ago 06 2010

Marcos 9, 2-10

Texto del evangelio (Mc 9, 2-10)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo.

Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» -pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados-.

Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Éste es mi Hijo amado, escuchadle». Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de «resucitar de los muertos».

Reflexión: Mc 9, 2-10

Este pasaje sin duda es hermoso y enternecedor, tanto por los hechos extraordinarios que narra, como por la reacción de los apóstoles que tuvieron la dicha de ser elegidos por el Señor para presenciar, para ser testigos anticipados de su Gloria.

Estaban pues con el Hijo de Dios y por si todavía les quedaba alguna duda, después de lo que habían visto frente a sus ojos, el Padre mismo se los reveló con una voz que vino desde la nube: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”. Podemos imaginar lo sorprendidos y embobados que quedaron Pedro, Santiago y Juan. Se asustaron, se estremecieron…No sabían qué decir. Por otro lado experimentaban una paz, una dicha incomparable, que provenía entre otras cosas de ser testigos excepcionales de la procedencia Divina de Cristo, de su Maestro, a quien venían acompañando y oyendo, siendo testigos del poder extraordinario que desplegaba entre los más humildes, entre los más pobres, entre los afligidos, entre los pecadores. Se encontraban, sin duda, frente al Salvador, frente al Mesías anunciado. Por ello no atinaron a nada más que manifestar lo augustos que se sentían allí y su deseo de permanecer allí por todo el tiempo que el Señor dispusiera… «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»

¡Imagínense observar la Gloria de Dios, aun cuando sea por unos segundos! ¡Nadie querría moverse de allí! Eso ocurrió más o menos con estos apóstoles. Balbuceaban. Sin embargo muy rápidamente el Señor los “trajo a tierra”, recordándoles que tenía que cumplir una misión. Sin embargo, estos discípulos con los que había vivido tanto, todavía no entendían o no querían entender aquello de “hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Es que estamos muy dispuestos a tomar la cruz, a aceptar la misión, pero sin el dolor que esta conlleva. Y es que siempre habrá un “cierto dolor” en el desprendimiento, en el olvidarse de uno mismo, en el poner primero a los demás, en amar. No se trata de masoquismo, sino de entrega. De saber que dando se recibe. De estar convencido de este principio, hasta el extremo, hasta ser capaz de dar la vida por los hermanos, como Cristo. Esta es una exigencia. No hay otra forma de alcanzar la Vida Eterna. No hay otra forma de ser cristiano.

Oremos:

Señor, danos el valor de seguirte aun cuando las cosas parecen no ir también, aun en el dolor y la pena. No permitas que huyamos del sacrificio cuando este sea necesario para salvar a nuestros hermanos. Que no cuidemos tanto de nuestra integridad, como de la felicidad y el bien de los demás.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jun 27 2010

Lucas 9, 51-62

Texto del evangelio (Lc 9, 51-62)

Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Jesús se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo.

Mientras iban caminando, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro dijo: «Sígueme». Él respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa». Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios».

Reflexión: Lc 9, 51-62

Estamos entre riscos…El camino es empinado, exigente, difícil y sin embargo debes hacerlo, sin esperar consuelo, ni ayuda, ni que alguien salve por ti los obstáculos. No, no se retirarán de tu vida esos malos ratos, ese dolor, aquella tragedia. No, aunque no lo creas es verdad; aquello sucedió, fue así. Ojala no hubiera pasado, pero pasó. La vida no es fácil. Pero si tú crees que la tienes difícil, mira no más a tu alrededor; encontrarás a muchos que les va peor.

No, no es un competencia por saber quien aguanta más dolor, quien puede soportar mejor el sufrimiento, no. No se trata de eso. Pero la vida, nuestra vida es finita, es limitada; y tiene muchos altibajos, propios de la vida misma. No pretendas que sea otra cosa. No pretendas pasar indemne, sin sentir hambre, sin sentir frio, sin sentir dolor, sin perder a un hermano, a un amigo, a un padre.

No se pueden hacer tortillas sin romper huevos…¡Atrévete a vivir! Asume el reto…acéptalo. Haz lo que esté a tu alcance para que quienes van contigo, vayan siempre adelante, avancen, salten, sufran menos y tengan esperanza. No, no mires atrás. Anda, camina, se fuerte, resiste, pon tu mirada en la cumbre…Y cuando te sientas desfallecer, cuando las piernas parezcan flaquear, cuando estés por rendirte, por retirarte, por claudicar, recuerda a Jesús, que ya hizo esta camino y cuando estaba por llegar, entre empellones y burlas y con el peso de la cruz a cuestas, siguió para adelante, hasta la cumbre, hasta el fin, sabiendo que el Padre allí le esperaba para tomar su espíritu, aquél que jamás dejaría morir.

No, no es masoquismo, es la vida que tiene un sentido, que debes seguir, que nada ni nadie se puede escabullir. Si no avanzas retrocedes y no avanza el que huye, el que evita la pena, el hambre o el dolor, el que mira a otro lado  pretendiendo que lo que no le pasa, no pasa, que lo que no le afecta no ocurre, porque tarde o temprano le pasa y le ocurre y no hay nada ni nadie que pueda librarlo de ser. Que si está vivo es para ser, y ser es nacer, vivir y morir. La vida es todo un paquete, en el que viene todo junto y no puedes escoger solo aquello que equívocamente alguien te enseñó a gustar. No se trata de ti, de lo que a ti te gusta, de lo que a ti te afecta.

La vida y su gracia, su encanto y su ley están en lo que tu hermano, tu padre y tu madre pueden sentir. Mira a tu alrededor, alivia el dolor; lava, calma, cura, perdona; alumbra, contrarresta, serena y conduce. No te guardes. Entrégate, que dando se recibe y muriendo se alcanza la Vida Eterna.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a entender el amor…a comprender que hemos sido creados para el amor, que en el amor está nuestra realización, que solo amando viviremos…que solo vive quien ama, que solo ama quien da, que dar es olvidarse de uno mismo y que solo así se alcanza la Vida Eterna. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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feb 28 2010

Lucas 9, 28-36

Texto del evangelio (Lc 9, 28-36)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con Él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con Él. Y sucedió que, al separarse ellos de Él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor. Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle». Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

Reflexión: Lc 9, 28-36

Uno de tantos episodios asombrosos en la vida de Jesús. Es realmente espectacular y con mucho respeto diría digno del mejor filme de Spilberg. No sé por qué frente a este acontecimiento tendemos a reaccionar como si se tratara de algo inverosímil y distinto a todo lo que hemos venido viendo en la vida pública de Jesús. ¿Acaso es menos “espectacular”, por llamarlo de algún modo, que Jesús perdone los pecados, que devuelva la vista a un ciego, el andar a un paralítico o la vida a un muerto o que alimente a 5mil con unos cuantos panes y peces?

Estamos, pues, en presencia de Dios hecho hombre. Cristo es el Hijo de Dios Padre Eterno, como tal pertenece a la misma divinidad. Él mismo nos lo ha revelado. No es producto de nuestra imaginación. No se trata de ciencia ficción. Sí, posiblemente de una dimensión que nos resulta difícil comprender. Dios, creador del mundo, del universo y de todo lo existente, vive eternamente. Es y se mueve en un plano superior, que incluye y abarca el nuestro. Pero, Él nos ha creado para que vayamos a Él y vivamos con Él eternamente.

Dado que no comprendimos este mensaje, nos envió a su propio Hijo para que nos muestre el camino. Él, muriendo en la cruz y resucitando, nos mostró el camino. En el poco tiempo de predicación que tuvo entre nosotros, nos lo mostró. Nos reveló a Dios Padre y Su Voluntad: que nos amemos unos a otros, como Él mismo nos ama.

Para que entendamos este mensaje, Cristo nos dio muchas, muchísimas señales, entre ellas, la Transfiguración. Fue realmente indescriptible, tanto que los tres discípulos que lo acompañaron quedaron embobados, casi paralizados… “Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.” ¿Qué iban a decir? ¿Qué podían decir? Habían vivido una experiencia única, maravillosa, inexplicable. Algo que, como decimos en Cursillos, se tiene que vivir, que no se puede contar, que no se puede explicar, porque va más allá de nuestra razón, de nuestro pobre entendimiento…Algo que te llena de asombro, pero al mismo tiempo de paz, de esperanza, de alegría… “Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria…”

Más allá del asombro, fue tal la dicha que los embargó que “dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía.” Esta es la Gloria de Dios…un lugar sin tiempo ni espacio, que te llena de paz, de alegría, de plenitud…que está más allá de todo, por encima de todo, que una vez experimentado, no quisiéramos dejar jamás. Estas son primicias del Reino que a estos tres discípulos embobados, desconcertados, asombrados, les estuvo permitido ver, sentir, vivir…

Y aún pudieron oír: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle».

Todo empezó con Cristo subiendo al monte a orar. Y ocurrió mientras Jesús oraba. No es casual. Es claramente la muestra palpable del poder de la oración. De la importancia de la oración en la vida de Jesús y por lo tanto, también de lo que debe ser en nuestras vidas. La oración tiene esta capacidad de transformarnos, de elevarnos, de cambiarnos, de unirnos a Dios Padre, con Cristo y con todos aquellos que han hecho del cumplimiento de la Voluntad del Padre la razón de sus vidas…La oración nos une con Dios en un “plano”, en una “dimensión” sin tiempo ni espacio, donde Él habita, donde nos espera, donde estamos llamados a ir…La oración nos permite atisbar aquél horizonte que habremos de alcanzar siguiendo a Jesús.

Oremos:

Padre Celestial, ilumínanos para entender que por ningún motivo debemos alejarnos de Ti y que siempre te podremos encontrar, si somos capaces de apartarnos por un momento de todo cuanto nos aflige y perturba, para encontrarte en la Oración. ¿Cómo podremos oír tu voz si no oramos? Tú eres nuestra fortaleza, Tu nuestra roca. Sin Ti nada podemos, nada somos. Permítenos perseverar en la oración diaria. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 07 2010

Lucas 5, 1-11

Texto del evangelio (Lc 5, 1-11)

En una ocasión, Jesús estaba a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre Él para oír la Palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes». Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.

Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres». Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.

Reflexión: Lc 5, 1-11

El señor es capaz de estos prodigios y muchos más. La verdad es que siempre los está desarrollando frente a nuestros ojos, sino que muchas veces somos incapaces de verlos, porque estamos ciegos. El conduce y orienta nuestras vidas. Nos lleva de aquí para allá…Nos saca de aquí y nos pone allá. Algunas veces nos invita a hacer una elección; otras nos pone frente a varias disyuntivas…Tenemos que escoger, tenemos que elegir…Pero es Él quien propone, y va siguiendo nuestro desempeño. Nos anticipa los peligros, nos advierte y algunas veces nos da un empujón para que saltemos, para que salgamos, para que pasemos. Él no quiere que caigamos en las manos del maligno y hace lo indecible para cuidar el tesoro que tenemos en nuestro ser, nuestra alma, nuestro espíritu.  Sin embargo nosotros somos libres de decidir y está en nuestras manos escoger aquello que es el bien superior o sumergirnos y degradarnos en el miasma que nos propone el Príncipe del as tinieblas.

El Señor, como a Simón Pedro nos dice, vamos allá, ahí pescaremos…Pero nosotros, incrédulos, faltos de fe y muchas veces llenos de soberbia le increpamos, que no es lógico, que no lo haremos, porque no somos tontos. Ya hemos estado por allí y hemos visto y por tanto tenemos el convencimiento que no hay nada. No haremos el papelón. Entonces, no le hacemos caso y dejamos pasar una preciosa oportunidad. ¿Para qué? Para dar fruto. El Señor quiere que demos fruto y en abundancia. “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto.” (Juan 15, 1-2) “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.” (Juan 15,8)

El Señor sale a nuestro encuentro, a cada instante, en las más diversas circunstancias. Y es que Él, en realidad, está siempre con nosotros, acompañándonos, guiando nuestros pasos. Debemos hacernos disponibles  para oírle. Esto es Gracia que el mismo Señor concede a quien de veras lo busca, a quien de veras lo quiere. Oye a tu corazón. Medita, ora. No actúes irreflexivamente, como un animalito. Para eso Dios te dio inteligencia, para que te distingas de los animales, para que no sigas tus instintos, sino que piense y procures SIEMPRE el bien mejor, lo que realmente te conviene. Si siempre actúas así, no tendrás pierde. Y verás como nunca lo que más te conviene es hacer daño a nadie; por el contrario, mientras más bien hagas a los demás, más bien estarás haciéndote a ti mismo. Esa es la lección que viene a darnos Jesucristo: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.” (Juan 15, 12). “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos.” (Juan 15, 13)

Así que, prestémosle oídos y tiremos las redes por donde él nos indica y daremos mucho fruto. No hay nada más precioso que el ser humano. Por eso, el quiere hacernos “pescadores de hombres”. Si hemos visto la luz, no podemos esconderla bajo nuestra cama; no podemos guardárnosla para nosotros; tenemos que ponerla en lo alto, para que alumbre a los demás y así todos puedan encontrar el camino y dar todos el fruto a que están llamados.

 

Oremos:

Padre Santo, haznos digno de Tu amor. Que sepamos irradiarlo a nuestros hermanos; que no nos lo guardemos egoístamente tan sólo para nosotros. Que propiciemos y estemos atentos a esos encuentros que pueden cambiar una vida: ya seas las nuestras o las de nuestros hermanos. Abre nuestros ojos. Quita de nuestra alma tanto prejuicio, tanta maleza que solo nos impide brillar y ver el brillo de nuestros hermanos… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ene 13 2010

Lucas 1, 29-39

Texto del evangelio (Lc 1, 29-39)

En aquel tiempo, Jesús, saliendo de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles.

Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». El les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

Reflexión: Lc 1, 29-39

El Señor tiene una Misión y está aquí para cumplirla. Él es consciente todo el tiempo de ella; esto es lo que tenemos que imitar. Podemos hacer muchas cosas, ocuparnos de mil tareas en la vida, sin embargo no podemos dejar de lado nuestra Misión, no podemos perderla de vista y todo debe de algún modo confluir a ella.

Es importante la forma en que distribuimos nuestro tiempo; ello habla realmente de lo que somos y creemos. ¿Cuáles son nuestra prioridades? Hagamos como el Señor, que comienza el día apartándose y orando. ¿Cómo podemos hacer o pretender hacer la Voluntad de nuestro Padre, si no nos ponemos en contacto con Él. Es verdad, la vida toda debe ser una oración, pero no debemos dejar de buscar momentos expresamente dedicados a la oración durante el día…Y qué mejor que empezar y terminar el día orando.  En la mañana, pidiendo luz y poniéndonos a sus órdenes, en sus manos…En la noche, haciendo un balance de lo realizado, agradeciendo por las oportunidades y proponiendo alguna corrección para nuestros errores, para finalmente volvernos a poner en sus manos, para dormir en paz…

No perder de vista la Misión es fundamental. El Señor iba predicando, oyendo y curando, pero no se hizo “esclavo” de las necesidades de aquellos hombres y mujeres, que eran muchas. Si, las atendía, porque no podía ser indiferente y mientras estaba a su alcance y era posible, pues las atendía. Sin embargo cuanto más curaba, más crecía su fama y más gente lo buscaba…Aún sabiendo ello, aun conmoviéndose, no se entrega ciega y totalmente a esta tarea, sino que pone las cosas en orden. Ustedes quisieran que yo siga aliviando sus penas, sus dolores y sus males, y yo lo haré mientras pueda, pero…«Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido».

Predicar, anunciar el Reino, la Buena Nueva, esa es la Misión, para eso he salido. Para eso tenemos que salir cada día. Para eso estamos aquí. Para eso vivimos. “Eso” es lo que da sentido a nuestras vidas: anunciar el evangelio.

Oremos:

Señor, que no perdamos de vista lo verdaderamente importante. Que no dejemos de orar y anunciar el evangelio con nuestras vidas. No permitas que seamos atrapados por nada; aun cuando nuestro trabajo sea tan noble como curar a los que sufren, a los que padecen, que no dejemos por eso de anunciarte y de orar a nuestro Padre.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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ene 11 2010

Mateo 1, 14-20

Texto del evangelio (Mt 1, 14-20)

Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres». Al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras Él.

Reflexión: Mt 1, 14-20

Todo se cumple conforme a la Escrituras, conforme al Plan trazado por Dios Padre. Jesús tiene una Misión muy clara y específica: proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Esta es la misma misión que nosotros, sus seguidores debemos asumir. Nuestra vida llega a tener sentido en tanto, en cuanto la cumplamos.

En qué consiste esta Buena Nueva: pues en saber que aquello que esperábamos ya llegó. No hay nada más que esperar. Él, nuestro Salvador, está aquí, entre nosotros, tal como lo prometió desde siempre. Este es un primer dato importante que debe cambiar nuestra perspectiva de la vida. Jesús, el Mesías ha venido. Dios Padre, como no podía ser de otro modo, ha cumplido su promesa y nos ha enviado un Salvador: nada menos que a Su Hijo.

Lo segundo…”el Reino de Dios está cerca”. ¿Qué tan cerca? ¿Dónde está? ¿Por qué no lo vemos? Todas estas preguntas están respondidas de uno u otro modo en los Evangelios. En resumen podemos afirmar que está aquí, que nos rodea; que está en ti…que crece a nuestro alrededor, como el grano de mostaza, como el fermento…No lo vemos, porque hemos visto muchas películas de Spilberg y quisiéramos ver ejércitos uniformados de gente distinta, más grande, más blanca (o más negra, dependiendo de la raza), con poderes extraordinarios, tele transportándose de aquí a allá y haciendo prodigios asombrosos.

Y en cambio, Jesús, el Hijo de Dios, nació en el seno de una familia humilde, en un pesebre. Vivió, cumplió su misión y proclamó el Evangelio entre los más pobres y humildes, entre el pueblo de una nación oprimida. Es que Jesús, verdadero Hombre y verdadero Dios, nos trae un mensaje distinto. No está sujeto a nuestros criterios, a nuestra perspectiva, a nuestra forma de ver las cosas. Él rompe esquemas…En realidad rompe cadenas y nos libera de las ataduras de este mundo, para proponernos una perspectiva distinta y no por eso menos asequible. Acostumbrados a velar egoístamente por nosotros mismos, y habiendo hecho de este el modo de vida por excelencia, Jesús nos dice que estamos equivocados, que ese no es el camino, que hemos sido creados para el amor y que es por allí que debemos transitar.

Y, el amor exige desprendimiento, generosidad, sacrificio…Una perspectiva distinta, radicalmente distinta. Es solo así que podemos comprender por qué Jesús nace en un hogar pobre, en el seno de un pueblo oprimido y una familia perseguida. No, no es fácil seguir a Jesús…pero tampoco es imposible, sino no nos hubiera llamado a “hacernos pescadores de hombres”. Esa es nuestra misión: Creer en Dios y luego, o  conjuntamente, llevarlo a los demás. En eso consiste el Reino, y va creciendo…Es una “plaga” que crece incesante desde hace más de 2 mil años, que se propaga por el mundo. Que a veces en forma velada, y otras en forma abierta; que a veces en forma tergiversada, manipulada y no tan ortodoxa, tal vez, sin embargo sigue transmitiéndose, de aquí a allí y brota en los lugares menos esperados, sorprendiéndonos gratamente. ¡Dios está aquí! ¡El Amor está aquí! Solo hay que dejarlo crecer…Para eso, debemos cambiar; enderezar nuestros caminos…

Oremos:

Señor, haznos fieles seguidores tuyos. Que no claudiquemos ante la comodidad, ante la tentación egoísta. Sabemos que no es por allí que llegamos a Ti. Sabemos que Tú eres nuestra Salvación, que Tú solo quieres nuestro bien…Danos fe para entregarnos plenamente y seguirte confiadamente, sabiendo que donde hay amor estás Tú y por eso mismo, no transigiendo con el rencor, la envidia, la soberbia y todas esas manifestaciones de desamor… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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nov 30 2009

Mateo 4, 18-22

Texto del evangelio (Mt 4, 18-22)

En aquel tiempo, caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres». Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron.

Reflexión: Mt 4, 18-22

El llamado del Señor es imperativo. No deja lugar a dudas, ni espera. A los cuatro discípulos que llama en esta lectura los encuentra trabajando. Eran pescadores y estaban ocupados en sus labores cotidianas. Sin embargo al oír el llamado, dejan todo y lo siguen. No lo piensan dos veces, ni se ponen a calcular la conveniencia o inconveniencia…¿cuánto dejarán de ganar? ¿Cuánto perderán? ¿Cuánto estarán poniendo en peligro?

Los hijos de Zebedeo incluso dejan a su padre. Pedro y Andrés también acuden al llamado para convertirse en “pescadores de hombres”. ¿Qué tiene este Señor que inmediatamente cautiva a tal extremo de dejarlo todo por seguirlo?  Seguramente estos pescadores ya habían oído hablar de Jesús y tenían algún conocimiento del Mesías que habría de venir…Habrían escuchado hablar de Jesús, e imaginando cual sería su misión, que los llevaría seguramente a liberarse del yugo opresor de los Romanos, no dudaron un instante en unirse a aquél hombre que hablaba tan claramente, tan sabiamente y arrastraba multitudes…Ya debieron tener alguna referencia de Él…Por eso se unen inmediatamente.

Eran hombres valientes, sinceros, sencillos, generosos…que sabían del sufrimiento de su pueblo y ante el llamado de un líder que viene a liberarlos, a imponerse, no dudan ni un solo instante en unirse. Inmediatamente se ponen a órdenes del Señor. “Di Señor, que quieres que hagamos”. “Aquí estamos, a tus órdenes” “Tu manda, que nosotros inmediatamente obedeceremos.” Esta debió ser la actitud de los discípulos en general…

Había mucho por qué luchar…Sólo necesitaban un líder, y este apareció. Este sería, tal vez, el que liberaría al pueblo de Israel y los discípulos estaban dispuestos a luchar a su lado. Estaban lejos de comprender, seguramente, la trascendencia de la misión que el Señor les habría de encomendar.  Pero es su buena disposición y su entrega generosa lo que debemos rescatar hoy.

Oremos:

Padre Santo, danos el valor para responder al llamado de Jesús en forma inmediata, sin titubeos; para seguirlo y ponernos generosamente a su disposición, sin pedir nada a cambio. Que nos pongamos en marcha, sin excusas. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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oct 18 2009

Marcos 10, 35-45

Texto del evangelio (Mc 10,35-45)

 
En aquel tiempo, Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercan a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos». Él les dijo: «¿Qué queréis que os conceda?». Ellos le respondieron: «Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Jesús les dijo: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?». Ellos le dijeron: «Sí, podemos». Jesús les dijo: «La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado».

Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

Reflexión: Mc 10,35-45

¿En qué nos afanamos? ¿Qué nos preocupa? Queremos destacar. Queremos ser admirados. Queremos llamar la atención. Queremos que nos vean, nos admiren y envidien. ¡Qué grandes, qué importantes somos! ¡Oh, qué grandes somos! ¡Qué sabios! ¡Qué magnánimos!

Si eso es lo que queremos, estamos lejos del Camino del Señor. Él nos propone un camino totalmente distinto. Para ser primero hay que estar dispuesto a servir. Pero no se trata sólo de una disposición aparente, de fachada…No se trata de una pose, de una decoración. Se trata de una realidad. El más grande debe estar al servicio de los demás, exactamente como Jesús se pone al servicio de los pobres y humildes, de los desposeídos, de los marginados, de los discriminados. No es poesía, es acción.

Cómo un deseo una propuesta aparentemente tan inocente y humana, tan engañosamente exenta de malicia, puede encerrar en realidad toda una concepción egoísta, mezquina de la vida, a tal punto que lo demás apóstoles se llenan de vergüenza. ¡Qué pequeños! ¡Qué miserables! Ocupándose de tonterías, parecieran decir. ¿Qué es esto? ¿Haces las cosas por congraciarte, por lograr una distinción, por lograr un puesto? O las haces por convicción. . . El Señor ha venido a dar Su Vida por nosotros, sin miramientos, sin condiciones, sin pedirnos nada a cambio y nosotros con mezquindades y trivialidades, trabajando para las tribunas, para la galería, para el aplauso, para el reconocimiento. ¡Basta! ¡Comportémonos como verdaderos Hijos de Dios! ¡Hagamos todo por amor! No dejemos que nada corrompa nuestras intenciones, nuestros motivos. Procuremos siempre lo mejor, lo más alto, lo Bueno, la Verdad, la Justicia, el Amor.

Oremos:

Señor, purifica nuestro pensamientos, nuestras intenciones. Que no busquemos tanto la notoriedad, la fama, el prestigio, como el amor. Que no andemos cuidándonos tanto de recibir distinciones y reconocimientos, por el contrario que procuremos la alegría, la distinción, la felicidad y la sonrisa de los humildes, de los que nadie ve, de los que parecen estar allí para servirnos. Que nos interesemos por nuestros hermanos, sin condiciones, sin cuidar las apariencias. Que nos conformemos por tener como única razón el Amor. Amén

 
Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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