ago 08 2010

Lucas 12, 32-48

Texto del evangelio (Lc 12, 32-48)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino. Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos! Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».

Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?». Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda en venir’, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles. Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más».

Reflexión: Lc 12, 32-48

No sé por qué siempre que hacemos una lectura como esta, tendemos a fijarnos más en el castigo y lo sentimos como una amenaza o una advertencia, que nos obliga a actuar bien, para evitar el castigo. Sin embargo, creo que el Señor trata de persuadirnos más bien de actuar con sentido común. Si sabemos que es lo correcto, qué es lo conveniente, ¿no debíamos concentrarnos en proceder de este modo?

Volvemos al tema que revisábamos estos días…Es un asunto de fe. Lo oímos, pero no queremos escucharlo, no queremos entenderlo. Se trata de decidir, de elegir lo que más nos conviene, pero tenemos tantas ofertas, que finalmente escogemos las que nos deslumbran, preferimos aquellas que nos ofrecen satisfacción inmediata, las que nos ofrecen deleite, placer, sin costo ni sacrificio alguno. No queremos promesas de largo alcance, no queremos proyectos de vida, queremos la felicidad plena y total, aquí y ahora.

Y, lamentablemente las hay. Hay propuestas ligeras, livianas, frívolas, que parecieran calzar con nuestras expectativas. Qué deseo de tomarlas…¿Por qué hacer lo que nos encargó el dueño de la hacienda? ¿Por qué no disfrutar? ¿Por qué no organizar una gran fiesta, un gran banquete mientras haya con qué? ¿Y después? Después ya veremos…

Caemos en la tentación de disfrutar el momento, de escoger la senda fácil, sin advertir que tenemos una misión encomendada por nuestro Señor. Misión a la que debemos dedicar toda nuestra vida, no sólo algunos momentos, porque es el cumplimiento de esta tarea lo que más nos conviene, porque solo así acumulamos riqueza  “donde no llega el ladrón, ni la polilla”.

Es un tema de fe, porque está dicho hasta el cansancio que si sabemos dónde se encuentra el tesoro más valioso, la perla más hermosa, lo razonable sería que vendiéramos todos y compráramos aquél lugar, sabiendo que de este modo no perderíamos, sino que por el contrario nos aseguraríamos el mayor tesoro. Siendo esto lo que dicta el sentido común, no lo hacemos ¿Por qué? Pues simplemente porque no le creemos al Señor; porque no importa cómo nos lo diga, ni cuantas veces nos lo demuestre, finalmente dudamos y entonces nos hundimos. Es un problema de fe.

El Señor no manda ir al templo los domingos, ni disponer una hora o un tiempo determinado para la oración. El Señor quiere que vivamos cristianamente SIEMPRE, no sólo en determinados momentos u ocasiones. Y solo somos cristianos si amamos a Dios por sobre todas las cosas y a nuestros hermanos como a nosotros mismos. Este ha de ser nuestro proceder SIEMPRE. Ese es el mandato y esta la actitud en la que espera encontrarnos.

Oremos:

Padre Santo, te damos gracias porque has querido darnos el mayor tesoro, porque nos has querido a tu lado, porque nos has hecho partícipes del Reino. Permítenos vivir conscientes de este gran don, que Te ha parecido bueno entregarnos. Que vivamos como dignos hijos tuyos, manteniendo este tesoro y compartiéndolo con los demás. ¡Danos fe! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jul 06 2010

Mateo 9, 32-38

Texto del evangelio (Mt 9, 32-38)

En aquel tiempo, le presentaron un mudo endemoniado. Y expulsado el demonio, rompió a hablar el mudo. Y la gente, admirada, decía: «Jamás se vio cosa igual en Israel». Pero los fariseos decían: «Por el Príncipe de los demonios expulsa a los demonios».

Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies».

Reflexión: Mt 9, 32-38

Cualquier excusa es buena cuando no queremos dar crédito a lo obvio, a lo evidente, que ocurre frente a nuestros ojos. Es que no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír. El Señor declarará luego que un reino dividido termina por destruirse, así que son infundadas las sospechas de los Fariseos, que lo que hace es producto del demonio, su enemigo, nuestro enemigo.

Bueno, para los fariseos siempre hay excusas, porque en realidad su fe es pura decoración. Se trata de una postura que guardan por conveniencia, por pura apariencia, para obtener algún beneficio; ya sea reconocimiento, fama, autoridad u otra parecida, a costa de los ingenuos.  Los fariseos son fofos, vacíos, falsos. Hemos de cuidarnos de ellos, porque no entran, ni dejan entrar; porque son hipócritas y traicioneros. No tiene escrúpulos y te entregarán a la primera que puedan, si con ello logran algún beneficio personal, ya sea económico o político.

El Señor ve entonces, como lo haría ahora seguramente, que hay mucho por hacer, que el pueblo de Dios, la gente humilde, se encuentra abandonada, desorientada, buscando la luz entre tanto lobo, entre tanta mentira y cinismo. Es difícil encontrar la verdad, cuando se trafica con su necesidad, cuando entre engaños se les utiliza, conduciéndolos a la perdición. Los poderosos y lo que es peor, los fariseos, es decir, aquellos que en realidad conocen, saben de Jesús, han oído la Verdad, la distorsionan a fin de servirse de esas personas, de tenerlas sumisas, de sacarles provecho para si, ya sea explotándolas económicamente, socialmente o políticamente. A estos les conviene desorientarlos, mantenerlos en la ignorancia, embrutecerlos; siembran discordia, odio, competencia insana, egoísmo…Toda esta es obra del demonio que se vale de la hipocresía, de la mentira, de la apariencia, para lo cual los que mejor se prestan son los fariseos…

Y es que los fariseos no son unos señores que vivieron en los tiempos de Jesús,  sino todos los que dicen creo, solo por aparentar, por ganarse el respeto de los ingenuos, porque sin ningún escrúpulo mienten, con tal de ser aceptados, con tal de ser respetados, con tal de ser admirados, con tal de ocupar un cargo de reconocimiento o mantenerlo. Son, pues, sepulcros blanqueados: lindos por fuera y podridos por dentro.

Ante esta perspectiva, en la que efectivamente el que gobierna es el demonio, es preciso contar con obreros leales, que conozcan a Jesús y mantengan la fidelidad a su palabra. Por ellos nos recomienda Jesús pedir al Padre, para que hayas más obreros entusiastas, dispuestos a construir y difundir el Reino, un Reino de paz, de amor, de luz y de verdad, a imagen y semejanza de Dios.

Hemos de ser nosotros los portadores de este mensaje, a un mundo que parece desesperanzado, perdido: “al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor…”

 

Oremos:

Padre Santo, danos fe y convicción, para guiar a nuestros hermanos a la luz…para levantar siempre la bandera de la verdad. Para que seamos capaces de brindar claridad de criterios, allí donde parece reinar el desconcierto y el relativismo. Que no sea tanto por lo que decimos, como por lo que hacemos. Danos la fortaleza para actuar siempre guiados por el bien y el amor. Que seamos ejemplos de vida santa. Que seamos portadores de paz y unión. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 07 2010

Mateo 5, 1-12

Texto del evangelio (Mt 5, 1-12)

En aquel tiempo, viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».

Reflexión: Mt 5, 1-12

El Señor está con los pobres, con los débiles, con todos aquellos que dan todo lo que tienen de sí por el Reino, por eso dirige sus Bienaventuranzas principalmente a ellos. ¿Qué nos quiere decir con ello? ¿Es que quiere excluir a los demás? ¿Es que nos quiere excluir a ti y a mí, que a lo mejor no somos pobres de espíritu? ¡No señor!

Y antes de proseguir, preguntémonos ¿qué es un “pobre de espíritu”?  Pues ha de ser aquél humilde, que no tiene mucho de qué jactarse, por qué sentirse único, especial, privilegiado, con conocimientos y credenciales académicas suficientes como para sentirse por encima del común denominador y a veces incluso, para sentir que con derecho puede mirar a cuantos le rodean por encima del hombro, pues no tiene ni para empezar con él.

Es que lamentablemente cuando alcanzamos cierta notoriedad por nuestros conocimientos, por nuestra capacidad intelectual, por nuestros logros académicos, tendemos a envanecernos. La soberbia nos invade y queremos ser tratados de modo especial. ¡Ay de nosotros si perdemos la sencillez y la humildad, si esta riqueza nos obnubila, pues entonces, no podremos alcanzar el Reino! Estos se condenan solos, porque imbuidos de  pretensiones, de orgullo, de soberbia, erigen pedestales en su propio nombre, que los aísla y ponen por encima del común de los mortales, haciendo de su “riqueza” espiritual un obstáculo para entender y comprender a sus hermanos y la palabra del Señor. Y es que la riqueza, de cualquier tipo, embota y entorpece el alma de todo aquel que se hace esclavo de ella, al extremo que le cuesta, e incluso se vuelve incapaz de desprenderse un milímetro de ella. Así, solo se condena, porque “vino la luz y prefirió andar en las tinieblas”. ¿De qué le sirven tantos títulos y distinciones, si al final pierde el Reino? Más le hubiera valido quedarse en la ignorancia del común de los mortales…De allí que sean bienaventurados los pobres de espíritu,  porque ellos son capaces de comprender con humildad que Dios Padre, creador de lo visible y lo invisible, está por encima de todo, que por ello debemos amarlo por sobre todas las cosas y a nuestros hermanos, como a nosotros mismos…Que esa es Su Voluntad y que no hay nada más sabio que cumplirla.

Todas las bienaventuranzas tienen que ver con la actitud que debemos tener los Hijos de Dios con respecto a la construcción del Reino. El Señor está con quienes libremente optan por el Reino y eligen seguir al Señor, sirviendo a Dios y a sus hermanos. El Señor bendice a quienes son capaces de elegir la Verdad, la Luz y la Vida. A quienes se empeñan por seguir este camino, que es el único que nos conduce de vuelta al Padre. El Camino que el Señor vino a restablecer y mostrar con su propia vida.

Oremos:

Seño, no permitas que nos envanezcamos, que nos sintamos únicos, distintos, perfectos y por encima de todos…como si el haber sido elegido fuera un privilegio del que debiéramos jactarnos, en vez de un motivo más para servirte a Ti y a nuestros hermanos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 23 2010

Mateo 6, 7-15

Texto del evangelio (Mt 6, 7-15) 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.

»Vosotros, pues, orad así: ‘Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».

Reflexión: Mt 6, 7-15

Me parece que no me equivoco al pensar que con el Padre Nuestro ocurre una paradoja. El Señor nos enseña una oración muy simple, pero de un significado muy profundo e íntegro, que prácticamente podría constituir el recuerdo de nuestra hoja de ruta, de nuestro plan de vida. Hemos de comportarnos así, es decir adoptando los valores y principios que nos propone esta oración. ¿Cómo no habría de reunir lo esencial, si fue el mismo Jesús que nos la enseñó, que nos la puso de modelo?

La paradoja está en que nos la enseñó Jesús para que no andemos llenándonos de palabras sin sentido al dirigirnos a Dios. Para que seamos concretos en lo que debemos pedir, siendo esta oración una manifestación de nuestra propia forma de vida. Porque no podemos orar de un modo y vivir de otro. La oración ha de ser un reflejo de la vida misma…Una confesión de fe; una adhesión a la Voluntad Divina en cada uno de los actos de nuestra vida cotidiana. De otro modo serán palabras huecas y sin sentido. Y eso es lo que lamentablemente hemos hecho del Padre Nuestro. La hemos aprendido de memoria y la recitamos quinientas veces, un millón de veces, sin reparar en lo que decimos, convirtiéndose, entonces, en una fórmula memorística, hueca y sin significado, tanto como el discurso interminable de aquellos que pretender palabrear, chamullar a Dios.

Ojala nos detuviéramos un momento a analizar lo que decimos y lo dijéramos de corazón. Con esta sola oración bastaría. Eso fue lo que nos reveló Jesús, para que no andemos con rodeos. Jesús nos llama a seguirlo; hemos pues de asumir el Padre Nuestro como nuestro programa.

“Padre nuestro”, es nuestra primera confesión, tras la cual estamos reconociendo que Dios es nuestro Padre, nuestro creador. Nosotros somos sus hijos y como tales, le debemos obediencia. Además, si todos somos sus hijos, quiere decir que somos hermanos, por lo tanto nos debemos amor fraterno. Mi prójimo no es cualquier cosa: es mi hermano, tanto si es rico, como pobre, lisiado, como intelectual o alcohólico…

“…que estás en los cielos, santificado sea tú Nombre”, es decir que nuestro Padre, ocupa un lugar de mucho respeto en nuestra vida. Todo lo ha hecho y creado para nosotros, por lo tanto, lo menos que podemos es honrarlo, usando todo como corresponde, de este modo estaremos santificando su Nombre. Cuando blasfemamos, cuando maldecimos, cuando nos impacientamos y descontrolamos, cuando actuamos violentamente, dejamos de reconocerlo y santificarlo en todo.

“Venga tu Reino”, es pues un reconocimiento de lo que queremos alcanzar, de cómo queremos vivir. El Reino de Dios es un Reino de amor y Jesús mismo nos lo dice, “no es de este mundo”. Quiere decir entonces que estamos dispuesto a nacer de nuevo, a cambiar, para guardar correspondencia con él. Si eso es lo que queremos, hemos de vivir como Él nos manda.

“…hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo”, es la adhesión plena a lo que Dios disponga, sabiendo que todo lo  ha hecho bien y que estamos dispuestos a cumplir con lo que Él nos indique. Es aquí en la tierra donde a nosotros nos corresponde hacer su Voluntad. No tenemos que encerrarnos en elucubraciones filosóficas respecto al sentido de la vida, y la correspondencia que este puede tener con nuestra super hiper sofisticada vida…No. Se trata de hacer siempre lo correcto y de amar al prójimo…o exagerando, como diría San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. Es que si amas, no harás daño.

“Nuestro pan cotidiano dánosle hoy”, Tú sabes mejor que nadie cuales son nuestras necesidades, no dejes de atenderla hoy también. Nos conformamos con lo que hoy podemos recibir, porque a cada día debe corresponderle su afán. Nosotros debemos concentrarnos en hacer su Voluntad, cada día; no sólo algunos días o en algunos momentos. Ello debe llevarnos a desprendernos de nosotros mismos, de nuestra exigencias, de nuestras aspiraciones, de nuestro deseo de acumular para tenerlo todo asegurado hasta nuestra muerte y después de ella. En cambio el Señor nos aconseja pedir por lo que necesitamos hoy, nada más. Vivamos hoy, como si fuera el último día de nuestras vidas.

“… y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores;” la condición para obtener perdón es perdonar. Si queremos que Dios nos perdone nuestras faltas hemos primero de perdonar a nuestro hermanos y no andar con rencillas, con odios, con injurias y con iras malsanas. Tenemos que aprender a perdonar, hoy. Que al llegar el fin del día, no tengamos deudas con nadie, y que hayamos perdonado de corazón a todos los que las tenían con nosotros…Entonces seremos dignos del perdón que pedimos.

“…y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’”. No permitas que nos salgamos del camino, que nos desviemos, El demonio está al asecho todo el día, buscando tentarnos en nuestra debilidad, allí donde somos más vulnerables…No permitas Señor que esto ocurra. Aléjanos del mal, que existe, que nos rodea, que nos tienta…

Esta es la oración que nos pide Jesús cada día. Este el sentimiento que debe brotar tras el Padre Nuestro. El recuerdo de nuestro compromiso de seguir cada día el Programa, el Plan que nos propone Jesús.

Oremos:

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 25 2009

Reflexión: Mt 20,20-28

Mt 20,20-28

Hoy, en el fragmento del Evangelio de San Mateo encontramos múltiples enseñanzas. Me limitaré a subrayar una, la que se refiere al absoluto dominio de Dios sobre la historia: tanto la de todos los hombres en su conjunto (la humanidad), como la de todos y cada uno de los grupos humanos (en nuestro caso, por ejemplo, el grupo familiar de los Zebedeos), como la de cada persona individual. Por esto, Jesús les dice claramente: «No sabéis lo que pedís» (Mt 20,22).

Se sentarán a la derecha de Jesucristo aquellos para quienes su Padre lo haya destinado: «Sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre» (Mt 20,23). Así de claro, tal como suena. Precisamente decimos en español: «No se mueve la hoja en el árbol sin la voluntad del Señor». Y así es porque Dios es Dios. Digámoslo también a la inversa: si no fuera así, Dios no sería Dios.

Ante este hecho, que se sobrepone ineludiblemente a todo condicionamiento humano, a los hombres sólo nos queda, en un principio, la aceptación y la adoración (porque Dios se nos ha revelado como el Absoluto); la confianza y el amor mientras caminamos (porque Dios se nos ha revelado, a la vez, como Padre); y al final… al final, lo más grande y definitivo: sentarnos junto a Jesús (a su derecha o a su izquierda, cuestión secundaria en último término).

El enigma de la elección y la predestinación divinas sólo se resuelve, por nuestra parte, con la confianza. Vale más un miligramo de confianza depositada en el corazón de Dios que todo el peso del universo presionando sobre nuestro pobre platillo de la balanza. De hecho, «Santiago vivió poco tiempo, pues ya en un principio le movía un gran ardor: despreció todas las cosas humanas y ascendió a una cima tan inefable que murió inmediatamente» (San Juan Crisóstomo).

Rev. D. Antoni M. Oriol i Tataret (Vic-Barcelona, España)

Oremos:

Señor concédenos humildad para servir con gusto a nuestros hermanos, sin esperar nada a cambio.

Que no busquemos privilegios ni distinciones de ningún tipo; por el contrario que nos hagamos servidores de todos y no descansemos hasta haber atendido al último.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 24 2009

Reflexión: Mt 13,18-23

Mt 13,18-23

Hoy contemplamos a Dios como un agricultor bueno y magnánimo, que siembra a manos llenas. No ha sido avaro en la redención del hombre, sino que lo ha gastado todo en su propio Hijo Jesucristo, que como grano enterrado (muerte y sepultura) se ha convertido en vida y resurrección nuestra gracias a su santa Resurrección.

Dios es un agricultor paciente. Los tiempos pertenecen al Padre, porque sólo Él conoce el día y la hora (cf. Mc 13,32) de la siega y la trilla. Dios espera. Y también nosotros debemos esperar sincronizando el reloj de nuestra esperanza con el designio salvador de Dios. Dice Santiago: «Ved como el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperando con paciencia las lluvias tempranas y tardías» (St 5,7). Dios espera la cosecha haciéndola crecer con su gracia. Nosotros tampoco podemos dormirnos, sino que debemos colaborar con la gracia de Dios prestando nuestra cooperación, sin poner obstáculos a esta acción transformadora de Dios.

El cultivo de Dios que nace y crece aquí en la tierra es un hecho visible en sus efectos; podemos verlos en los milagros auténticos y en los ejemplos clamorosos de santidad de vida. Son muchos los que, después de haber oído todas las palabras y el ruido de este mundo, sienten hambre y sed de escuchar la Palabra de Dios, auténtica, allí donde está viva y encarnada. Hay miles de personas que viven su pertenencia a Jesucristo y a la Iglesia con el mismo entusiasmo que al principio del Evangelio, ya que la palabra divina «halla la tierra donde germinar y dar fruto» (San Agustín); debemos, pues, levantar nuestra moral y encarar el futuro con una mirada de fe.

El éxito de la cosecha no radica en nuestras estrategias humanas ni en marketing, sino en la iniciativa salvadora de Dios “rico en misericordia” y en la eficacia del Espíritu Santo, que puede transformar nuestras vidas para que demos sabrosos frutos de caridad y de alegría contagiosa.

P. Josep de Calasanç Laplana OSB (Monje de Montserrat, Cataluña, España)

Oremos:

Pidamos al Señor que nos ayude a dar frutos, a cuidar apropiadamente de nuestra para que llegado el momento podamos dar una buena cosecha.

Pongámonos en sus manos llenos de fe y esperanza, sabiendo que en último término Él podrá hacer que nosotros demos los frutos que nuestros hermanos necesitan para su salvación.

Haznos instrumentos de fe.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 07 2009

Reflexión: Mt 9,32-38

Mt 9,32-38

Qué mezquinos somos los humanos…Cuantas veces sospechamos de los que sólo hacen el bien. Como ladrones, juzgamos a todos de nuestra condición. “Qué se traerá este entre manos –nos decimos- ya que hace tanto bien”. No somos capaces de creer en la bondad de las personas. Y sin embargo, existen muchas buenas personas en el mundo, dispuestas a dar sin recibir nada a cambio.

El Señor se compadece al ver tanto sufrimiento y falta de fe. Va enseñando, proclamando el Reino y sanando, porque una fe sin obras es una fe muerta. Como Hijo de Dios, que es Amor, no puede pasar por el mundo sin prodigar a mor a quienes se le cruzan por el camino. Pero entonces, como ahora, Jesús constata que hay tanto por hacer, hay tanta gente desconsolada, tantos que sufren y padecen, que es necesario orar para que el Dueño de la mies envíe más obreros a su mies.

 

Oremos:

Señor, haz de nosotros un instrumento eficaz para la evangelización del mundo. Que llevemos tu palabra a tantos hombres que la esperan ávidos, sedientos.

Danos el valor para cumplir nuestra misión, confiados en que si nosotros ponemos lo mejor que tenemos, tu harás el resto.

Queremos ser obreros en tu mies, pues no existe mejor ocupación para nuestras vidas. Que actuemos siempre y en todo lugar en tu nombre, siendo siempre portadores de unión, esperanza, paz y amor.

Roguemos al Señor…

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abr 10 2009

Reflexión: Jn 18,1—19,42

Jn 18,1—19,42

Todo ocurre conforme estaba escrito, hasta el último suspiro. De nada se retracta y muere sólo y abandonado por todos. Luego de haberlo visto tantas veces antes escabulléndose, evadiendo a cuantos quería atraparle y ajusticiarlo, llegada la hora, está ahí, cargando con su cruz, hasta la muerte.

¿Qué fue de todos los que había curado? ¿Qué de todos cuanto le habían oído y creído? ¿Qué fue de las muchedumbres que le seguían? ¡Hasta Pedro, el discípulo al que tantas veces antes había distinguido Jesús, el que tantas veces había proclamado que lo seguiría a donde fuera, hasta él lo abandono…! ¡No sólo lo abandono, sino que incluso lo negó!

Entre sus discípulos, entre sus más allegado estuvo el que lo traicionó. ¿Qué ocurrió? ¿Cómo fue que todos cambiaron hasta el extremo de mostrar tal grado de desamor e indiferencia, cuando no odio? Razonablemente no lo puedo explicar. Tal vez todos se acobardaron como nos sucede tantas veces, cuando sentimos que llevamos las de perder. O quizás se cansaron de esperar una respuesta enérgica, fulminante de Jesús. Si había mostrado tanto poder sobre las enfermedades, sobre las fuerzas naturales, incluso sobre la muerte…¿por qué no vencía a sus enemigos o se libraba de ellos? ¿Bastaría con un chasquido de sus dedos para vencerlos y atraería a todo el mundo tras Él de nuevo y quizás con más fuerza, pues se habría impuesto finalmente como el Rey de los Judíos que todos esperaban, aquél que los libraría de la opresión Romana.

Pero no. Jesús desconcierta a todos. A Judas, que termina por entregarlo; a Pedro que lo niega tres veces; al pueblo que pide que lo crucifique; a Pilatos, que no encuentra culpa en él…

Es que Jesús es el Rey de un Reino que no es de este mundo y en el que sin embargo todos estamos invitados a participar.

Oremos:

Señor, no soy digno que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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mar 17 2009

Reflexión: Mt 18,21-35

Mt 18,21-35

¿Cómo será el Reino?, nos preguntamos muchas veces. El Señor nos dice como es. Es decir, una primera idea que salta a la vista es que el Reino ES…no será. Ya hoy y aquí, como en aquel entonces, lo estamos construyendo, pero él es. Quizás podemos decir en proceso, en desarrollo, en un devenir…pero es.

La segunda idea es que nuestro perdón no debe tener límites. La expresión parece absurda, innecesaria y exagerada. Me recuerda a las discusiones que tenía con mis hermanos cuando era pequeño y uno decía infinito, el otro agregaba infinito más uno y finalmente supuestamente ganaba el que terciaba infinito más infinito…y la discusión se prolongaba interminablemente por precisar quien había dicho más. Está muy claro: Nuestra capacidad de perdonar no debe tener límites.

Y, finalmente toda la historia que nos relata nos recuerda ni más ni menos que al Padre Nuestro. Es la misma y única prédica de Cristo, abordada de otro modo. Como tratas, serás tratado. Con la misma vara que mides, será medido. Si quieres que Dios Padre te oiga, sea compasivo y te perdone, oye a tus hermanos, se compasivo y perdónalos primero. No es cuestión de decir Señor, Señor…Es cuestión de obrar, de amar, de pasar por el mundo como Él, haciendo el bien.

El Señor, nuestro Dios, es bueno y compasivo con nosotros. Ya lo ha sido, al enviar a su único Hijo a salvarnos, a redimirnos del pecado, a enseñarnos el Camino. Nosotros debemos actuar en consecuencia. Eso es lo que nuestro Padre Celestial espera.

Oremos:

Dios Santo, danos la capacidad, la paciencia, el amor y la sabiduría necesaria para perdonar a nuestros hermanos, pero de corazón, con hechos…no de palabra hueca y vacía. Que nuestra actitud, nuestra mirada, nuestro gesto sea otro, “hasta setenta veces siete”.

Que no llevemos cuentas de las ofensas, ni de los malos tratos. Esto lo solemos recordar inmediatamente y cambiamos de actitud. Que sepamos dominarnos y que voluntariamente, con valor y decisión obremos con quienes no nos quieren, con quienes han manifestado su antipatía hacia nosotros, incluso con aquellos que nos han hecho daño, como si fueran nuestro mejores amigos, sin reparo, sin medida, sin límites…¡Qué difícil, Señor! Pero con tu ayuda todo lo podemos.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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mar 13 2009

Reflexión: Mt 21,33-43.45-46

Jesús no se anda con rodeos, ni le dora la píldora a nadie. Es que ha venido para revelar la verdad y enseñar el camino y en esta ocasión sin ningún reparo se la canta a los poderosos: los grandes sacerdotes y los notables.

La parábola es prácticamente un resumen de la historia sagrada, es decir la historia de la relación de Dios Padre con nosotros, su pueblo. Es un anticipo de lo que ocurrirá con Él a manos de los “inquilinos de la viña”. Sus palabras son incómodas y provocan la ira de los poderosos, que de buena gana lo hubieran detenido y seguramente desaparecido, si no hubiera estado acompañado por una multitud que lo seguía.

El cambio de categorías es total. El Señor ve con otros lentes, con otra óptica el mundo y esta no coincide con la visión del poder establecido. No lo hizo entonces, no lo hace ahora. ¿Cómo podría estar de acuerdo ahora en cómo llevan los que detentan el poder este planeta, si teniendo suficiente riqueza para terminar con el hambre y la pobreza, la destinan a la fabricación de armas, a la guerra, al asesinato, al asedio, a la persecución de pueblos indefensos, al abuso y al maltrato?

Les dio la viña ¿y qué han hecho? ¿Qué hacemos nosotros con la parte que recibimos? ¿Cuál es nuestra responsabilidad en este maltrato? ¿De qué lado estamos? “La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido.”

A los que actuamos irresponsablemente con todo lo recibido, a los que somos indiferentes y con ello consentimos el maltrato a nuestros hermanos y a toda esta heredad, al planeta, “Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos”.

¡El que tenga oídos que oiga!

Oremos:

Señor, dame tu luz para ver en cada ocasión el lado de la justicia, el lado del amor, el lado de la verdad.

Sí, es seguro que casi siempre este estará del lado de los pobres, de los humildes, por ello te pido que aparte de mi la soberbia y la comodidad, que me ciegan y nublan la vista.

¡Hazme perfecto como nuestro Padre que está en el cielo! ¡Hazme santo!

Dame fe.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 11 2009

Reflexión: Mt 20,17-28

Qué fácil es pedir y buscar para nosotros privilegios…ser los primeros, ser los más grandes. No dejamos de pensar e imaginar el Cielo con nuestras categorías, por eso queremos estar siempre adelante, arriba, primeros.

Sin embargo el Señor nos recuerda algo que es central en su predicación y que debe serlo siempre en el proceder y en la actitud verdaderamente cristiana. El que quiera ser grande, el que tenga poder, debe hacerse servidor de los demás, el que quiera ser primero debe hacerse esclavo.

Incluso dice, podría darse el caso que alguno de nosotros esté dispuesto a llegar al sacrificio que Él está próximo a realizar, pero no depende de Él otorgar ningún privilegio en el Cielo. Pero Él mismo no ha venido a sacrificarse para ganar un puesto, sino para salvarnos. Es decir que antes que cualquier recompensa, antes que cualquier beneficio o ganancia a la que pudiéramos sentirnos merecedores, está el servir. Como siempre e invariablemente, primero están los demás. Esta es la verdadera actitud cristiana: dispuesta siempre a servir, aún hasta el sacrificio más grande por los demás…Lo que venga después, es cuestión que corresponde decidir a nuestro Padre amado.

Oremos:

Siempre estamos pensando en nuestros beneficios, en lo que estamos dispuestos a pagar por aquello que queremos ganar. Señor, que no pensemos tanto en nuestras ganancias como en el bien que podemos hacer a los demás.

Que nuestra mejor motivación sea el servicio a los demás. Antes y primero cualquiera de nuestros hermanos, después nosotros.

Queremos seguir tu ejemplo y servir al mundo tal como tú nos enseñaste. Si hemos de ser esclavos que sea del amor.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 01 2009

Reflexión: Mc 1,12-15

El Espíritu no solo guía, sino empuja al Señor. Quiere decir que no sólo vela por nosotros, que nos conduce, sino que a veces incluso nos empuja a aquello que nos conviene. El Espíritu necesita apartarse, necesita reflexión. Necesita silencio, sintonía para ver las cosas como Dios las ve y como quiere que las veamos. Se necesita una disposición especial, salir de uno mismo, de la rutina, de mis paradigmas, de mis normas, de mis estereotipos, para ver el mundo del modo que Dios lo ve. Solo entonces puedo comprender mi misión, aclarar mi mente y poner los medios para construir el Reino.

Una sola es la verdad, una sola mi misión, uno solo mi deber. “El tiempo se ha cumplido”. Es decir, ha llegado el momento. No hay nada más que esperar. Cristo nos ha develado la Verdad, es el Camino, la Luz y la Vida. No hay nada más que esperar. La tenemos al frente; o mejor aún, en nosotros, entre nosotros y debemos proclamarla. El Reino está por llegar. ¡Debemos acogerlo y anunciarlo!

¿Qué debemos hacer? Convertirnos y creer en la Buena Nueva. Este es todo el programa. Este es nuestro Plan, esta nuestra Misión. Al igual que Cristo, proclamar la Buena Nueva, con nuestra vida. No hay nada más que esperar. El tiempo se ha cumplido. Es decir que tenemos todos los elementos en nuestras manos. La Verdad ha sido revelada y nosotros la conocemos. Para eso vino el Señor y eso es lo que ha hecho. Ha llegado el tiempo de tomar partido.

La Salvación del mundo está en nuestras manos. Cristo lo ha hecho posible.

Oremos:

Señor, haznos instrumentos tuyos. Que guiados por tu luz andemos por el mundo dando testimonio de ti.

Danos discernimiento para distinguir en cada momento, en cada ocasión lo que esperas de nosotros, para que obremos conforme al Plan, para que nuestros hermanos te vean a ti a través nuestro y te sigan, convencidos, como lo estamos nosotros, que en ello consiste nuestra felicidad y nuestra salvación, que no otra cosa quieres para nosotros.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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