, pues, levantar nuestra moral y encarar el futuro con una mirada de fe.

El éxito de la cosecha no radica en nuestras estrategias humanas ni en marketing, sino en la iniciativa salvadora de Dios “rico en misericordia” y en la eficacia del Espíritu Santo, que puede transformar nuestras vidas para que demos sabrosos frutos de caridad y de alegría contagiosa.

P. Josep de Calasanç Laplana OSB (Monje de Montserrat, Cataluña, España)

Oremos:

Pidamos al Señor que nos ayude a dar frutos, a cuidar apropiadamente de nuestra para que llegado el momento podamos dar una buena cosecha.

Pongámonos en sus manos llenos de fe y esperanza, sabiendo que en último término Él podrá hacer que nosotros demos los frutos que nuestros hermanos necesitan para su salvación.

Haznos instrumentos de fe.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Mt 9,32-38

Mt 9,32-38

Qué mezquinos somos los humanos…Cuantas veces sospechamos de los que sólo hacen el bien. Como ladrones, juzgamos a todos de nuestra condición. “Qué se traerá este entre manos –nos decimos- ya que hace tanto bien”. No somos capaces de creer en la bondad de las personas. Y sin embargo, existen muchas buenas personas en el mundo, dispuestas a dar sin recibir nada a cambio.

El Señor se compadece al ver tanto sufrimiento y falta de fe. Va enseñando, proclamando el Reino y sanando, porque una fe sin obras es una fe muerta. Como Hijo de Dios, que es Amor, no puede pasar por el mundo sin prodigar a mor a quienes se le cruzan por el camino. Pero entonces, como ahora, Jesús constata que hay tanto por hacer, hay tanta gente desconsolada, tantos que sufren y padecen, que es necesario orar para que el Dueño de la mies envíe más obreros a su mies.

 

Oremos:

Señor, haz de nosotros un instrumento eficaz para la evangelización del mundo. Que llevemos tu palabra a tantos hombres que la esperan ávidos, sedientos.

Danos el valor para cumplir nuestra misión, confiados en que si nosotros ponemos lo mejor que tenemos, tu harás el resto.

Queremos ser obreros en tu mies, pues no existe mejor ocupación para nuestras vidas. Que actuemos siempre y en todo lugar en tu nombre, siendo siempre portadores de unión, esperanza, paz y amor.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

 

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Reflexión: Jn 18,1—19,42

Jn 18,1—19,42

Todo ocurre conforme estaba escrito, hasta el último suspiro. De nada se retracta y muere sólo y abandonado por todos. Luego de haberlo visto tantas veces antes escabulléndose, evadiendo a cuantos quería atraparle y ajusticiarlo, llegada la hora, está ahí, cargando con su cruz, hasta la muerte.

¿Qué fue de todos los que había curado? ¿Qué de todos cuanto le habían oído y creído? ¿Qué fue de las muchedumbres que le seguían? ¡Hasta Pedro, el discípulo al que tantas veces antes había distinguido Jesús, el que tantas veces había proclamado que lo seguiría a donde fuera, hasta él lo abandono…! ¡No sólo lo abandono, sino que incluso lo negó!

Entre sus discípulos, entre sus más allegado estuvo el que lo traicionó. ¿Qué ocurrió? ¿Cómo fue que todos cambiaron hasta el extremo de mostrar tal grado de desamor e indiferencia, cuando no odio? Razonablemente no lo puedo explicar. Tal vez todos se acobardaron como nos sucede tantas veces, cuando sentimos que llevamos las de perder. O quizás se cansaron de esperar una respuesta enérgica, fulminante de Jesús. Si había mostrado tanto poder sobre las enfermedades, sobre las fuerzas naturales, incluso sobre la muerte…¿por qué no vencía a sus enemigos o se libraba de ellos? ¿Bastaría con un chasquido de sus dedos para vencerlos y atraería a todo el mundo tras Él de nuevo y quizás con más fuerza, pues se habría impuesto finalmente como el Rey de los Judíos que todos esperaban, aquél que los libraría de la opresión Romana.

Pero no. Jesús desconcierta a todos. A Judas, que termina por entregarlo; a Pedro que lo niega tres veces; al pueblo que pide que lo crucifique; a Pilatos, que no encuentra culpa en él…

Es que Jesús es el Rey de un Reino que no es de este mundo y en el que sin embargo todos estamos invitados a participar.

Oremos:

Señor, no soy digno que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Reflexión: Mt 18,21-35

Mt 18,21-35

¿Cómo será el Reino?, nos preguntamos muchas veces. El Señor nos dice como es. Es decir, una primera idea que salta a la vista es que el Reino ES…no será. Ya hoy y aquí, como en aquel entonces, lo estamos construyendo, pero él es. Quizás podemos decir en proceso, en desarrollo, en un devenir…pero es.

La segunda idea es que nuestro perdón no debe tener límites. La expresión parece absurda, innecesaria y exagerada. Me recuerda a las discusiones que tenía con mis hermanos cuando era pequeño y uno decía infinito, el otro agregaba infinito más uno y finalmente supuestamente ganaba el que terciaba infinito más infinito…y la discusión se prolongaba interminablemente por precisar quien había dicho más. Está muy claro: Nuestra capacidad de perdonar no debe tener límites.

Y, finalmente toda la historia que nos relata nos recuerda ni más ni menos que al Padre Nuestro. Es la misma y única prédica de Cristo, abordada de otro modo. Como tratas, serás tratado. Con la misma vara que mides, será medido. Si quieres que Dios Padre te oiga, sea compasivo y te perdone, oye a tus hermanos, se compasivo y perdónalos primero. No es cuestión de decir Señor, Señor…Es cuestión de obrar, de amar, de pasar por el mundo como Él, haciendo el bien.

El Señor, nuestro Dios, es bueno y compasivo con nosotros. Ya lo ha sido, al enviar a su único Hijo a salvarnos, a redimirnos del pecado, a enseñarnos el Camino. Nosotros debemos actuar en consecuencia. Eso es lo que nuestro Padre Celestial espera.

Oremos:

Dios Santo, danos la capacidad, la paciencia, el amor y la sabiduría necesaria para perdonar a nuestros hermanos, pero de corazón, con hechos…no de palabra hueca y vacía. Que nuestra actitud, nuestra mirada, nuestro gesto sea otro, “hasta setenta veces siete”.

Que no llevemos cuentas de las ofensas, ni de los malos tratos. Esto lo solemos recordar inmediatamente y cambiamos de actitud. Que sepamos dominarnos y que voluntariamente, con valor y decisión obremos con quienes no nos quieren, con quienes han manifestado su antipatía hacia nosotros, incluso con aquellos que nos han hecho daño, como si fueran nuestro mejores amigos, sin reparo, sin medida, sin límites…¡Qué difícil, Señor! Pero con tu ayuda todo lo podemos.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Reflexión: Mt 21,33-43.45-46

Jesús no se anda con rodeos, ni le dora la píldora a nadie. Es que ha venido para revelar la verdad y enseñar el camino y en esta ocasión sin ningún reparo se la canta a los poderosos: los grandes sacerdotes y los notables.

La parábola es prácticamente un resumen de la historia sagrada, es decir la historia de la relación de Dios Padre con nosotros, su pueblo. Es un anticipo de lo que ocurrirá con Él a manos de los “inquilinos de la viña”. Sus palabras son incómodas y provocan la ira de los poderosos, que de buena gana lo hubieran detenido y seguramente desaparecido, si no hubiera estado acompañado por una multitud que lo seguía.

El cambio de categorías es total. El Señor ve con otros lentes, con otra óptica el mundo y esta no coincide con la visión del poder establecido. No lo hizo entonces, no lo hace ahora. ¿Cómo podría estar de acuerdo ahora en cómo llevan los que detentan el poder este planeta, si teniendo suficiente riqueza para terminar con el hambre y la pobreza, la destinan a la fabricación de armas, a la guerra, al asesinato, al asedio, a la persecución de pueblos indefensos, al abuso y al maltrato?

Les dio la viña ¿y qué han hecho? ¿Qué hacemos nosotros con la parte que recibimos? ¿Cuál es nuestra responsabilidad en este maltrato? ¿De qué lado estamos? “La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido.”

A los que actuamos irresponsablemente con todo lo recibido, a los que somos indiferentes y con ello consentimos el maltrato a nuestros hermanos y a toda esta heredad, al planeta, “Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos”.

¡El que tenga oídos que oiga!

Oremos:

Señor, dame tu luz para ver en cada ocasión el lado de la justicia, el lado del amor, el lado de la verdad.

Sí, es seguro que casi siempre este estará del lado de los pobres, de los humildes, por ello te pido que aparte de mi la soberbia y la comodidad, que me ciegan y nublan la vista.

¡Hazme perfecto como nuestro Padre que está en el cielo! ¡Hazme santo!

Dame fe.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Reflexión: Mt 20,17-28

Qué fácil es pedir y buscar para nosotros privilegios…ser los primeros, ser los más grandes. No dejamos de pensar e imaginar el Cielo con nuestras categorías, por eso queremos estar siempre adelante, arriba, primeros.

Sin embargo el Señor nos recuerda algo que es central en su predicación y que debe serlo siempre en el proceder y en la actitud verdaderamente cristiana. El que quiera ser grande, el que tenga poder, debe hacerse servidor de los demás, el que quiera ser primero debe hacerse esclavo.

Incluso dice, podría darse el caso que alguno de nosotros esté dispuesto a llegar al sacrificio que Él está próximo a realizar, pero no depende de Él otorgar ningún privilegio en el Cielo. Pero Él mismo no ha venido a sacrificarse para ganar un puesto, sino para salvarnos. Es decir que antes que cualquier recompensa, antes que cualquier beneficio o ganancia a la que pudiéramos sentirnos merecedores, está el servir. Como siempre e invariablemente, primero están los demás. Esta es la verdadera actitud cristiana: dispuesta siempre a servir, aún hasta el sacrificio más grande por los demás…Lo que venga después, es cuestión que corresponde decidir a nuestro Padre amado.

Oremos:

Siempre estamos pensando en nuestros beneficios, en lo que estamos dispuestos a pagar por aquello que queremos ganar. Señor, que no pensemos tanto en nuestras ganancias como en el bien que podemos hacer a los demás.

Que nuestra mejor motivación sea el servicio a los demás. Antes y primero cualquiera de nuestros hermanos, después nosotros.

Queremos seguir tu ejemplo y servir al mundo tal como tú nos enseñaste. Si hemos de ser esclavos que sea del amor.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Reflexión: Mc 1,12-15

El Espíritu no solo guía, sino empuja al Señor. Quiere decir que no sólo vela por nosotros, que nos conduce, sino que a veces incluso nos empuja a aquello que nos conviene. El Espíritu necesita apartarse, necesita reflexión. Necesita silencio, sintonía para ver las cosas como Dios las ve y como quiere que las veamos. Se necesita una disposición especial, salir de uno mismo, de la rutina, de mis paradigmas, de mis normas, de mis estereotipos, para ver el mundo del modo que Dios lo ve. Solo entonces puedo comprender mi misión, aclarar mi mente y poner los medios para construir el Reino.

Una sola es la verdad, una sola mi misión, uno solo mi deber. “El tiempo se ha cumplido”. Es decir, ha llegado el momento. No hay nada más que esperar. Cristo nos ha develado la Verdad, es el Camino, la Luz y la Vida. No hay nada más que esperar. La tenemos al frente; o mejor aún, en nosotros, entre nosotros y debemos proclamarla. El Reino está por llegar. ¡Debemos acogerlo y anunciarlo!

¿Qué debemos hacer? Convertirnos y creer en la Buena Nueva. Este es todo el programa. Este es nuestro Plan, esta nuestra Misión. Al igual que Cristo, proclamar la Buena Nueva, con nuestra vida. No hay nada más que esperar. El tiempo se ha cumplido. Es decir que tenemos todos los elementos en nuestras manos. La Verdad ha sido revelada y nosotros la conocemos. Para eso vino el Señor y eso es lo que ha hecho. Ha llegado el tiempo de tomar partido.

La Salvación del mundo está en nuestras manos. Cristo lo ha hecho posible.

Oremos:

Señor, haznos instrumentos tuyos. Que guiados por tu luz andemos por el mundo dando testimonio de ti.

Danos discernimiento para distinguir en cada momento, en cada ocasión lo que esperas de nosotros, para que obremos conforme al Plan, para que nuestros hermanos te vean a ti a través nuestro y te sigan, convencidos, como lo estamos nosotros, que en ello consiste nuestra felicidad y nuestra salvación, que no otra cosa quieres para nosotros.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Reflexión: Lc 11, 29-32

Lunes 13 de octubre de 2008.
Lc 11, 29-32

Todos los días, todo el tiempo ocurren milagros a nuestro alrededor…Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver. No los vemos y pedimos otras señales. ¡Qué otra señal más grande que la vida misma!

Jesús ha venido a salvarnos, cumpliendo la Voluntad del Padre. Nos ha rescatado de la muerte y del pecado, pagando con su vida por nosotros.
Nos ha reconciliado con nuestro Padre, nos ha mostrado el camino del amor y nos ha dejado el Espíritu Santo, para hacer posible que nosotros también transcurramos por la senda que conduce a la Vida Eterna, a la Felicidad, al Amor, al Padre.
¿Qué más queremos? Si todavía dudamos, si todavía titubeamos, será porque formamos parte de esta “generación perversa”.

Oremos:

Señor, sácanos de esta modorra, de esta pasividad que linda con la incredulidad. ¡Queremos servirte Padre Santo, danos la fuerza, el ánimo, la expresión, el gesto, la palabra!
Arranca de nuestra piel toda señal, toda presencia, toda similitud con la “generación perversa” a que se refiere Jesús.
¡Queremos contarnos entre los que creen, entre los que te siguen, entre los que hacen tú Voluntad!
Gracias Padre Santo por revelarnos el Misterio de la Salvación, Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Lc 9,1-6

Lc 9,1-6

Otra vez me parece oír hablar al Señor de la Libertad. No llevar nada con uno…sólo lo indispensables. Y partir, dejando todo con una misión: hacer su voluntad. Trabajar con cada uno de los que encontramos en el camino, pero sin detenernos demasiado con aquellos que nos rechazan. Añadiría yo que hay demasiado que hacer, para estar deteniéndose a porfiar con alguien que no nos quiere. Sacudirnos el polvo de los zapatos y seguir adelante…Es decir, no dejarnos desalentar.
Envestidos del Poder que sólo Él es capaz de darnos, nos pide marchar a anunciar el Reino de Dios y a curar a los enfermos. Me parece importante tomar nota que sólo nos encarga dos tareas ¡sólo dos!
El enfermo, el disminuido, el que no puede valerse por sí mismo, el que está sufriendo, merece compasión y por lo tanto nuestra atención. Es a estos hermanos a los que el Señor nos envía a curar. Pero esta cura no es solamente física. Es que el Señor no sólo se refiere a los enfermos físicamente, sino a todo aquello que envenena el espíritu, aquello que tergiversa la realidad, que nubla la razón, que debilita o daña el alma. Es nuestro mandato: ¡curar!
Y en qué consiste anunciar el Reino. ¡Pues en llevar la Buena Nueva. En dar esperanzas a quien tiene un corazón dispuesto, a aquellos que sinceramente lo está buscando. “Dios, que es AMOR, es nuestro Padre. Y porque nos ama, quiere nuestra felicidad. El reino ya está aquí; está en nuestros corazones y viene creciendo y propagándose por el amor. Aprendamos a amar como El nos ha amado y alcanzaremos la Vida Eterna”.
El Reino se anuncia con la vida misma. Seamos portadores de la buena nueva allí donde estemos, por donde nos movamos.

Oremos:

Señor Jesús, dame la fortaleza para proclamarte con mi vida, allí por donde voy, con quien estoy, en todo lo que hago. ¡Que mis obras hablen de ti!
Hazme portador de consuelo para el que sufre, para el que no tiene nada, para el que ha sido abandonado y desahuciado.
Que no me preocupe tanto en lo que debo llevar, como en lo que debo dar. Que acoja generosamente al que sufre, compartiendo y comprendiendo su dolor. Si está en mis manos aliviarlo, Señor, que sea capaz del sacrificio y que no me corra cobardemente.
Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Reflexión: Mt 20,1-16

Las categorías del Señor no son las nuestras. Todos son llamados en algún momento. Unos más temprano y otros más tarde, per5o para todos el “premio” es el mismo, la paga es la misma. Todo el que hace caso a la invitación y lo sigue, todo el que cambia su vida a partir del momento en que es llamado y se pone a trabajar por el reino, recibirá la Vida Eterna. ¿Qué más podemos desear? ¿Qué más podemos pedir?
¿Nos parece injusto? ¿Por qué si yo lo seguí toda mi vida, aquél que llevó una vida licenciosa y a última hora se arrepiente recibirá lo mismo? Eso nos molesta. Pues debemos aprender a alegrarnos con Jesús por todos aquellos que regresan al redil, que se unen al camino, como Él lo hace.
Si uno de nosotros se pierde, Él sale a buscarlo; si tan sólo logra convencer a uno, por uno sólo, habrá valido el trabajo. Esa es la forma de ver de Cristo, muy distinta a la nuestra.
Entonces, dejémonos de estar juzgando por qué a el tanto, por qué a mi tan poco. Sigamos al Señor, que Él sabrá darnos lo que merecemos al final de los tiempo y lo que tengamos será suficiente para ser felices toda una eternidad.

Oremos:

Señor te pido que apartes de mi mente toda ridiculez y mezquindad, para no andar juzgando a mis hermanos, dando a todos lo más que puedo, aun a esos que me molestan, porque pienso que tienen tanto y no les ha costado.
Que no juzgue…¿Quién soy yo para juzgar?
Que mire la biga que tengo en mi ojo, antes que andarme fijando en la paja del ojo ajeno.
Dame confianza, fe y ternura, para nadar por el mundo reflejándote a Ti. Que seas tú quien brille en mí.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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