jul 22 2010

Juan 20, 1-2.11-18

Texto del evangelio (Jn 20, 1-2.11-18)

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».

Estaba María junto al sepulcro, fuera, llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní» —que quiere decir: “Maestro”—. Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

Reflexión: Jn 20, 1-2.11-18

El Señor es fiel a su Palabra. Cumple lo que nos ofrece, lo que nos promete. Lo que pasa es que nosotros no estamos dispuestos a creerle, por más evidencias que nos ofrezca …¡Somos tan incrédulos! No queremos dar crédito a lo que ven nuestros ojos. Dudamos de todo. Decimos. “no puede ser”, e inventamos historias “lógicas” para explicar lo que en realidad es un milagro evidente, que se ha producido frente a nuestros ojos.

“No puede ser”. ¿Cómo que no puede ser, si lo estás viendo ante tus ojos? Ha de ser un truco; debe haber habido un error. Y sin embargo, no. Los hechos están ahí. El Señor ha actuado frente a nuestros ojos, pero no es suficiente, no creemos…queremos más.

Será que sentimos que no lo merecemos o tal vez, que ha sido una coincidencia. Finalmente, nuestras dudas son tan grandes, que  llegamos a negar las evidencias. Eso nunca paso. Fue producto de mi imaginación. De cualquier modo lo minimizamos y seguimos adelante, sin añadir ni un ápice a nuestra fe. Lo merecemos todo, incluso “eso” por lo que rogamos tanto antes, sabiendo que sólo la intervención Divina podía cambiarlo. El Señor accedió a nuestras plegarias y produjo el milagro, sin embargo, una vez recibido, lo ponemos en duda. Así de ingratos somos…Por eso el Señor nos dice: “¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás.”

En el pasaje de hoy, ´María Magdalena se tropieza con Jesús, lo tiene al frente…incluso habla con Él y no está dispuesta a creer. No puede ver lo evidente, hasta que Jesús se lo hace notar de modo insistente. El hecho que aún a María le suceda, puede servirnos de consuelo, pues qué se puede esperar de nosotros…Pero debemos tener más abiertos los ojos y destapados los oídos. ¡No es posible que no percibamos lo evidente!

El Señor ha venido a este mundo en cumplimiento de la Voluntad del Padre. Ha venido a mostrarnos el Camino. Ha venido a Salvarnos. ¡Esa es su Voluntad! Todo lo que pide de nosotros es que creamos en Él y que nos amemos los unos a los otros. Un “millón” de pruebas nos ofrece para que le creamos..Decenas están escritas en los Evangelios; miles en la historia y muchísimas en nuestra vida cotidiana. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Oremos:

Pidamos al Señor que abra nuestras entendederas, que seamos más rectos al juzgar las evidencias, que seamos justos y le demos al Señor el crédito que merece, ante las obras que despliega frente a nuestros ojos. Que no seamos tercos y necios, empecinándonos en negar lo evidente. Que por el contrario sirvan estos milagros para fortalecer nuestra fe y proclamar el Evangelio. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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may 21 2010

Juan 21, 15-19

Texto del evangelio (Jn 21, 15-19)

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos y comiendo con ellos, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos». Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?». Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas». Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas a donde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

Reflexión: Jn 21, 15-19

Efectivamente, llegará el momento en el que no podremos hacer lo que queremos, entonces, quien podrá juzgarnos por lo que hacemos o dejamos de hacer…Pero mientras somos capaces de responder, mientras somos conscientes y dueños de nuestra voluntad y libertad, debemos hacer lo correcto, lo que el Señor nos manda. Esto me dice a mi también, que no a todos se les pide y exige lo mismo, cada quien según su capacidad y conciencia. Se espera más de quien más recibe, de quien más dueño de sí es. Muy poco podemos esperar y reclamar a aquel que debe ser trasladado  y ayudado aun en lo más simple y vital…¿Cómo podremos juzgarlo? Pero a ti que lo tienes todo, que entendiste el mensaje, que hubo quien te lo aclarara, que pudiste meditarlo y aun orarlo, ¿cómo se te puede tolerar que no seas consecuente?

¿Qué nos pide el Señor? Que mostremos con hechos y no con palabras que le amamos. El que me ama, apaciente mis ovejas. No basta decirlo y pregonarlo a los cuatro vientos, tiene que ser demostrado con hechos. Y me parece sumamente importante, no es accesoria la responsabilidad, la obligación, el compromiso que Jesús, a través de Pedro, nos pide a todos: “apacienta mis ovejas”. No dice que las alimente, tampoco que las suelte o libere, ni si quiera que luche por ellas…sino que las apaciente.

Es decir que nuestro primer deber, nuestra primera obligación es con los demás, con el rebaño del Señor, con nuestros hermanos; y lo que debemos llevar y procurar es la Paz. Apacentarlos…¿Qué implica? Puede significar y demandar muchas cosas, sin embargo si lo que hacemos no acarrea, no lleva a la paz, no estamos haciendo lo que el Señor nos pide. Él quiere que busquemos y procuremos la paz…Sólo puede tener paz quien tiene esperanza; quien, sobre cualquier aflicción de la vida, puede sobreponerse, puede poner por encima la seguridad, la fe en quien tiene poder para resolver esto y mucho más…

Nuestro deber es APACENTAR…Es algo que n o debemos olvidar y que debe bañar en impregnar toda nuestra acción. Lo que hacemos no tendrá sentido, ni estará de acuerdo con la voluntad del Señor, si no trae paz, si por el contrario trae rencillas, disputas, odios, venganza…Si esto se desata a propósito de nuestra participación, debemos procurar intenciones limpias y rectas, y esforzarnos por llevar la paz y la reconciliación, que por su puesto no tiene porqué hacerse sobre a injusticia, pero tampoco sobre la venganza.

“Si me amas, debes ser portador de paz” eso es lo que nos dice el Señor en esta lectura. Y es entorno a esta misión que debemos reflexionar y orar. Tenemos un compromiso y una responsabilidad, que va más allá de las palabras, que exige participación y compromiso. No la protesta fácil, ni los improperios, ni los actos hostiles o de venganza que nos pongan a la altura de quienes nos agravian, sino la búsqueda de la armonía y la comprensión, para que las cosas se resuelvan en paz y todos los involucrados puedan sentir esa paz…”Si me amas, apacienta mis ovejas”. Debemos ser constructores de paz…Eh ahí el gran reto en nuestra vida cotidiana.

 Oremos:

Señor, ayúdanos a ser sembradores de paz, por donde vayamos, con quien estemos y ante cualquier circunstancia en la vida. Que no nos dejemos llevar por malos sentimientos. No permitas que estos nos invadan, ni aun cuando seamos víctimas de un ataque…Que sepamos ver siempre claramente al mundo bajo Tu Luz. Haznos constructores de Tú Paz. Esto es seguramente lo que entendió San Francisco…

Señor, hazme Instrumento de Tu paz.
Donde haya odio, siembre yo amor;
Donde haya injuria, perdón;
Donde haya duda, Fe;
Donde haya desaliento, esperanza;
Donde haya oscuridad, luz;
Y donde haya tristeza, alegría.
 
 
Oh Divino Maestro,
 
Haz que no busque ser consolado sino consolar;
Que no busque ser comprendido sino comprender;
Que no busque ser amado sino amar;
Porque dando es como recibimos;
Perdonando es como Tú nos perdonas;
Y muriendo en Ti es como nacemos en Vida Eterna.

Ayúdanos a perseverar en esta línea.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 30 2010

Juan 13, 21-33.36-38

Texto del evangelio (Jn 13, 21-33.36-38)

En aquel tiempo, estando Jesús sentado a la mesa con sus discípulos, se turbó en su interior y declaró: «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará». Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús. Simón Pedro le hace una seña y le dice: «Pregúntale de quién está hablando». Él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: «Señor, ¿quién es?». Le responde Jesús: «Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar». Y, mojando el bocado, le toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». Pero ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía. Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que nos hace falta para la fiesta», o que diera algo a los pobres. En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche.

Cuando salió, dice Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros». Simón Pedro le dice: «Señor, ¿a dónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde». Pedro le dice: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti». Le responde Jesús: «¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces».

Reflexión: Jn 13, 21-33.36-38

Jesús sabía y tuvo muy presente toda su vida, que tenía que cumplir la Voluntad del Padre. Y esta es: salvarnos de la muerte, de la oscuridad, del demonio…Llevarnos a su lado para que tengamos “Vida Eterna”, en el lugar que nos tiene reservado a cada uno de nosotros, en el Paraíso. Por eso también sabía que sólo había un modo de lograrlo, un modo de alcanzarlo y este pasaba necesariamente por su muerte y resurrección. Tenía que morir en la cruz, y la hora de su pasión se acercaba…¡Cómo no sentirse turbado interiormente!, como dice Juan.

Todo iba calzando, como las piezas de un rompecabezas. ¿Podría haber sido distinto? Nos preguntamos…Tal vez. Sin embargo Dios que todo lo ve, que todo lo sabe, contaba con nuestra propia libertad, con nuestra propia voluntad y sabía de nuestras flaquezas, de nuestra pobre naturaleza humana, que se doblega ante el primer obstáculo, no bien ve amenazada su integridad física, su bienestar…Era previsible la actuación de Judas; incluso la de Pedro, que tantas veces había dado muestras de su adhesión incondicional, de su decisión y su valor, llegado el momento, se iba a quebrar, negando a Su Maestro, por temor, para salvar su pellejo, no sea que a él también lo cojan y le hagan sabe Dios qué…

Son quizás estos pensamientos los que según Juan turban a Jesús. ¿A lo mejor Judas se arrepiente y obra de otra manera? Pero, no. Ya tenía al demonio adentro y la gota que faltaba para derramar el vaso, la excusa que le faltaba, se la dio Jesús con sus palabras. ¿Qué cosa creía este –se habría preguntado Judas- que por esas palabras, que a sus oídos sonaron despechadas, no haría lo que tenía que hacer, lo que en su interior había decidido hacía tiempo, buscando solamente el momento adecuado? ¿Si a su juicio, ya había llegado la hora, por qué no habría de hacerlo? ¡De una vez que se acabe toda esta pantomima! ¡Al mal paso darle prisa! Así con esta actitud y esta decisión salió Judas de allí, dando espaldas a quien antes había considerado su Señor y que ahora tomaba como a un farsante…¿Por qué este cambio? Pues porque no había obrado como él hubiera querido, como a él le hubiera gustado, derrotando y humillando a sus enemigos, a los romanos y cuantos opositores le salieran al encuentro, para instaurar su poderoso reino terrenal, en el que seguramente aspiraba a ocupar un lugar privilegiado. Judas, como muchos de nosotros, no había entendido el mensaje de su Maestro. Por eso, le exasperaba su actitud. Le molestaba tanto, al punto que estaba dispuesto a entregarlo, más aun si por ello recibiría algún dinero…Había que sacarlo de la causa que él había diseñado en su mente y su corazón. Indudablemente, el demonio, el egoísmo, la ambición y la soberbia se habían apoderado de él. Bastó una mirada, una señal, para que tomara su decisión, le diera las espaldas y saliera a la oscuridad de la noche, a pactar, a traicionar, a confabular…

¿Y Pedro? ¿Qué podemos decir de Pedro? Jesús sabe que tendrá que afrontar solo lo que se viene, porque hasta el buen Pedro se sentirá atemorizado y se escabullirá, como los otros. ¡Tenía que pasar por esta pasión y muerte en cruz para salvarnos! Es este vacío que no hubiera podido ser cubierto por nosotros, por nuestra humanidad, el que Dios con su eterna Sabiduría y Misericordia viene a llenar con la vida de su propio Hijo, de su Único Hijo. Este es precisamente el gran misterio de amor que nos revela la Semana Santa, la Pascua. Jesús es El Puente, La Puerta, El Camino, La Bisagra. No hay otra opción. No se trata de determinismo, ni fatalismo…Se trata de un conocimiento profundo de la naturaleza humana y sus posibilidades. Somos libres, pero ello sólo no alcanza para llegar a Dios…Se requiere La participación divina de nuestro Padre Dios y El está dispuesto a realizarla, aun a costa de la vida de Su Hijo. Él debe señalarnos el Camino; es la única forma y solo seremos capaces de entenderlo cuando haya llegado al extremo de la cruz. Él lo sabe, y aunque se turba, no rehúye al sacrificio. Si es preciso, habrá de tomar de este cáliz. Lo que debe primar, lo que debe hacerse es la Voluntad del Padre. Y esta es, salvarnos, aun a costa del dolor y sufrimiento de la pasión y muerte…Esta será la única forma de derrotar al Príncipe de la Tinieblas, a la muerte.

¡Y, Resucitó! Esa es la Buena Noticia…Este es el Sello de la Alianza Eterna. Esa la razón de nuestra esperanza, de nuestra fe.

Oremos:

Padre Santo, gracias por amarnos tanto. No somos dignos de Ti, pero es Tu sola palabra, esa que Tú has querido decirnos, es la que nos permite entrar en Tu Reino. Gracias por esta gran noticia, que ha dado sentido a nuestras vidas, llenándola de alegría, de esperanza, de paz y amor. ¡Te alabamos y adoramos Padre Santo, porque nos has amado tanto!  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 28 2010

Lucas 22,14-23,56

Texto del evangelio (Lc 22,14-23,56)

Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo: «He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios». Y tomando una copa, dio gracias y dijo: «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios».

Y tomando pan, dio gracias; lo partió y se lo dio diciendo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía». Después de cenar, hizo lo mismo con la copa diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros. Pero mirad: la mano del que me entrega está con la mía en la mesa. Porque el Hijo del Hombre se va según lo establecido; pero ¡ay de ése que lo entrega!».

Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso. Los discípulos se pusieron a disputar sobre quién de ellos debía ser tenido como el primero. Jesús les dijo: «Los reyes de los gentiles los dominan y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierne, como el que sirve. Porque, ¿quién es más, el que está en la mesa o el que sirve?, ¿verdad que el que está en la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el Reino como me lo transmitió mi Padre a mí: comeréis y beberéis a mi mesa en mi Reino, y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de Israel».

Y añadió: «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos». Él le contestó: «Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a, la cárcel y a la muerte». Jesús le replicó: «Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme».

Y dijo a todos: «Cuando os envié sin bolsa ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?». Contestaron: «Nada». Él añadió: «Pero ahora, el que tenga bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; y el que no tiene espada que venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: ‘Fue contado con los malhechores’. Lo que se refiere a mí toca a su fin». Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas». Él les contestó: «Basta».

Y salió Jesús como de costumbre al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo: «Orad, para no caer en la tentación». Él se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra y arrodillado, oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y se le apareció un ángel del cielo que lo animaba. En medio de su angustia oraba con más insistencia. Y le bajaba el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo: «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación».

Todavía estaba hablando, cuando aparece gente: y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús. Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?». Al darse cuenta los que estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron: «Señor, ¿herimos con la espada?». Y uno de ellos hirió al criado del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino diciendo: «Dejadlo, basta». Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra Él: «¿Habéis salido con espadas y palos a caza de un bandido? A diario estaba en el templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas».

Ellos lo prendieron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor y Pedro se sentó entre ellos. Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y le dijo: «También éste estaba con Él». Pero él lo negó diciendo: «No lo conozco, mujer». Poco después lo vio otro y le dijo: «Tú también eres uno de ellos. Pedro replicó: «Hombre, no lo soy». Pasada cosa de una hora, otro insistía: «Sin duda, también éste estaba con Él, porque es galileo». Pedro contestó: «Hombre, no sé de qué hablas». Y estaba todavía hablando cuando cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Y los hombres que sujetaban a Jesús se burlaban de Él dándole golpes. Y, tapándole la cara, le preguntaban: «Haz de profeta: ¿quién te ha pegado?». Y proferían contra Él otros muchos insultos.

Cuando se hizo de día, se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y letrados, y, haciéndole comparecer ante su Sanedrín, le dijeron: «Si tú eres el Mesías, dínoslo». Él les contestó: «Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto no me vais a responder. Desde ahora el Hijo del Hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso». Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?». Él les contestó: «Vosotros lo decís, yo lo soy». Ellos dijeron: «¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca».

El senado del pueblo o sea, sumos sacerdotes y letrados, se levantaron y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo: «Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que Él es el Mesías rey». Pilato preguntó a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Él le contestó: «Tú lo dices». Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba: «No encuentro ninguna culpa en este hombre». Ellos insistían con más fuerza diciendo: «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí». Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días.

Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de Él y esperaba verlo hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero Él no le contestó ni palabra. Estaban allí los sumos sacerdotes y los letrados acusándolo con ahínco. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de Él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal.

Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo: «Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo le he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré». Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa diciendo: «¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás». A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Él les dijo por tercera vez: «Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en Él. ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré». Ellos se le echaban encima pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío. Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, qué volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por Él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: ‘Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado’. Entonces empezarán a decirles a los montes: ‘Desplomaos sobre nosotros’, y a las colinas: ‘Sepultadnos’; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?».

Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con Él. Y cuando llegaron al lugar llamado “La Calavera”, lo crucificaron allí, a Él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte. El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si Él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de Él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos».

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro le increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino». Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y dicho esto, expiró.

El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios diciendo: «Realmente, este hombre era justo». Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvían dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.

Un hombre llamado José, que era senador, hombre bueno y honrado (que no había votado a favor de la decisión y del crimen de ellos), que era natural de Arimatea y que aguardaba el Reino de Dios, acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía. Era el día de la Preparación y rayaba el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás a examinar el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. A la vuelta prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo, conforme al mandamiento.

Reflexión: Lc 22,14-23,56

La Iglesia nos propone la meditación de un evangelio muy largo y rico el día de hoy. Se trata en realidad de varios episodios, que nos ponen frente a Jesús en los momentos previos a su sacrificio en la cruz. El Señor, nuestro Dios hecho hombre, sabe lo que vendrá, lo que tendrá que pasar, aun cuando sus discípulos no lo comprendan. Ellos están un poco al margen, distantes, como ajenos a los sucesos que Jesús vive y que están por llegar a su fin.

Han logrado formar una comunidad en torno a Jesús y se sienten fraternalmente unidos. Nada parece perturbarlos ni amenazarlos. De este modo, se siente suficientemente unidos y fortalecidos para rechazar cualquier amenaza que se cierna sobre ellos o sobre Jesús. Venga de donde venga. Parece poco creíble que en tan solo unas horas se dispersarán, desconcertados, asustados, perdidos, con el peso de una traición y el temor paralizante, que los lleva a esconderse e incluso a dar muestras de flaqueza extrema, como es el caso de Pedro, el más fuerte, aquél al que Jesús le encomendó la sucesión, que llegaría a negarlo hasta tres veces, antes que cantara el gallo, tal como Jesús se lo había anticipado.

Es que todo tenía que cumplirse tal como estaba escrito. El Señor tiene sus propios caminos, muchas veces distintos a los nuestros y los cumple, aún por encima de nuestras flaquezas y temores. En ese sentido, no depende de nosotros, aun cuando amable y cariñosamente nos invita a seguirlo. Y es que, no se trata de ir a la pelea, de ser el primero, de imponerse…Se trata de servir, de vencer dando, de convencer amando, al extremo de morir en la cruz. Solo así dará testimonio de Dios Padre, que es Amor, que no opone la fuerza, ni el poder para rechazar las falsas acusaciones, ni los expedientes que engañosamente se habían levantado en su contra. Y es que no había nada de qué acusarlo, salvo de dar muchas señales, de levantar mucho polvo, de constituir una amenaza al estatus quo, a la convivencia que habían logrado los sumos sacerdotes y los fariseos poderosos, con el inmenso poder político y militar romano. Este, Jesús, ponía en peligro sus privilegios…Había que matarlo. Eso era todo.

Jesús sabía cuál sería el desenlace, Sabía que tenía que pasar por este sacrificio.  “Para eso he venido”, nos dirá. Y no se corre, porque sabe que ha llegado la hora. Eso sí, ora al Padre, pidiendo fortaleza. Toda su prédica culmina aquí. Había dicho que nos amaba al extremo de ser capaz de dar su vida por nosotros, por nuestra salvación, y eso haría. Siendo Dios, se abajó a la altura del más humilde e indefenso hombre, aquél del que nadie tiene reparo en hacer escarnio,  en castigar, en insultar y flagelar…Solo, completamente solo, enfrenta a los guardias, a las autoridades y a la turba…Ya había dicho lo que tenía que decir y muchos fueron testigos de su vida pública; no tenía más que decir y no haría nada por defenderse…¿Hasta dónde somos capaces de ensañarnos con el indefenso, con aquél que carece de padrinos, con aquel del que todos hacen mofa y burla, con aquel que no ofrece resistencia? ¿Cuánto más nos irrita que no pida clemencia, que no pida perdón, que ni si quiera abra la boca para quejarse? Cómo nos ofende esa actitud, cuando Él sabe que está en nuestras manos salvarlo, cediendo ante el primer pedido de clemencia, pero nada. Ni una palabra.

¡Eh ahí la paradoja! Como Judas y tantos otros, llegamos a creer que podríamos salvarlo, si tan solo ofreciera resistencia, si tan solo desatara su poder contra estos enemigos. Hay muchos dispuestos a desenvainar la espada, a su solo gesto, pero Jesús nada. No dará gusto ni a unos ni a otros…Seguirá con su misión, con la Voluntad del Padre. Con su sufrimiento, con su dolor y con su muerte, nos salvará.

Este es el Misterio que celebramos cada día en la Eucaristía. El inmenso amor de Jesús, que muere en la cruz para salvarnos y resucitando restaura los lazos con nuestro Padre, haciéndonos acreedores a la Vida Eterna junto con Él.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender el Sacrificio de la Cruz, que está en el centro de nuestra historia y de nuestra vida. Permítenos entender que sin cruz no hay salvación posible. Que no hubo ni hay otra forma de salvarnos que amando a nuestros hermanos. Que solo dando se recibe, que solo amando hasta la muerte, se resucita a la vida eterna.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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feb 22 2010

Mateo 16, 13-19

Texto del evangelio (Mt 16, 13-19)

En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».

Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Reflexión: Mt 16, 13-19)

Qué duda cabe. De aquí proviene la autoridad de Pedro y de sus sucesores en la Iglesia. Del mismo modo en que Jesucristo reconoce que es Dios Padre quien le ha revelado quien es Jesucristo a Pedro, y con la misma autoridad del Padre es que Jesús instituye su Iglesia, poniendo a Pedro como cimiento, como piedra fundamental sobre la cual “edificaré mi iglesia”.

Este es el papel y el tremendo poder que Dios Padre, por medio de Jesucristo, otorga a Pedro en la Iglesia y con él, a todos sus sucesores hasta Benedicto XVI. Sin duda ha habido tipos en el sillón de Pedro que no lo merecían, que no debieron sucederlo, probablemente, que han hecho más daño que bien. Sin embargo este también es el recuerdo que la Iglesia de Cristo está conformada por hombres, falibles, imperfectos, pero que tienen una gran Misión, que no es otra que la de Cristo. Como toda organización humana, necesitamos una cabeza. Esta es el Papa, que tiene toda la autoridad de atar y desatar…Debemos orar asiduamente por nuestro pastor, para que sople el Espíritu Santo sobre él, y sepa conducir responsablemente y a la altura de la Misión encomendada a la Iglesia, fiel y leal a Cristo, ayudando a construir la ansiada civilización del amor.

Debemos procurar entender que todos los cristianos, es decir, los seguidores de Cristo, tenemos una misma y única misión: propagar el evangelio, que no es otra cosa que acrecentar el Reino. En ese sentido somos un mismo cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, al servicio de la humanidad, al servicio de la Salvación. Configurados con Cristo, es decir hechos uno con Él, tenemos la misma misión. Es como piedra de toque, como cimiento de este cuerpo, que Cristo nombra y confiere autoridad a Pedro. Es, sin duda, la responsabilidad más grande que ha podido ser conferida a persona alguna. Responsabilidad que, sin embargo, todos compartimos de algún modo, pues todos tenemos la misma misión.

Tenemos pues que conformar una gran comunidad, incluyente, universal. Eso es lo que pretende, con muchos errores, seguramente, la Iglesia Católica, la Iglesia Universal. Ninguno de nosotros puede renunciar a este deber y a esta responsabilidad. En la medida en que cada uno de nosotros actúe apropiadamente, la Iglesia irá cumpliendo su Misión. Somos un solo Cuerpo, que tiene a Cristo a la cabeza, representado aquí por el Papa.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender esta organización que a veces se nos antoja misteriosa, tal vez por tantos ataques que recibe y por qué no, también, por los muchos errores cometidos. Haznos fieles y leales siervos tuyos, entendiendo que solo podemos servirte, sirviendo y amando a nuestros hermanos. Siendo unidos y manifestando amor entre nosotros como partes de un mismo  cuerpo, de una misma Iglesia, porque así te ha parecido bueno. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 07 2010

Lucas 5, 1-11

Texto del evangelio (Lc 5, 1-11)

En una ocasión, Jesús estaba a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre Él para oír la Palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes». Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.

Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres». Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.

Reflexión: Lc 5, 1-11

El señor es capaz de estos prodigios y muchos más. La verdad es que siempre los está desarrollando frente a nuestros ojos, sino que muchas veces somos incapaces de verlos, porque estamos ciegos. El conduce y orienta nuestras vidas. Nos lleva de aquí para allá…Nos saca de aquí y nos pone allá. Algunas veces nos invita a hacer una elección; otras nos pone frente a varias disyuntivas…Tenemos que escoger, tenemos que elegir…Pero es Él quien propone, y va siguiendo nuestro desempeño. Nos anticipa los peligros, nos advierte y algunas veces nos da un empujón para que saltemos, para que salgamos, para que pasemos. Él no quiere que caigamos en las manos del maligno y hace lo indecible para cuidar el tesoro que tenemos en nuestro ser, nuestra alma, nuestro espíritu.  Sin embargo nosotros somos libres de decidir y está en nuestras manos escoger aquello que es el bien superior o sumergirnos y degradarnos en el miasma que nos propone el Príncipe del as tinieblas.

El Señor, como a Simón Pedro nos dice, vamos allá, ahí pescaremos…Pero nosotros, incrédulos, faltos de fe y muchas veces llenos de soberbia le increpamos, que no es lógico, que no lo haremos, porque no somos tontos. Ya hemos estado por allí y hemos visto y por tanto tenemos el convencimiento que no hay nada. No haremos el papelón. Entonces, no le hacemos caso y dejamos pasar una preciosa oportunidad. ¿Para qué? Para dar fruto. El Señor quiere que demos fruto y en abundancia. “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto.” (Juan 15, 1-2) “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.” (Juan 15,8)

El Señor sale a nuestro encuentro, a cada instante, en las más diversas circunstancias. Y es que Él, en realidad, está siempre con nosotros, acompañándonos, guiando nuestros pasos. Debemos hacernos disponibles  para oírle. Esto es Gracia que el mismo Señor concede a quien de veras lo busca, a quien de veras lo quiere. Oye a tu corazón. Medita, ora. No actúes irreflexivamente, como un animalito. Para eso Dios te dio inteligencia, para que te distingas de los animales, para que no sigas tus instintos, sino que piense y procures SIEMPRE el bien mejor, lo que realmente te conviene. Si siempre actúas así, no tendrás pierde. Y verás como nunca lo que más te conviene es hacer daño a nadie; por el contrario, mientras más bien hagas a los demás, más bien estarás haciéndote a ti mismo. Esa es la lección que viene a darnos Jesucristo: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.” (Juan 15, 12). “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos.” (Juan 15, 13)

Así que, prestémosle oídos y tiremos las redes por donde él nos indica y daremos mucho fruto. No hay nada más precioso que el ser humano. Por eso, el quiere hacernos “pescadores de hombres”. Si hemos visto la luz, no podemos esconderla bajo nuestra cama; no podemos guardárnosla para nosotros; tenemos que ponerla en lo alto, para que alumbre a los demás y así todos puedan encontrar el camino y dar todos el fruto a que están llamados.

 

Oremos:

Padre Santo, haznos digno de Tu amor. Que sepamos irradiarlo a nuestros hermanos; que no nos lo guardemos egoístamente tan sólo para nosotros. Que propiciemos y estemos atentos a esos encuentros que pueden cambiar una vida: ya seas las nuestras o las de nuestros hermanos. Abre nuestros ojos. Quita de nuestra alma tanto prejuicio, tanta maleza que solo nos impide brillar y ver el brillo de nuestros hermanos… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ene 13 2010

Lucas 1, 29-39

Texto del evangelio (Lc 1, 29-39)

En aquel tiempo, Jesús, saliendo de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles.

Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». El les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

Reflexión: Lc 1, 29-39

El Señor tiene una Misión y está aquí para cumplirla. Él es consciente todo el tiempo de ella; esto es lo que tenemos que imitar. Podemos hacer muchas cosas, ocuparnos de mil tareas en la vida, sin embargo no podemos dejar de lado nuestra Misión, no podemos perderla de vista y todo debe de algún modo confluir a ella.

Es importante la forma en que distribuimos nuestro tiempo; ello habla realmente de lo que somos y creemos. ¿Cuáles son nuestra prioridades? Hagamos como el Señor, que comienza el día apartándose y orando. ¿Cómo podemos hacer o pretender hacer la Voluntad de nuestro Padre, si no nos ponemos en contacto con Él. Es verdad, la vida toda debe ser una oración, pero no debemos dejar de buscar momentos expresamente dedicados a la oración durante el día…Y qué mejor que empezar y terminar el día orando.  En la mañana, pidiendo luz y poniéndonos a sus órdenes, en sus manos…En la noche, haciendo un balance de lo realizado, agradeciendo por las oportunidades y proponiendo alguna corrección para nuestros errores, para finalmente volvernos a poner en sus manos, para dormir en paz…

No perder de vista la Misión es fundamental. El Señor iba predicando, oyendo y curando, pero no se hizo “esclavo” de las necesidades de aquellos hombres y mujeres, que eran muchas. Si, las atendía, porque no podía ser indiferente y mientras estaba a su alcance y era posible, pues las atendía. Sin embargo cuanto más curaba, más crecía su fama y más gente lo buscaba…Aún sabiendo ello, aun conmoviéndose, no se entrega ciega y totalmente a esta tarea, sino que pone las cosas en orden. Ustedes quisieran que yo siga aliviando sus penas, sus dolores y sus males, y yo lo haré mientras pueda, pero…«Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido».

Predicar, anunciar el Reino, la Buena Nueva, esa es la Misión, para eso he salido. Para eso tenemos que salir cada día. Para eso estamos aquí. Para eso vivimos. “Eso” es lo que da sentido a nuestras vidas: anunciar el evangelio.

Oremos:

Señor, que no perdamos de vista lo verdaderamente importante. Que no dejemos de orar y anunciar el evangelio con nuestras vidas. No permitas que seamos atrapados por nada; aun cuando nuestro trabajo sea tan noble como curar a los que sufren, a los que padecen, que no dejemos por eso de anunciarte y de orar a nuestro Padre.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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ene 11 2010

Mateo 1, 14-20

Texto del evangelio (Mt 1, 14-20)

Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres». Al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras Él.

Reflexión: Mt 1, 14-20

Todo se cumple conforme a la Escrituras, conforme al Plan trazado por Dios Padre. Jesús tiene una Misión muy clara y específica: proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Esta es la misma misión que nosotros, sus seguidores debemos asumir. Nuestra vida llega a tener sentido en tanto, en cuanto la cumplamos.

En qué consiste esta Buena Nueva: pues en saber que aquello que esperábamos ya llegó. No hay nada más que esperar. Él, nuestro Salvador, está aquí, entre nosotros, tal como lo prometió desde siempre. Este es un primer dato importante que debe cambiar nuestra perspectiva de la vida. Jesús, el Mesías ha venido. Dios Padre, como no podía ser de otro modo, ha cumplido su promesa y nos ha enviado un Salvador: nada menos que a Su Hijo.

Lo segundo…”el Reino de Dios está cerca”. ¿Qué tan cerca? ¿Dónde está? ¿Por qué no lo vemos? Todas estas preguntas están respondidas de uno u otro modo en los Evangelios. En resumen podemos afirmar que está aquí, que nos rodea; que está en ti…que crece a nuestro alrededor, como el grano de mostaza, como el fermento…No lo vemos, porque hemos visto muchas películas de Spilberg y quisiéramos ver ejércitos uniformados de gente distinta, más grande, más blanca (o más negra, dependiendo de la raza), con poderes extraordinarios, tele transportándose de aquí a allá y haciendo prodigios asombrosos.

Y en cambio, Jesús, el Hijo de Dios, nació en el seno de una familia humilde, en un pesebre. Vivió, cumplió su misión y proclamó el Evangelio entre los más pobres y humildes, entre el pueblo de una nación oprimida. Es que Jesús, verdadero Hombre y verdadero Dios, nos trae un mensaje distinto. No está sujeto a nuestros criterios, a nuestra perspectiva, a nuestra forma de ver las cosas. Él rompe esquemas…En realidad rompe cadenas y nos libera de las ataduras de este mundo, para proponernos una perspectiva distinta y no por eso menos asequible. Acostumbrados a velar egoístamente por nosotros mismos, y habiendo hecho de este el modo de vida por excelencia, Jesús nos dice que estamos equivocados, que ese no es el camino, que hemos sido creados para el amor y que es por allí que debemos transitar.

Y, el amor exige desprendimiento, generosidad, sacrificio…Una perspectiva distinta, radicalmente distinta. Es solo así que podemos comprender por qué Jesús nace en un hogar pobre, en el seno de un pueblo oprimido y una familia perseguida. No, no es fácil seguir a Jesús…pero tampoco es imposible, sino no nos hubiera llamado a “hacernos pescadores de hombres”. Esa es nuestra misión: Creer en Dios y luego, o  conjuntamente, llevarlo a los demás. En eso consiste el Reino, y va creciendo…Es una “plaga” que crece incesante desde hace más de 2 mil años, que se propaga por el mundo. Que a veces en forma velada, y otras en forma abierta; que a veces en forma tergiversada, manipulada y no tan ortodoxa, tal vez, sin embargo sigue transmitiéndose, de aquí a allí y brota en los lugares menos esperados, sorprendiéndonos gratamente. ¡Dios está aquí! ¡El Amor está aquí! Solo hay que dejarlo crecer…Para eso, debemos cambiar; enderezar nuestros caminos…

Oremos:

Señor, haznos fieles seguidores tuyos. Que no claudiquemos ante la comodidad, ante la tentación egoísta. Sabemos que no es por allí que llegamos a Ti. Sabemos que Tú eres nuestra Salvación, que Tú solo quieres nuestro bien…Danos fe para entregarnos plenamente y seguirte confiadamente, sabiendo que donde hay amor estás Tú y por eso mismo, no transigiendo con el rencor, la envidia, la soberbia y todas esas manifestaciones de desamor… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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sep 17 2009

Reflexión: Lc 7,36-50

Lc 7,36-50

Aun ahora, a la distancia, Jesús no deja de desconcertarnos, sobre todo en el sentido que no nos sentimos capaces de imitarlo. Como el fariseo aquél, andamos juzgando a todos y aun sabiendo que tenemos faltas, que tenemos mucho de qué avergonzarnos, porque no siempre obramos como decimos o como exigimos a otros, somos muy propensos a juzgar a los demás con mayor severidad que a nosotros mismos. Sí, nos decimos, puede que yo haya fallado, pero aquél o aquella nos apestan. Nos creemos dignos de ser perdonados, pero no toleramos que a otros también se les conceda el mismo perdón.

Algo que tampoco puede dejarnos de asombrar en esta lectura es  que Jesús no teme mezclarse con los despreciados, con los cínicos (como el fariseo), ni con los pecadores, como la prostituta. No está cuidando su reputación, para evitar ser comidilla de los chismosos que siempre hay en todas las sociedades humanas. Él tiene una misión y es consciente que está por encima de estas ridiculeces y mezquindades. Él ha venido a salvarnos y esto pasa por perdonar. “A quien poco se le perdona, poco amor muestra”.

En otro pasaje dirá el Señor que ha venido por los enfermos, los extraviados, los perdidos. Claro, si una lleva una vida recta, tiene muy poco de qué pedir perdón y es posible entonces que no llegue a comprender el enorme significad del perdón. Lo peor que puede pasar, entonces, es que nos creamos así de buenos, simplemente por falta de discernimiento y reflexión respecto a lo que hemos recibido y lo que damos. Tenemos que aprender de Jesús a comprender a los que sufren por este gran dolor del alma y a perdonar, como Él lo hizo.

Claro, es verdad que sólo Él tiene el poder de Perdonar los pecados y restaurar el espíritu: curar, limpiar. Él y a los queÉl quiere concederlo. Pero esto es posible por la fe. “Tu fe te ha salvado. Vete en paz.” Ese es el perdón que debemos buscar, que sólo se alcanza con el verdadero arrepentimiento y fe.

Oremos:

Padre, te pido que me ayudes a perdonar, pero de verdad. Me cuesta demasiado tolerar a quien por uno u otro motivo siento que me ha fallado. Hazme generosos, para olvidar y dar nuevas oportunidades…tantas como sea necesario. Tantas como las que Tú me das.

Permíteme agradecerte por tantas Gracias recibidas, entre ellas la restauración del Perdón. Dame la fortaleza para llevarla a mis hermanos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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