jun 12 2010

Lucas 2, 41-51

Texto del evangelio (Lc 2, 41-51)

Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.

Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». Él les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.

Reflexión: Lc 2, 41-51

Una referencia, diríamos histórica o biográfica, al niño tan especial que debió ser Jesús, desde siempre ocupado en las cosas de Su Padre. Una muy temprana indicación de la orientación que tendría su vida y a quién habría de dedicarla. En realidad , si tenemos en cuenta la anunciación y todos los signos que acompañaron su nacimiento, tendríamos que decir que fue una reiteración de algo que, claro, por momentos hasta sus padres olvidaban, por más devotos que fueran…Que estaban frente al Hijo de Dios, el Mesías, el Salvador, el Anunciado…que había venido a este mundo a cumplir una Misión, la Voluntad del Padre, como no se cansaría de revelarlo; la cual le tenía deparada una vida corta, pero suficiente para iluminar a la humanidad entera, por los siglos de los siglos…Aun a pesar de la ejecución de la que sería objeto, muriendo crucificado entre ladrones, entre la escoria y lo más despreciable de la sociedad, sería alzado por lo alto, Glorificando a Dios Padre con Su Resurrección y sellando una alianza santa con toda la humanidad, restaurando nuestra condición de Hijos de Dios y por lo tanto herederos del Reino.

Un niño precoz…¿Qué otra cosa podíamos esperar de quien, como Jesús, sabía la urgencia de su tarea y el poco tiempo del cual disponía? Es aquí también un ejemplo del imperativo y la urgencia con que debemos ponernos manos a la obra, ordenando nuestra vida en concordancia con la Misión encomendada. Todos somos constructores del Reino, obreros a órdenes de Nuestro Señor. No hay tiempo para disquisiciones, para postergaciones ni evasiones. La tarea es urgente. Ya en otro momento Jesús aclarará que su padre, su madre y sus hermanos son los que le oyen y hacen la Voluntad del Padre, los que creen. Se trata pues, de un cambio radical de actitud frente a la vida, frente al mundo que nos rodea.  No es desamor, como alguien mal intencionadamente pudiera querer interpretar…Se trata de poner la vida y todo cuanto a ella concierne, en el orden correcto.

¿Cómo podríamos endilgar desamor a un Dios que por el contrario es Amor? Lo que ocurre es que el Señor pone al descubierto todas nuestras intenciones. Frente a su mensaje, debemos adoptar partido, y nos cuesta. No por nuestro padres y hermanos, no por nuestros cónyuges o nuestra familia…En realidad nos cuesta por nosotros, porque debemos abandonar ciertas actitudes egoístas a las que nos hemos acostumbrado, por las cuales siempre estamos primero nosotros, aunque digamos lo contrario, aunque pongamos como excusa a nuestras familias…En el fondo lo que ocurre es que no queremos exponernos a perder nuestra seguridad, nuestra comodidad…Es a nosotros a quienes protegemos…No queremos dar el paso radical del amor, por no quedar al descubierto, desnudos y vulnerables…No queremos perder seguridad.

Pues en vano y efímero fin hemos puesto toda nuestra confianza. Si sabemos que la vida es corta y que no hay nada que podamos tener, poseer o atesorar que sea suficientemente fuerte y grande para librarnos de nuestro destino mortal, solo Dios, solo el Amor tiene el poder para salvarnos, para redimirnos. Por lo tanto es de necios hacerle la contra.

Oremos:

Señor Jesús, ayúdanos a entender tu mensaje y ponernos en camino, bajo tus órdenes. Que no perdamos el tiempo buscando excusas para rehuir nuestra responsabilidad. Danos valor para hacer lo que debemos a cada paso, a cada instante. Que sintamos como Tú, que todo el que hace la Voluntad del Padre es nuestro hermano, nuestro padre y madre, nuestra familia…Que no perdamos el sentido de la urgencia, que no nos envanezcamos en la comodidad y el egoísmo. Haznos conscientes que esta es nuestra oportunidad, que es ahora cuando debemos actuar, a ejemplo del niño Jesús, que no esperó a ser adulto, a “tenerlo todo”, a “controlarlo todo”, para poner en orden su vida y actuar en consecuencia. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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may 29 2010

Marcos 11, 27-33

Texto del evangelio (Mc 11, 27-33)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras paseaba por el Templo, se le acercan los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le decían: «¿Con qué autoridad haces esto?, o ¿quién te ha dado tal autoridad para hacerlo?». Jesús les dijo: «Os voy a preguntar una cosa. Respondedme y os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme».

Ellos discurrían entre sí: «Si decimos: ‘Del cielo’, dirá: ‘Entonces, ¿por qué no le creísteis?’. Pero, ¿vamos a decir: ‘De los hombres’?». Tenían miedo a la gente; pues todos tenían a Juan por un verdadero profeta. Responden, pues, a Jesús: «No sabemos». Jesús entonces les dice: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto».

Reflexión: Mc 11, 27-33

Una lección muy clara de aquél dicho popular, que “no hay peor sordo que el que no quiere oír”. Es que muchas veces queremos disfrazar la verdad, queremos que las cosas sean como nos gustaría o como estamos dispuestos a aceptar que sean, porque no estamos dispuestos a ceder ni a aceptar que pueden ser y son distintas a lo que más nos agrada o acomoda. Nos cuesta ceder un centímetro de nuestro poder, de nuestro orgullo, de nuestra posición. Más allá de la razón, muchas veces es solo una cuestión de prevalencia: por qué voy a ceder yo…que seda él o ella. En el fondo, es soberbia, orgullo, falta de humildad.

Queremos entrar en componendas con el Señor, hacerle pasar aspas de molino, cuando sabemos que el no entra en estas cosas, que el no las acepta. Nos queremos hacer de la vista gorda y aplicamos hacia nuestras actitudes y nuestro proceder una tolerancia que jamás estaríamos dispuestos a brindárselas a nadie. Aplicamos una ética y una moral laxa para nosotros y pretendemos que el Señor nos la avale, cuando en el fondo sabemos que Él jamás lo hará. Pero los hijos de la luz no podemos entrar en estos acomodos y contubernios, debemos proceder según la Verdad.

No se trata de hacer creer a nadie nada, se trata de obrar rectamente, de ser auténticos. Nosotros sabemos en nuestro corazón cual es la verdad. El Espíritu nos la revela. No podemos hacernos los tontos, los ciegos ante nuestra conciencia. Superados el orgullo, la soberbia, la indiferencia, la complacencia, la desidia…ella está ahí, gritándonos la verdad, lo correcto…Otra cosa es que no lo queramos ver y pretendamos ocultarla bajo una serie de triquiñuelas, razonamientos torcidos y excusas…La verdad estará siempre ahí, desnuda y dispuesta a revelarse en el momento menos esperado….Porque Dios es Verdad y la Verdad ya ha triunfado sobre el engaño, sobre la mentira, sobre el pecado, la destrucción, la desesperanza y la muerte. Podemos estar seguros que la Verdad siempre se sabrá y finalmente triunfará, donde fuere. Puede tardar, quizás, pero su hora llegará y finalmente saldrá a la luz, para condenar a los mentirosos, a los tramposos, a quienes se valieron de propósitos torcidos, del engaño, de las malas artes, de su poder, de su posición…a quienes abusaron de los humildes, de los pequeños, de los menores, solo porque no tenían voz, porque eran indefensos…

Entonces, no seamos necios como los sumos sacerdotes en el templo, que pretenden engañar a Jesús. Dios todo lo sabe, y nosotros al menos eso sabemos. ¡Hagamos las cosas bien! No por quedar bien con nadie, no por agradar  a nadie que nos sea Dios…¡Hagámoslo porque eso es lo correcto, porque la armonía universal nos lo exige, porque ello constituye nuestra convicción más profunda, y nosotros lo sabemos…porque en estos movimientos del Espíritu está Él!

Oremos:

Señor, no permitas que nos engañemos a nosotros mismos, que evadamos nuestra responsabilidad, que tratemos de aplacar nuestras conciencias y de apagar ese fuego que nos dice lo que debemos hacer, lo que es correcto…No permitas que andemos por senderos torcidos, pedregoso, oscuros…Que prefiramos la luz, la verdad, aunque duela y a veces nos cueste…Que no acumulemos nada en la oscuridad, en el engaño, en la mentira…  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 28 2010

Marcos 11, 11-25

Texto del evangelio (Mc 11, 11-25)

En aquel tiempo, después de que la gente lo había aclamado, Jesús entró en Jerusalén, en el Templo. Y después de observar todo a su alrededor, siendo ya tarde, salió con los Doce para Betania.

Al día siguiente, saliendo ellos de Betania, sintió hambre. Y viendo de lejos una higuera con hojas, fue a ver si encontraba algo en ella; acercándose a ella, no encontró más que hojas; es que no era tiempo de higos. Entonces le dijo: «¡Que nunca jamás coma nadie fruto de ti!». Y sus discípulos oían esto.

Llegan a Jerusalén; y entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo. Y les enseñaba, diciéndoles: «¿No está escrito: ‘Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las gentes?’.¡Pero vosotros la tenéis hecha una cueva de bandidos!». Se enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas y buscaban cómo podrían matarle; porque le tenían miedo, pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina. Y al atardecer, salía fuera de la ciudad.

Al pasar muy de mañana, vieron la higuera, que estaba seca hasta la raíz. Pedro, recordándolo, le dice: «¡Rabbí, mira!, la higuera que maldijiste está seca». Jesús les respondió: «Tened fe en Dios. Yo os aseguro que quien diga a este monte: ‘Quítate y arrójate al mar’ y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis. Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone vuestras ofensas».

Reflexión: Mc 11, 11-25

La lectura recomendada nos trae varios episodios distintos cuya relación no alcanzamos a ver inmediatamente. Trataremos de escudriñar y en cualquier caso, obtener una enseñanza e inspiración para nuestra vida cotidiana, confiados en que la Palabra del Señor, no podrá traer nada más que luz a nuestras vidas.

Este paso del Señor  por el Templo, teniendo ya multitudes que lo aclamaban y seguían, no resulta casual. Era necesario que los que le seguían y nosotros, recibiéramos una lección respecto a lo que debe ser el Templo. El Señor ha venido a enderezar, los caminos. A Mostrarnos  cual debe ser nuestro comportamiento, nuestra actitud cotidiana. No se trata de servirnos de la fe, de utilizarla para nuestros intereses y conveniencias, como los mercaderes del templo, que en realidad aprovechan  o pretenden aprovechar la fe de la gente, valerse de ella, para venderles sus productos. Es decir que estos crecen como parásitos en torno a la fe del pueblo; la usan para sus intereses, sin ningún escrúpulo y sin más intención que lograr mejorar sus utilidades, sus ingresos. Para maximizar sus ingresos no tienen ningún reparo. Son capaces incluso de proclamarse creyentes y de proclamar su fe -por su puesto, tan solo de palabra- con tal de vender.

El Señor, por eso, el primer día observa y se siente seguramente asqueado, conmovido, ante este triste espectáculo. ¿Qué es esto? ¿Esto es fe? ¿Qué derecho tienen estos mercaderes de usar y valerse de la fe del pueblo? ¿Qué testimonio están dando, a vista y paciencia de los sumos sacerdotes y autoridades judías? Él, que ha venido a mostrarnos al Padre, a darnos a conocer al Padre y promover la fe en Él,  no puede pasar y permanecer indiferente ante esta actitud, ante este proceder…Por eso, con una furia santa, imbuido del poder, la energía y la firmeza necesarias, expulsa a los mercaderes, volcando mesas y puestos. Alguien tenía que decirles muy claramente y con ellos a todos nosotros, que eso no está bien, que eso no es del agrado de Dios, que la fe en Dios y el Templo, lugar de oración y por lo tanto de fe, no puede ni debe ser un centro de transacciones comerciales, un centro de comercio, ni aun cuando sea para vender “animales para los supuestos sacrificios o cambiar monedas para la limosna”.

Estas son cosas propias de paganos. Dios, nuestro Dios Padre, no quiere esas tonterías. No es cuestión de vivir como sea y luego aplacar a Dios con unas monedas, con unos sacrificios, encima todo comprado y arreglado en el templo. Pretendiendo con ello hacer a Dios cómplice de esta actitud. Ese no es el Dios que ha venido a presentarnos; ese no es el Dios Padre cuya Voluntad ha venido a realizar Jesús.

El Dios de Jesús, el Dios de los cristianos, es Padre, es luz, es amor, es verdad…Y nos pide que creamos en Él. Para el que realmente cree en Él, para el que tiene fe, no hay imposibles. Porque el que cree, procurará, se esforzará en cumplir la Voluntad del Señor y caminando en esa dirección, no habrá nada que pidamos al Señor que no sea concedido, porque como dice el Señor: “…os aseguro que quien diga a este monte: ‘Quítate y arrójate al mar’ y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá.”

Oremos:

Señor, danos fe, como el grano de mostaza…Ilumínanos y permítenos llevar una vida recta, justa, buena…que persigamos la paz, la reconciliación…que promovamos la esperanza, el encuentro, el perdón, el amor…Haznos instrumentos de fe….Danos valor para actuar con la energía y firmeza suficientes cuando sea necesario, para no actuar con condescendencia ni complicidad con el pecado, con el mal, la soberbia y la ambición…  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 27 2010

Juan 10, 22-30

Texto del evangelio (Jn 10, 22-30)

Se celebró por entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno. Jesús se paseaba por el Templo, en el pórtico de Salomón. Le rodearon los judíos, y le decían: «¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente». Jesús les respondió: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis. Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno».

Reflexión: Jn 10, 22-30

No hay peor sordo que el que no quiere oir, ni peor ciego que el que no quiere ver. Los judíos, como muchos de nosotros, saben lo que es correcto, lo que es verdadero, lo que está bien, pero no lo hacen, porque, como algunos dudan, otros tienen temor y a la mayoría simplemente no parece importarles, quieren que alguien haga por ellos, lo que ellos deben hacer. Quieren responsabilizar a Jesús de su falta de fe, de su incredulidad, de su falta de valor…Es decir que a tenor de lo que dicen, es por culpa de Jesús que aun no se definen: “¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente.”

Queremos que nuestra vida sea transformada automáticamente, como por arte de magia. Sin ningún esfuerzo de nuestra parte, nos gustaría ser arrastrados, forzados a asumir la posición correcta y sin la menor duda, adquiriendo inmediatamente una coraza contundente e impenetrable, que nos permita sostenernos de manera firme e inquebrantable. Queremos pruebas irrefutables de que Cristo es Dios y ha venido a salvarnos. Que si hacemos lo que Él nos dice, seremos salvos. Queremos que nos de un certificado, un documento firmado de puño y letra, que sea incuestionable, que a su sola presentación nos abran paso sus enemigos, que serían entonces nuestros enemigos. Un salvo conducto que nos asegure el libre tránsito por la vida, que a su sola presentación, nos abran campo, nos abran las puertas y se inclinen ante nosotros, del más grande al más chico; que desate admiración y respeto.

Pero no es así. No se trata de magia, ni el Señor ha venido a avasallar nuestra libertad, aunque sea por nuestro bien. Tenemos temor a ser libres, por eso queremos hacernos inmediatamente esclavos de alguien que asuma la responsabilidad de nuestra libertad. Nos falta valor. Nos falta convicción.

Para eso ha venido el Señor. Para mostrarnos el Camino y alentarnos a seguirlo. Para iluminar nuestras mentes, nuestro espíritu y nuestro corazón. Hemos sido creados libres por Dios nuestro Padre y hemos sido dotados de inteligencia y voluntad. Hemos de aplicar estas facultades para dirigir nuestra vida hacia lo mejor, hacia lo que más nos conviene y esto es la Verdad, la Luz, la Vida, el Amor…

Nadie elegirá esta senda por nosotros y mucho menos Dios, que respeta nuestra dignidad de Hijos suyos. Hemos de ser nosotros mismos los que decidamos. ¿Queremos seguir siendo libres o preferimos ser esclavos? ¿Queremos levantarnos y caminar al Padre o preferimos arrastrarnos por la oscuridad, aferrándonos a riquezas, poder, fama, placeres, que hoy están y mañana no sabemos?

Es nuestra decisión: la eternidad o la finitud.

El Señor ilumina con su Luz esta decisión. Nos llama, nos deja oír su voz; nos muestra el Camino, la Verdad y la Vida, pero no nos hace, ni nos quiere esclavos. Hemos sido creados libres y ese es nuestro mejor destino: mantenernos libres y hacer lo que más nos conviene, lo mejor, lo correcto. Esta decisión es la que el Señor viene a iluminar. “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano.”

 

Oremos:

Padre Santo, no permitas que nos apartemos de Ti. Danos el valor, el coraje de seguir a Jesús, por el Camino que Él nos señala. Danos Fe, para no dudar ni sentirnos atemorizados cuando todos parecen abandonarnos e ir por otro camino. Si seguimos a Cristo, no necesitamos más garantías.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 21 2010

Juan 8, 1-11

Texto del evangelio (Jn 8, 1-11)

En aquel tiempo, Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?». Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra.

Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?». Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».

Reflexión: Jn 8, 1-11

El evangelio de hoy, es muy hermoso. Nos transmite la grandeza de Jesús. Como él mismo dice varias veces, “aquí hay alguien más grande…” Estamos ante Dios hecho hombre. Solo Él podría tener tal gesto, muy elocuente respecto a la autoridad que brotaba de su sola presencia. Era un tipo íntegro, cabal, al que no se atrevían a tocarlo si quiera. Contra toda una multitud violenta, exasperada, que traía arrastrando a una mujer, que sabiendo lo que le esperaba, seguramente venía suplicando…Una multitud enardecida, que ya había juzgado “conforme a la ley”, tenía su veredicto y estaban dispuestos a ejecutar la sentencia…Jalones, empellones, gritos, tumulto…

Frente a una multitud furiosa, dispuesta a dar muerte a su víctima, con la plena seguridad que lo merecía, pues “así estaba ordenado por la ley”, una turba entre los que no faltaban los morbosos tan culpables o más que la acusada, que sin embargo no podían refrenar su deseo de aplastar, de destrozar a su víctima, tal vez buscando en ella su venganza o simplemente dando rienda suelta a sus bajos instintos…

Toda esta horda vociferante y enardecida era seguida de cerca por escribas y fariseos que avalaban este hecho, como si se tratara de algo inevitable, de algo consumado…Había faltado a la Ley de Moisés, por lo que no había otro camino.

¡Cómo contrasta toda esta escena con la actitud de Jesús! Lo estaban desafiando a Él, a su autoridad…Tratando de poner en entre dicho toda su prédica…¡Veamos, qué hace ahora! ¡Qué dice! ¡Tanto hablar del Reino, del amor!…¡Los gallos se miden en la cancha! Para escribas y fariseos, Jesús estaba perdido…Tendría que abdicar  de todo lo que había dicho para defenderla o participar en el apedreamiento. De cualquier modo, estaba perdido. Finalmente lo tenían. Habían encontrado la excusa perfecta para borrarlo del mapa, para desacreditarlo y condenarlo como a un charlatán más…En eso andaban cavilando, cuando lo encontraron.

Sin embargo, la actitud el Señor es asombrosa. No dijo nada. No abrió la boca…Como si lloviera, “inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra”. ¡Qué paz! ¡Qué autoridad! ¡Qué seguridad! ¿Quién podría mantener tal calma en aquella situación, sino solo Dios? ¡Eso es lo que sintió aquél tumulto! Tenía que haber algo en Él, algo que podían percibir en el ambiente, en su presencia, en su sola mirada, en su voz…Algo que les impedía si quiera tocarle. Emanaba autoridad…

Pero como quiera que volviera a preguntarle, que prontos a perder la paciencia insistieran en exigirle una respuesta, “se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?». Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».

¡Este es el Señor de Universo en el que creemos! ¡Él nos ha dado a conocer al Padre! ¡Qué paz, qué alegría, qué dicha podemos sentir después de conocer a nuestro Dios! ¿Eso no es lo que debió sentir esta mujer? Había estado a punto de morir apedreada por una turba enardecida, que estaba dispuesta a matarla y ella sabía muy bien por qué. No tenía salvación…No había salida. Había infligido la Ley y tanto ella como sus verdugos lo sabían…No había escapatoria.

Pero lo que es imposible para el hombre, es sin embargo posible para Dios. Jesús no hizo nada más que pronunciar una simple oración dirigida al corazón de cada uno de aquellos hombres, con tal contundencia, que no quedo ni uno solo que se sintiera en capacidad de condenarla. Es que si buscamos sinceramente en nuestro interior, encontraremos que todos hemos fallado alguna vez, y hemos sido culpables de faltas iguales o perores a aquellas que condenamos, sin embargo hemos sido dignos de perdón o cuando menos, no se ha sabido y hemos tenido una nueva oportunidad para rectificarnos…¿Por qué no habría de tenerla ella?

¿Si alguien supiera lo que he sido capaz de hacer yo?, se preguntaría seguramente cada una de estas personas y finalmente no se sintieron capaces de condenarla; empezando por los más viejos…Es que quienes más hemos vivido, podemos comprender más las flaquezas del hombre, porque nosotros mismos hemos caído y felizmente nadie nos condenó, por eso pudimos salir adelante…¿Cómo no darle una nueva oportunidad a esta mujer? Después de todo…¿Quién soy yo para condenar? Esa debió ser la conclusión a la que uno a uno fueron llegando.

Finalmente, perdonada por todos, recibió el perdón más importante…el perdón de Jesús: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más». ¡Imagínense la alegría de esta mujer! ¡Todo debió parecerle de otro color, todo distinto! ¡Había vuelto a nacer, gracias a Jesús! Este es un resumen de la historia de la Salvación, de nuestra Salvación.

Oremos:

Padre Santo, inspira en nuestro corazones el perdón; que no seamos tan propensos a condenar a todo el mundo, como a perdonar y comprender. Arranca de nuestros corazones la soberbia. No hay merecimiento alguno en nuestra Salvación, esta es solamente obra de Tu Infinita Gracia. Que caminemos así, con esta convicción por el mundo, dispuestos a amar y perdonar. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 16 2010

Juan 5, 1-3.5-16

Texto del evangelio (Jn 5, 1-3.5-16)

Era el día de fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: «¿Quieres curarte?». Le respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo». Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda». Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.

Pero era sábado aquel día. Por eso los judíos decían al que había sido curado: «Es sábado y no te está permitido llevar la camilla». Él le respondió: «El que me ha curado me ha dicho: ‘Toma tu camilla y anda’». Ellos le preguntaron: «¿Quién es el hombre que te ha dicho: ‘Tómala y anda?’». Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: «Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor». El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

Reflexión: Jn 5, 1-3.5-16

Lo primero que surge a mi mente es la mezquindad del hombre, atado a la ley, a los preceptos, al cumplimiento mecánico e irracional de disposiciones. Habiendo sido creados libres, preferimos hacernos esclavos. La sujeción a la norma nos da seguridad; además es a esta a la que muchas veces debemos nuestro estatus y cuestionarla, ponerla en entredicho podría acarrear la pérdida de nuestros privilegios…Preferimos que las cosas sigan así, como están. Nada de novedades, ni cuestionamientos. Nada de reflexión, ni interpretación.

La norma política, económica o social, esa que muchas veces no está ni siquiera escrita, dice que no debo hacer esto o aquello o que por el contrario debo hacer esto otro, pues así lo hago, no sea que los que tienen el poder y el prestigio me condenen y a eso sí que le temo, porque afecta inmediatamente mi prestigio y posición.

Por ejemplo, muchos de los funcionarios que se hacen cargo de una empresa o negocio privado, tienen como precepto, como norma procurar sacar la vuelta a las leyes y normas existentes, para no pagar lo establecido a sus trabajadores y de este modo, por el sacrificio de aquellos, maximizar sus ganancias.   Esta no es una norma escrita, pero está profundamente arraigada entre nuestros empresarios y/o sus representantes. Incluso sus servidores, sus administradores muchas veces son más duros y extreman las medidas, procurando algún beneficio adicional extra para ellos y buscando, así mismo, el reconocimiento y agrado de sus accionistas, de sus empleadores. Así lo vemos a cada nada. No hay en esto nada de originalidad…es una constante.

Así, difícilmente encontraremos –si lo hay-, un funcionario (un Gerente, un Administrador, un Director) que viendo surgir un sindicato entre los trabajadores a su servicio, no reaccione como el más vil tirano y diezme, decapite, desbarranque o mande al patíbulo sin ninguna contemplación a los sospechosos de “sedición”; porque esto es para ellos, la sola idea del sindicato. Son extremistas, subversivos, mal agradecidos, comunistas, detestables, conflictivos…los que no se contentan con las migajas, los que se cansan de las arbitrariedades, los que osan cuestionar sus métodos, sus estilos, su poder, su orden, su injusticia…No hay lugar al dialogo, mientras este no sea de arriba abajo y en completa sumisión. El diálogo será cuando ellos dispongan, en el tono que les agrade y versará sobre lo que ellos decidan. El trabajador no puede pensar, ni decir otra cosa que: así sea. De otro modo, hay un millón llamando a la puerta para hacer aun por menos, lo que el reclama…

Ese es el orden, esa la ley por la que pretenden condenar a Cristo. ¡Ha curado en sábado! ¡Imagínense! Importa un rábano el bien causado a este pobre infeliz, que hacía treintaiocho años que esperaba esta curación milagrosa, que le sería imposible alcanzar sin la ayuda de los demás, sin la solidaridad de los demás, sin que los demás se conmuevan y haciendo un sacrificio lo pongan a él en primer lugar. Claro, todos sufrían y estaban desesperados por curar sus males. Podría haber quizás algunos que se conmovieran, pero era muy difícil que todos se pusieran de acuerdo para darle a este una oportunidad…

Pero lo que es imposible para los hombres, es posible para Jesús. Por eso el Señor va y es a este hombre precisamente, al más indefenso, al menos favorecido, al más desdichado y despreciado posiblemente entre sus congéneres, al que curará, importándole un comino aquella norma que no puede estar por encima del hombre, que no puede impedirle hacer el bien, porque no hay nada ni nadie que pueda impedir que se haga el bien, cuando y donde sea. El Señor sabía a lo que se exponía, pero su Misión está por encima de amenazas y de mezquinos razonamientos: Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

Elevémonos también nosotros y rompamos estas ataduras que nos esclavizan, al servicio del status quo, del bien egoísta de unos pocos, en desmedro de las mayorías, oprimidas, atemorizadas, empobrecidas…

Oremos:

Padre Santo, danos el coraje de seguirte y proclamarte con nuestra vida, sin importar la hora ni el lugar. Tú nos has enviado a aliviar las penas y el dolor de los que sufren; que tengamos el coraje de hacerlo, aun por encima de la contrariedad de quienes detentan el poder, de quienes ven como amenaza a todo aquél que no se somete incondicionalmente a sus disposiciones. Aparta de nosotros cualquier tentación revanchista o violenta. Que caminemos en la senda de la luz, la verdad y el amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 21 2010

Lucas 4, 1-13

Texto del evangelio (Lc 4, 1-13)

En aquel tiempo, Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». Jesús le respondió: «Esta escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre’».

Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya». Jesús le respondió: «Está escrito: ‘Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto’».

Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará para que te guarden’. Y: ‘En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna’». Jesús le respondió: «Está dicho: ‘No tentarás al Señor tu Dios’». Acabada toda tentación, el diablo se alejó de Él hasta un tiempo oportuno.

Reflexión: Lc 4, 1-13)

El demonio, como no podía ser de otro modo, es un sin vergüenza y con toda desfachatez pretende tentar al mismísimo Jesucristo. Es una primera lección que debemos aprender…Con la tentación no se juega. No podemos pretender coquetear con el demonio, con el pecado, pensando que con nosotros no podrá. Es preferible evitar. Quien juega con fuego, corre el peligro de quemarse. El demonio siempre tratará de tentar aun al más pintado.

Hay situaciones en la vida que todos atravesamos parecidas al desierto que atraviesa Jesús. Situaciones en las que no parece salirnos nada, en las que nos sentimos totalmente solos y abandonados. En las que pareciera que nadie se anima a darnos una mano. Todos nos dan palmadas en el hombro, pero nadie realmente nos ayuda. Nadie se incomoda por ayudarte a parar la olla, como se dice. Todos a tu alrededor tienen, todos pueden…Es más, son tus amigos, y te ven como remontas los rápidos casi sin poder respirar, casi ahogándote, pero nadie te hecha la mano…Todos esperan, seguramente a que grites, que te rindas, que digas no puedo más…¡Denme una mano! Solo entonces es posible que te ayuden.

¿Por qué seremos a veces, así tan duros? No sabemos dar…Nos cuesta desprendernos, así, sin más. Si sabemos que nuestro amigo está pasando por un mal momento, por qué no tirarle una tabla. ¿Por qué no invitarlo a almorzar? ¿Por qué no llenar un día su despensa o su refrigeradora, si está a nuestro alcance? ¿Será por no humillarlo o será más bien porque en el fondo no somos capaces de desprendernos de nada? No somos capaces de un gesto noble y generoso…Nos cuesta. No queremos ver mermado en un ápice nuestro patrimonio.

Por otro lado, somos tan indiferentes, tan egoístas, que estamos enfrascados y absortos con lo nuestro, con lograr más utilidades, con maximizar nuestras ganancias y minimizar nuestros gastos, a tal punto, que ni si quiera nos damos cuenta, ni vemos a nuestros amigos o nuestros familiares más cercanos, muchos de los cuales están pasando dificultades. Lo peor de todo es que lo sabemos, porque estas situaciones son más o menos públicas dentro de la familia o del círculo íntimo de amigos, sin embargo, pasamos de largo…¿Qué queremos? ¿Qué nos extiendan la mano? ¿Qué nos toque la puerta? ¿Por qué somos tan duros?

Es en estos momentos, precisamente, cuando el demonio, frotándose las manos, relamiéndose, empieza a rondarnos, metiéndonos ideas absurdas en la cabeza. Carroñero, como él solo, es precisamente cuando más débiles nos encontramos que empieza a tentarnos con aquello que más precisamos. Debemos tener en cuenta el ejemplo de Jesús y no claudicar por nada del mundo. No hay nada que pueda justificar un trato con el demonio: ni el hambre, ni el frío, ni la pompa, ni el poder y ni si quiera el abandonarnos a la buena de Dios. Tenemos que sobreponernos y seguir luchando. Haciendo el bien por donde vamos, sin empeñar nuestros principio ni nuestra libertad por un plato de lentejas. Tenemos que mantenernos firmes, que ya el Señor sabrá prodigarnos en abundancia aquello que necesitamos, que definitivamente no es aquello que el demonio nos propone. ‘No sólo de pan vive el hombre’

Oremos:

Padre Santo, no nos dejes caer en tentación. Si habremos de pasar por escabrosos senderos, que sea siempre asidos a tu mano amorosa. No permitas que claudiquemos y nos abandonemos al enemigo. Que no prestemos oídos a sus falsas promesas. Que sepamos mantener nuestra integridad y dignidad. Y que estemos siempre dispuestos a compartir con quienes menos tienen. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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dic 30 2009

Lucas 2, 36-40

Texto del evangelio (Lc 2, 36-40)

 
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

Reflexión: Lc 2, 36-40

Las lecturas de estos días tienen por objeto hacernos ver y constatar en forma reiterada que el nacimiento de Cristo estuvo precedido de muchos signos y señales, de muchas profecías. No hay en ello nada más que el cumplimiento de las promesas de Dios. No se trata de un hecho aislado o que surge inexplicablemente…Todo tiene sentido y ocurre dentro de una lógica histórica, que fue anunciada muchos siglos antes. Estamos pues ante hechos históricos, que forman parte de la Historia Sagrada, esa historia que se refiere a la permanente relación de Dios con su pueblo elegido, en el que se encarnan y representan todas las vicisitudes de la humanidad.

Es a través de este pueblo que Dios Padre nos comunica su voluntad. Es por boca de sus profetas que se dirige a todos  nosotros. Él se Revela a través de ellos a toda la humanidad. Del mismo modo, es un heredero de esta tradición, un representante de este pueblo, en realidad el mayor, el más destacado, del que hablaron todas las Escrituras, el que sellará la alianza definitiva entre Dios Padre y la humanidad entera. Ese es Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, al que tres años de vida pública le bastaron para revolucionar el mundo, para ponerlo en marcha, en una dirección, en un Camino que lo eleva, devolviéndole la esperanza, devolviéndole la dignidad y haciendo posible la Reconciliación definitiva con nuestro Padre, Creador del Universo.

Cristo es el Centro de la Historia. Es el Puente, el Camino, la Luz, la Verdad y la Vida. Por Él llegamos a Dios Padre. Él restaura la relación filial que el Padre siempre mantuvo con nosotros, pero de la cual renegamos. Él hace posible que enmendemos nuestro camino, sabiendo que tenemos un Padre amoroso, que nos espera desde siempre con los brazos abiertos. De este modo, nos devuelve “el sentido de la vida”.

Pero todas estas palabras que pueden parecer poéticas y sublimes, tienen una contrapartida objetiva y concreta en la vida cotidiana de todos los hombres, que se llama Amor. Esto quiere decir, en buena cuenta y en resumen, que toda esta prédica puede sintetizarse en la frase de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”.  

El Señor, que ha venido por amor, nos ha enseñado el verdadero camino del amor y nos pide que lo sigamos. ¿Estamos con Él? Solo hay dos respuestas posibles: Si o no. “El que no recoge conmigo, desparrama”, dice el Señor.
 

Oremos:

Padre Santo, te pedimos que nos ayudes a concretar en nuestra vida diaria el amor. Que so se trate de una prédica teórica, poética y descarnada. Que día a día, empezando hoy, ahora mismo, evidenciemos el amor en cada uno de nuestros actos. Moldéanos, transfórmanos. Haznos fieles seguidores tuyos, para que nuestros hermanos vean Tú luz en nosotros.  ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 29 2009

Lucas 2, 22-35

Texto del evangelio (Lc 2, 22-35)

Cuando se cumplieron los días de la purificación según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y en él estaba el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Reflexión: Lc 2, 22-35

Todos estos sucesos fueron previstos con mucha anticipación. Fueron profetizados y precisamente su cumplimiento debe ser razón suficiente para que creamos, ya que finalmente, todas estas previsiones, no son sino intervenciones de Dios en nuestra historia.

Dios ha querido salvarnos con nuestra propia intervención. Él que es Todopoderoso, no ha querido, sin embargo, hacer nada sin nuestro consentimiento y nuestra propia participación. Él necesita, exige que participemos. No se trata de sentarnos a mirar desde la tribuna…Tenemos que actuar. En cada una de sus manifestaciones, a la par que se hace imposible negar su existencia, su inspiración o su intervención, podemos ver que en ella siempre juegan un papel especial hombres y mujeres, comunes y corrientes, que muchas veces, como en este caso, actúan movidos y llenos del Espíritu Santo.

¿Qué se nos dice de Simeón? Que era justo y piadoso. Esto es lo que mínimamente se puede pedir a una persona correcta.  Que sea justa, es decir que de a cada quien lo que le corresponde y que sea piadosa, es decir que se incline humildemente ante el creador, que le reconozca y predisponga su espíritu para entrar en contacto con Dios permanentemente. Que sea Dios quien inspire su vida. Ese es un hombre piadoso, que puede ver y reconocer la presencia cotidiana de Dios, que espera en Él, que está en Su búsqueda permanentemente, que puede ver sus manifestaciones a cada paso…

Simeón ha encontrado el sentido de la vida. No hay nada más importante que su encuentro con Jesucristo, con el Salvador. Y es capaz de reconocer inmediatamente una gran Verdad, que cimienta toda la vida y prédica de Jesús: que Él es la luz que ha venido al mundo. Que el que cree en Él y sigue lo que Él ordena, tendrá vida eterna. Que Jesús es, finalmente, como el ácido aquél que sirve para separar el metal precioso de las impurezas. La sola presencia del Señor en nuestras vidas sirve para que inmediatamente los hombres nos decantemos: por un lado los que estamos con Él y por otro los que están en su contra. O recogemos o esparcimos. Para Él, no hay términos medios: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción… a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”

Frente a Jesús, hay que tomar partido. No podemos permanecer indiferentes, ni postergarlo. Estás o no estás. Y es el Amor, la exigencia suprema. Para Dios, no basta la justicia. Es en la caridad que seremos examinados. Y la caridad es superior a la justicia, va más allá.

Oremos:

Padre Santo, concédenos la gracia de vivir en la caridad, de ir siempre en nuestras vidas más allá de la justicia mundana; de aspirar siempre a la mayor gloria de Dios.  ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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nov 24 2009

Lucas 21, 5-11

Texto del evangelio (Lc 21, 5-11)

En aquel tiempo, como dijeran algunos acerca del Templo que estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: «Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida».

Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?». Él dijo: «Estad alerta, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: ‘Yo soy’ y ‘el tiempo está cerca’. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato». Entonces les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas, y grandes señales del cielo».

Reflexión: Lc 21, 5-11

Todo llegará a su fin, tarde o temprano. Aquí, nada es eterno. Hasta el templo más hermoso….es decir la mejor de las obras humanas que podamos imaginar, tendrán su fin. Por ello es absurdo que nos aferremos a ellas. Que hagamos de ellas nuestra razón de vivir; que les demos tal importancia, que sin ellas no encontremos razón de vivir. Todo pasará. Todo tendrá su momento. Habrá momentos de esplendor, pero también de sufrimiento, de dolor, de destrucción, de persecución.

En aquellos momentos de dificultad, de angustia, de zozobra que habremos de enfrentar, habrá muchos que se pintarán como nuestros salvadores, como la respuesta que esperábamos, como la esperanza. Debemos tener cuidado. No debemos dejarnos engañar. Nosotros somos Hijos de la luz y todo esto lo sabíamos, lo teníamos advertido, así que no debemos dejarnos echar a perder, con propuestas indecorosas, indignas, con engaños. Es cuando más firmes debemos mantenernos, creyendo sólo en Dios, solo en el Amor, solo en la Verdad.

No importa lo que veamos y aquello que tal vez tengamos que sufrir antes de llegar al fin. Debemos recordar que todos los que nos precedieron de uno u otro modo pasaron por estos momentos. Que esta vida es finita, y que esto ya lo sabíamos de antemano. Por temor, no nos arrojemos a los brazos de enemigo. No nos dejemos engañar. No nos aferremos a nada en este mundo, que nada podrá evitar este fin. Este ha de llegar, tan seguro, como que un día tu vida tuvo un comienzo y un día tuviste que pasar por la experiencia del parto y nacer.

Así, llegará el fin de esta vida, pero con este, el comienzo de una Vida Nueva, la Vida Eterna, para todos aquellos que supieron mantenerse firmes en la Luz y en el Amor; para todos los Hijos de Dios.

Ante este panorama sombrío, el Señor nos ofrece su Redención. Él nos ha dejado libres, para que vivamos y escojamos lo que queramos. Sin embargo nos advierte de aquellos caminos que solo llevan a la perdición y nos muestra con Su Luz, el Camino. Para esto vino al mundo el Hijo de Dios y se hizo hombre como cualquiera de nosotros: para mostrarnos el Camino. El es nuestra esperanza. El es la Luz, que rompiendo las tinieblas, nos señala el camino.

Oremos:

Pidamos al Señor que nos de valor para seguirlo, que no claudiquemos, que no nos dejemos asustar y engañar por agoreros que anunciando maldiciones, nos ofrecen soluciones distintas a las de Jesús. Todos tenemos que pasar por la muerte en esta vida, para llegar a alcanzar las Promesas de Cristo. No debemos amilanarnos y mucho menos cambiar de Camino.

Danos Señor firmeza y perseverancia. Que no cejemos en nuestro empeño de caminar siempre en la Luz y en la Verdad. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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nov 09 2009

Juan 2, 13-22

Texto del evangelio (Jn 2,13-22)

Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.

Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

Reflexión: Jn 2,13-22

Nosotros siempre tratamos de dar interpretaciones de la Palabra del Señor, ajustadas a nuestros intereses, a lo que queremos oírle decir. Pero el Señor tiene un lenguaje claro y más allá de lo que quisiéramos o de la forma en que cada quien trata de adaptarla a su vida, Él nos comunica La Verdad.

Su mensaje es Único, es decir que no se acomoda  según el marchante, ni según las circunstancias. O somos, o no somos. No podemos quedarnos en el medio tratando de quedar bien con Dios y con el Diablo. Es lo que finalmente nos dice al expulsar a estos mercaderes. Estamos parados a la puerta del templo. Es decir, estamos a la orilla. El Señor no llama adentro, pero tenemos tanto que negociar, tanto que vender, tanto que tranzar, tanto que convenir, que no nos atrevemos a entrar.

Nuestro afán por acomodarnos llega a tal extremo, que nos ubicamos en la periferia del templo, en sus alrededores. Escogemos como lugar para nuestros negocios, las cercanías del templo. No queremos perderle de vista, Así es nuestra fe: periférica. Como los mercaderes, que distraen y obstaculizan el ingreso. Ni entramos, ni dejamos entrar.

Esta es pues una de las pocas veces que vemos al Señor perder la calma…creo que la única. Y es que como dice al comienzo de este pasaje: “Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén.” Es decir que se acerca el día y le impacienta ver que no cambiamos. Somos como los mercaderes, que nos quedamos a la puerta del templo. Y en el templo, es decir en nosotros mismos, habita el Padre, a quien despreciamos por llevar una vida superflua, sustentada en una aparatosa parafernalia, en una tremenda decoración externa, que creemos imprescindible para ser, para sentirnos algo, alguien, para ser felices. Cuando la verdadera felicidad no está en ninguna de estas cosas, sino en nosotros mismos, pues allí habita nuestro Padre y Él no necesita nada de esto. Nada de lo que nos afanamos por tener, por cuidar, por incrementar. Para Él, nosotros somos importantes, nosotros somos su templo y es una verdadera lástima que nosotros mismos no lo sintamos, ni lo veamos, ni lo vivamos así.

Todo lo demás, que si había realmente un templo (como lo hubo) y que podría aplicarse a otros templos, se deriva de ahí y es realmente secundario. El Señor nos pide a cada uno de nosotros que cambiemos y se impacienta por nuestro pertinaz apego a la cosas y a seguir haciendo siempre lo mismo. ¡Hasta cuando! ¡Ya está por llegar el día en que habrás de rendir cuentas y sigues en lo mismo! ¡Es por eso que saca su látigo y echa todo por tierra! Y es que nos cegamos y nos negamos a entender Su Palabra.

Examinemos nuestras vidas…¿No estará pasando eso con nosotros? ¿No estaremos actuando como los mercaderes, aferrándonos a toda esta “mercadería”, que ni si quiera es nuestra, porque debemos tranzarla para poder vivir, como si fuera lo más importante, como si fuera imprescindible, olvidándonos que lo que está adentro, lo que está al fondo es lo mejor y no tiene precio? ¿No seremos de los que obstaculizan la entrada y ni entramos, ni dejamos entrar?

¡Basta ya de excusas! ¡O recoges conmigo o desparramas! ¡O entras, o sales…pero no puedes quedarte al medio! ¡El Señor te está invitando a entrar, con impaciencia!

Oremos:

Señor, no permitas que andemos por el mundo como tibios testigos, que no son ni chicha ni limonada. Danos el coraje de decidir, ¡ya! Y seguirte para siempre, confiando en Ti. Contigo lo tenemos todo. Sin Ti, no somos nada.

Danos hoy la oportunidad de servirte. No permitas que flaqueemos. Que seamos consecuentes en todo lo que decimos y hacemos. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 15 2009

Reflexión: Jn 2,13-25

Siguiendo la línea de comportamiento de Sacerdotes, Escribas y Fariseos, es de comprender en qué habían convertido el Templo del Señor. Y a Jesús esto realmente le molestaba. Era más un mercadillo donde se realizaban transacciones de todo tipo y donde los poderosos seguramente compraban las piezas más grandes y costosas para ofrecerlas en sacrificio, pretendiendo de esta forma hacer notar su fe en Dios, cuando todo el mundo sabía que llevaban una vida licenciosa, de la cual no se arrepentían. Buscaban, como ahora, con estos gestos y muestras de poder aplacar a Dios y conseguir perdón de sus pecados. Y es seguro que los Sacerdotes entraban en este juego y que hasta recibían de buen agrado sus donaciones y dádivas, mirándolos con satisfacción y poniéndolos como ejemplo, como si se pudiera comprara la paz, el amor y el perdón de Dios.

¿Cuántos de nosotros hemos reducido a esto nuestra fe? Pretendemos comprarla haciéndonos partícipes de un movimiento, de una cofradía a la que regalamos u donamos cosas materiales que nos permiten figurar entre la feligresía, destacar y recibir honores. ¿Pero llevamos una vida recta, somos humildes, nos arrepentimos de nuestros pecados y enmendamos nuestro comportamiento?

El amor y el perdón de Dios, la paz que proviene de Él, no se compran, pues constituyen una Gracia que el Señor libremente otorga a quienes están realmente de su lado.

¿Eres tú un verdadero cristiano? ¿O estarías entre los que el Señor arrojó a latigazos, por exasperarlo a tal extremo, con apariencias y engaños? No te olvides cómo concluye esta lectura: “Pero Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues Él conocía lo que hay en el hombre”.

Oremos:

Hazme, Señor, un auténtico cristiano, no de aquellos que hacemos un circo de tu fe, sino de los que vivimos auténticamente, amando, dando, con humildad y sencillez, sin esperar nada a cambio.

Dame fe, para creer profundamente, con mi vida entera en el evangelio y vivir al modo de Jesús.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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